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– ¿Cuánto te han ofrecido? -pregunta Charlie, ignorando por un instante su juego de imanes.
– Cuarenta y uno -especula Gil, y unas cuantas palabras isabelinas caen de la nevera al cerrarse la puerta-. Con incentivos de cinco. Más opciones.
El semestre de primavera es el momento en que se realizan las ofertas de empleo y el de 1999 resulta ser muy fructífero. Cuarenta y un mil dólares al año es casi el doble de lo que yo esperaba ganar con mi humilde diploma de Literatura pero, comparado con los contratos que he visto firmar a mis compañeros de clase, podría pensarse que apenas me servirá para sobrevivir.
Cojo la carta de Daedalus, una firma de Internet de Austin que dice haber desarrollado el software más avanzado del mundo para racionalizar los trámites administrativos de las empresas. No sé prácticamente nada de esa compañía, no digamos ya de lo que son los trámites administrativos de las empresas, pero un amigo de la residencia me sugirió que me entrevistara con ellos y, dado que habían comenzado a circular rumores acerca de los elevados salarios que esta nueva y desconocida empresa de Texas pagaba a sus empleados, eso fue lo que hice. Muy de acuerdo con las tendencias habituales, a Daedalus no le importó que yo lo ignorara todo acerca de ellos y de su sector. Si era capaz de resolver un par de acertijos en la entrevista, y demostraba ser más o menos amable y saber expresarme con cierta propiedad, el trabajo sería mío. Y así, muy a la manera del César, fui, lo hice y lo obtuve.
– Casi -digo, leyendo la carta-. Cuarenta y tres mil al año. Incentivos de tres mil. Mil quinientos en opciones.
– Y qué más -añade Paul desde el otro lado de la habitación. Él es el único que actúa como si hablar de dinero fuera de peor gusto que tocarlo-. Vanidad de vanidades.
Charlie ha comenzado de nuevo a cambiar los imanes de sitio. Con voz fulminante de barítono, imita al predicador de su iglesia, un hombre negro y diminuto de Georgia que acaba que graduarse en el Seminario de Teología de Princeton.
– Vanidad de vanidades. Todo es vanidad.
– Sé honesto contigo mismo, Tom -dice Paul con impaciencia pero sin llegar nunca a mirarme a los ojos-. Una compañía que cree que alguien como tú merece un sueldo semejante no puede durar mucho. Ni siquiera sabes a qué se dedican.
Regresa a su cuaderno y sigue garabateando. Como la mayoría de los profetas, su destino es ser ignorado.
Gil sigue concentrado en el televisor, pero Charlie levanta la mirada, atento al tono nervioso que ha adquirido la voz de Paul. Se frota una mano contra la barba incipiente y luego dice:
– Bueno, ya basta. Me parece que es hora de desahogarse.
Por primera vez, Gil despega la mirada de la película. Debe de haber oído lo mismo que yo: el vago énfasis en la palabra «desahogo».
– ¿Ahora? -pregunto.
Gil mira el reloj; le gusta la idea.
– Tenemos media hora, más o menos -dice y como señal de apoyo llega incluso a apagar el televisor, dejando que Audrey se desvanezca en el interior del tubo.
Charlie cierra su libro de Fitzgerald de un golpe; empieza a bullir de actividad. El lomo roto se abre en son de protesta, pero Charlie arroja el libro al sofá.
– Estoy trabajando -objeta Paul-. Tengo que terminar esto.
Me lanza una mirada extraña.
– ¿Qué? -pregunto. Pero Paul permanece en silencio. – ¿Qué pasa, chicas? -dice Charlie con impaciencia. -Todavía está nevando -les recuerdo. La primera nevada del año ha llegado aullando esta mañana, justo cuando la primavera parecía haberse acomodado en las ramas de los árboles. Ahora se habla de treinta centímetros de nieve, tal vez más. En el campus, las actividades de Semana Santa, entre las que este año hay una conferencia de Viernes Santo de Vincent Taft, han sufrido alteraciones. El viento se levanta y las temperaturas caen: no se puede decir que sea el clima propicio para lo que Charlie tiene en mente.
– Pero no te tienes que ver con Curry hasta las ocho y media, ¿no? -le pregunta Gil a Paul, tratando de convencerlo-. Para entonces ya habremos terminado. Puedes seguir trabajando esta noche.
Richard Curry, un excéntrico que en otros tiempos fue amigo de mi padre y de Taft, ha sido el mentor de Paul desde el primer año de carrera. Lo ha puesto en contacto con los más destacados historiadores del mundo, y ha financiado buena parte de su investigación sobre la Hypnerotomachia.
Paul sopesa en la mano el cuaderno de notas. Sólo con verlo, sus ojos vuelven a llenarse de fatiga.
Charlie intuye que está a punto de ceder.
– A las ocho menos cuarto ya habremos terminado -dice.
– ¿Cuáles serán los equipos? -pregunta Gil.
Charlie se lo piensa y luego dice:
– Tom va conmigo.
El juego que estamos a punto de jugar es una nueva versión de un clásico: una frenética partida de paintball [1] en un laberinto de conductos de vapor que hay debajo del campus. Allí, hay más ratas que bombillas, la temperatura llega a cuarenta grados en pleno invierno, y el suelo es tan peligroso que incluso la policía del campus tiene prohibido efectuar persecuciones.
La idea se les ocurrió a Charlie y a Gil durante el periodo de exámenes de primero; se inspiraron en un viejo mapa que Gil y Paul habían encontrado en su club, y en un juego que el padre de Gil y sus amigos jugaban en los túneles cuando estaban en el último año de carrera.
