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– Para mostrarme una infinidad de fotografías de gente que no conozco y hasta la palita de bronce que un doctor no sé cuánto usó para poner la piedra fundamental en la iglesia de no sé dónde. Te hubieras reído si me hubieras visto. -Agregó después-: Lo más raro de todo es que por momentos yo encontré que el doctor Valerga se parecía al Brujo Taboada.
Hubo un silencio, porque Larsen procuraba no hablar del Brujo ni de su familia; pasó pronto; Gauna casi no lo advirtió; prefirió abandonarse al agrado de comprobar, una vez más, la íntima, la inevitable solidaridad que había entre ellos. Reflexionó, con una suerte de orgullo fraterno, que la perspicacia de los dos juntos era muy superior a la que tenía cada uno cuando estaba solo y, por fin, con una nostalgia anticipada, en la que se adivinaba el destino, entendió que esas conversaciones con Larsen eran como la patria de su alma. Pensó en Clara, rencorosamente.
Pensó: «Mañana podría decirle que no voy a salir con ella. No se lo diré. No es cuestión de que yo sea débil de voluntad. ¿Por qué voy a proponerle a Larsen, en día de semana, que salgamos juntos? Nosotros podemos vernos cuando no tenemos nada qué hacer». Después, tristemente se dijo «Cada día nos veremos menos».
Cuando llegaron a la casa, habló Larsen:
– Te lo confieso con toda sinceridad: al principio, las cosas no me gustaron. Me pareció que había un arreglo para asaltarte.
– Para mí, que pretendieron maniobrar a Valerga -opinó Gauna-. Se dio cuenta y los rigoreó.