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Sobre mi escritorio hay una foto de los dos en un pequeño marco. Salimos ligeramente descentrados: cada uno sostiene un lado de la cámara y la apunta hacia nosotros. Detrás está la capilla del campus, empedrada y quieta; aun hoy Princeton sigue susurrándome desde el fondo.

– Cuando vuelva de Florencia -le digo a la estudiante de segundo que aparece en mi foto, mi regalo accidental, justo antes de que el contestador automático de Nueva York me corte la llamada-, quiero verte.

Enseguida cuelgo el auricular y vuelvo a mirar por la ventana. Habrá maletas por hacer, agencias de viajes por llamar, nuevas fotos por tomar. Cuando comienzo a percatarme de la magnitud de lo que estoy haciendo, se me ocurre algo. En alguna parte de la ciudad del renacer, Paul se levanta de su cama, mira por la ventana y espera. Hay palomas que zurean en los techos, campanas de catedral que doblan en sus torres a lo lejos. Aquí estamos, en continentes distintos, sentados igual que siempre: cada uno en el borde de su colchón, pero juntos. Sobre los techos del lugar adonde voy habrá santos y dioses y ángeles volando. Por donde camine habrá recordatorios de todo lo que el tiempo no puede tocar. Mi corazón es un pájaro enjaulado que bate las alas con el dolor de la expectativa. En Italia está amaneciendo.