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– ¿Qué quiere? -preguntó Gauna.
Cada palabra pronunciada era como un enorme animal que, al moverse dentro de su cráneo, amenazara con partirlo. El hombre volvió a emitir sonidos torpes y roncos. Gauna comprendió que era el Mudo. Comprendió que el Mudo quería que él volviera al catre.
Entró y se acostó de nuevo. Cuando despertó se encontró bastante aliviado. Santiago y el Mudo estaban en el cuarto. Con Santiago conversó amistosamente. Hablaron de fútbol. Santiago y el Mudo habían sido cancheros de un club. Gauna habló de la quinta división de Urquiza, a la que ascendió de la calle, al cumplir once años.
– Una vez -dijo Gauna- jugamos contra los chicos del club KDT.
– ¡Y cómo les ganaron, los de KDT! -ponderó Santiago.
– Qué van a ganar -contestó Gauna-. Si cuando ellos metieron su único gol, nosotros ya les habíamos puesto cinco adentro.
– El Mudo y yo trabajamos en KDT. Éramos cancheros.
– ¡No cuente! ¿Y quién le dice que no nos vimos aquella tarde?
– Es claro. Es a lo que iba. ¿Se acuerda del vestuario?
– ¿Cómo no me voy a acordar? Una casita de madera, a la izquierda, entre las canchas de tenis.
– Pero sí, hombre. Ahí mismo vivíamos con el Mudo.
La posibilidad de que se hubieran visto en aquel entonces y la confirmación de que tenían algunos recuerdos comunes sobre la topografía del extinto club KDT y sobre la casita del vestuario alentó la cálida llama de esa amistad incipiente.
Gauna habló de Larsen y de cómo se habían mudado a Saavedra.
– Ahora soy hombre de Platense -declaró.
– No es mal equipo -contestó Santiago-. Pero yo, como decía Aldini, prefiero a Excursionistas.
Santiago pasó a contar cómo quedaron sin trabajo y cómo después consiguieron la concesión del lago. Santiago y el Mudo parecían marinos; dos viejos lobos de mar. Acaso debieran el aspecto al oficio de alquilar botes; acaso a las tricotas y a los pantalones azules. Las dos ventanas de la casa estaban rodeadas por sendos salvavidas. De las paredes colgaban cinco retratos: Humberto Primo; unos novios; el equipo argentino de fútbol que, en las Olimpíadas, perdió contra los uruguayos; el equipo de Excursionistas (en colores, recortado de El Gráfico) y sobre el catre del Mudo, el Mudo.
Gauna se incorporó.
– Ya estoy mejor -dijo-. Creo que podré irme.
– No hay apuro -aseguró Santiago.
El Mudo cebó unos mates. Santiago preguntó:
– ¿Qué hacías en el bosque, cuando el Mudo te encontró?
– Si yo lo supiera -contestó Gauna.