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– ¿Todos los túneles son así, como una catacumba? -pregunto. El walkie-talkie introduce fragmentos de estática entre mis pensamientos. – ¿Como qué?

– Como una catacumba. Una tumba. -No, en realidad no. Las partes más nuevas están en un gigantesco tubo corrugado -dice, haciendo con las manos un dibujo ondulado, como una ola, para describir la superficie-. Es como caminar sobre un costillar, como si te hubiera tragado una ballena. Es como…

Chasquea los dedos mientras busca una comparación. Algo bíblico. Algo melvilliano, algo de Literatura 151w.

– Como Pinocho -digo. Charlie me mira para ver si debe reírse. -No debemos de estar lejos -dice cuando no logra averiguarlo. Se da la vuelta y palmotea el walkie-talkie-. No te preocupes. Llegaremos a la esquina, les pegaremos un par de tiros y volveremos a casa.

En ese momento, el receptor vuelve a chisporrotear. Esta vez no hay duda: es la voz de Gil. «Final del juego, Charlie.» Me detengo de golpe. – ¿Qué quiere decir eso? -digo.

Charlie frunce el ceño. Espera a que se repita el mensaje, pero nada llega.

– Ah, no. No voy a caer en esa trampa.

– ¿En qué trampa?

– «Final del juego.» Eso quiere decir que el juego se acaba.

– No me digas. Pero ¿por qué?

– Porque algo anda mal.

– ¿Mal?

Pero Charlie levanta un dedo para hacerme callar. Se oyen voces a lo lejos.

– Son ellos -digo. Levanta el rifle.

– Vamos.

Muy pronto sus zancadas se hacen más largas, y no me queda otra opción que seguirle el paso. Sólo ahora, al tratar de mantenerme a su lado, me percato de la precisión con que corre por la oscuridad. Lo único que puedo hacer es tratar de mantenerle bajo el haz de luz de mi linterna.

Al acercarnos a un cruce, me detiene.

– No dobles la esquina. Apaga la linterna o nos verán.

Le hago señas para que se asome. El walkie-talkie vuelve a estallar.

«Final del juego, Charlie. Estamos en el pasillo norte-sur, debajo de Edwards Hall.»

La voz de Gil es ahora más clara, viene de más cerca.

Empiezo a acercarme a la intersección, pero Charlie me empuja hacia atrás. Dos haces de luz se sacuden en la dirección contraria. Entrecerrando los ojos, alcanzo a distinguir unas siluetas. Se dan la vuelta al escuchar que nos acercamos. Uno de los haces de luz nos da de lleno.

– ¡Mierda! -grita Charlie, cubriéndose los ojos. Ciegamente apunta con el rifle hacia la luz y comienza a apretar el gatillo.

Se escucha el pitido mecánico de un receptor.

– ¡Para! -dice Gil entre dientes.

– ¿Qué pasa? -grita Charlie mientras nos acercamos.

Veo a Paul detrás de Gil, inmóvil. Los dos están de pie bajo un rayo de luz que penetra por las rendijas de una tapa de alcantarilla.

Gil se lleva un dedo a los labios y señala la alcantarilla. Logro distinguir dos figuras. Están justo encima de nosotros, frente a Edwards Hall.

– Bill está intentando llamarme -dice Paul, acercando su busca a la luz, visiblemente agitado-. Tengo que salir de aquí.

Charlie le lanza una mirada perpleja y enseguida les indica a ambos, con un gesto, que se alejen de la luz. -No quiere moverse -dice Gil en voz baja. Paul está justo debajo de la tapa metálica, con la mirada fija en la pantalla de su busca, mientras por los huecos caen gotas de nieve derretida.

– Vas a hacer que nos cojan -susurro. -Dice que no recibe la señal en ninguna otra parte. -Bill nunca ha hecho algo así -contesta Paul. Lo agarro del brazo pero se libera de un tirón. Cuando ilumina la pantalla plateada del buscapersonas y nos la muestra, veo tres números: 911. – ¿Y eso qué significa?

– Bill debe de haber encontrado algo -dice Paul perdiendo la paciencia-. Tengo que ir a verlo.

El tráfico de pasos que hay frente a Edwards lanza nieve fresca a través de la tapa. Charlie se está poniendo tenso.

– Mira -dice-, es una casualidad. No es posible que recibas…

Pero el buscapersonas lo interrumpe. Comienza de nuevo a pitar. Ahora el mensaje es un número de teléfono: 116-7718. – ¿Qué es?

Paul pone la pantalla boca abajo y lee el texto que forman los dígitos: BILL-911.

– Me voy -dice Paul-. Me voy ahora mismo. Charlie niega con la cabeza.

– No uses esa boca. Hay demasiada gente allá arriba. -Quiere usar la salida del Ivy -dice Gil-. Le he dicho que queda demasiado lejos. Podemos volver a Clio. Aún quedan un par de minutos antes del relevo de los vigilantes.

A lo lejos comienzan a reunirse pequeños conjuntos de lucecitas rojas. Son ratas en cuclillas que nos observan.

– ¿Qué pasa? -le pregunto a Paul-. ¿Por qué es tan importante?

– Hemos encontrado algo grande -comienza a explicar. Pero Charlie lo interrumpe.

– Clio es nuestra mejor opción -asiente. Tras mirar el reloj, empieza a caminar hacia el norte-. Las 7.26. Debemos darnos prisa.