La popularidad de la nueva versión creció hasta contar con la participación de casi una docena de miembros del Ivy y la mayoría de los amigos de Charlie del Equipo de Emergencias Médicas. A todos les sorprendió que Paul fuera uno de los mejores jugadores; sólo nosotros cuatro lo entendíamos, porque sabíamos que Paul utilizaba a menudo los túneles para ir y venir solo del Ivy. Pero su interés en el juego fue disminuyendo gradualmente. Le molestaba que nadie comprendiera como él las posibilidades estratégicas del juego, el ballet táctico. Paul no estaba presente en la memorable partida jugada a mediados de invierno en la que un disparo errado perforó un conducto de vapor. La explosión derritió seis metros de revestimientos plásticos de segundad de las líneas de alta tensión, tres a cada lado del impacto y de no ser porque Charlie se los llevó de allí a tiempo, hubiera podido asar vivos a dos estudiantes que iban medio borrachos. Los vigilantes (la policía del campus de Princeton) descubrieron lo ocurrido, y en cuestión de días el decano había impuesto una avalancha de castigos. Tras los disturbios, Charlie reemplazó las pistolas de pintura y los perdigones por algo más rápido pero menos arriesgado: un viejo juego de pistolas de rayos láser que encontró en un mercadillo de objetos usados. Aun así, a medida que se acerca la fecha de la graduación, la administración ha impuesto una política de tolerancia cero en cuanto a infracciones disciplinarias. Si esta noche llegaran a sorprendernos en los túneles, podríamos ser expulsados temporalmente o incluso algo peor.
De la habitación que comparte con Gil, Charlie saca una gigantesca mochila de excursionista, y luego saca otra y me la entrega. Finalmente, se pone la gorra.
– Por Dios, Charlie -dice Gil-. Sólo vamos a jugar media hora. Me llevé menos trastos para todas las vacaciones de primavera.
– Siempre preparados -dice Charlie, echándose la mochila más grande sobre el hombro-. Ése es mi lema.
– El tuyo y el de los boy scouts -farfullo. -El de los Águilas -dice Charlie, porque sabe que yo nunca pasé de novato.
– ¿Están listas las chicas? -interrumpe Gil, de pie junto a la puerta.
Paul respira hondo, como despertándose, y asiente. Recoge el busca en su habitación y se lo cuelga en el cinturón.
Frente a Dod Hall, nuestra residencia, Charlie y yo nos despedimos de Gil y Paul. Entraremos en los túneles por lugares distintos, y no nos veremos hasta que bajo tierra uno de los equipos encuentre al otro.
– No sabía que hubiera boy scouts negros -le digo a Charlie en cuanto nos quedamos solos. Caminamos por el campus. La capa de nieve es más profunda y más fría de lo que me esperaba; me envuelvo en mi anorak de esquí y me pongo los guantes.
– No pasa nada -dice-. Antes de conocerte, yo no sabía que hubiera blancos cobardes.
El trayecto hacia el extremo sur del campus transcurre en medio del aturdimiento. Ahora que la graduación se acerca y me he sacado la tesina de encima, durante varios días el mundo me ha parecido lleno de movimientos superfluos: los estudiantes menos privilegiados asistiendo a seminarios nocturnos, los de último año pasando a limpio sus últimos capítulos en los ordenadores de salas sobrecalentadas y ahora, los copos de nieve que llenan el cielo bailando en círculos antes de posarse en el suelo.
Mientras caminamos, me empieza a doler la pierna. Durante años, la cicatriz que tengo en el muslo ha sabido predecir el mal tiempo seis horas después de que el mal tiempo llegue. Esta cicatriz es recuerdo de un viejo accidente. Poco después de cumplir dieciséis años, sufrí un accidente de tráfico que me obligó a pasar en el hospital casi todo el verano del segundo curso. Los detalles me resultan borrosos, pero la única imagen precisa que guardo de aquella noche es la de mi fémur izquierdo, que se rompió limpiamente y me atravesó la piel. Apenas tuve tiempo de verlo antes de desmayarme por la impresión. También se me rompieron los dos huesos del antebrazo izquierdo y tres costillas del mismo lado. Según los enfermeros, consiguieron detener la hemorragia justo a tiempo para salvarme la vida. Sin embargo, cuando me sacaron de entre los restos del coche, mi padre, que iba al volante, ya había muerto.
El accidente, obviamente, me transformó: después de tres operaciones y dos meses de rehabilitación -y de la aparición de aquellos fantasmales dolores que llegaban seis horas después del cambio de tiempo-, aún tenía tornillos de metal entre los huesos, una cicatriz en la pierna y un extraño vacío en la vida, un vacío que no parecía sino crecer a medida que pasaba el tiempo. Al principio fue la ropa: tuve que usar pantalones y shorts de tallas más pequeñas hasta que recuperé el peso perdido, y luego modelos que taparan el injerto de piel del muslo. Más tarde me percaté de que también mi familia se había transformado, sobre todo mi madre (se había encerrado en sí misma desde el accidente) pero también mis dos hermanas mayores, Sarah y Kristen, que empezaron a pasar cada vez menos tiempo en casa. Por último, fueron mis amigos quienes comenzaron a cambiar -o acaso fui yo quien empezó a cambiarlos-. No sé muy bien si quería amigos que me entendieran mejor, o que me vieran de otro modo, no lo sé, pero los viejos, como la ropa vieja, simplemente dejaron de servirme.