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Cuando Katie se dio cuenta por primera vez de mi insomnio, me recitó una obra de su autor favorito, y yo seguí a George el Curioso hasta los confines de la tierra, donde el peso de los párpados pudo conmigo. Después pasé muchas noches dando vueltas en la cama hasta que Katie encontraba una solución que era distinta cada vez. Episodios de medianoche de M*A*S*H; largas lecturas de Camus; programas de radio que ella escuchaba en casa y que ahora recibía en una débil emisión realizada desde la costa. A veces dejábamos las ventanas abiertas para escuchar la lluvia de finales de febrero, o las conversaciones de los novatos ebrios. Teníamos incluso un juego de rimas que inventamos especialmente para las noches de insomnio, algo que Francesco Colo

– Había un hombre que escribió El extranjero -decía yo, para empezar.

Cuando Katie sonreía de noche, era como un gato Cheshire en la oscuridad.

– Que se fue de Argelia en enero -contestaba ella.

– Tenía un gran potencial.

– Pero no existencial.

– Y para Sartre era un pobre altanero.

Pero a pesar de todas las formas para hacerme dormir que descubrió Katie, la Hypnerotomachia me seguía robando el sueño casi todas las noches. Ya había descubierto en qué consistía la armonía más pequeña de una gran victoria: en Rithmomachía, donde el objetivo es establecer patrones numéricos que contengan armonías aritméticas, geométricas o musicales. Sólo tres secuencias producen las tres armonías al mismo tiempo: el requisito para una gran victoria. La más pequeña de ellas, es decir, la que Colo

Rápidamente, Paul cogió los números y los convirtió en una clave. En los capítulos apropiados, leyó la tercera letra, luego la cuarta, seguidas de la sexta y la novena; y en cuestión de una hora recibimos un nuevo mensaje de Colo

Comienzo mi relato con una confesión. Muchos hombres han muerto para conservar este secreto. Algunos han perecido en la construcción de mi cripta, la cual, imaginada por Bramante y ejecutada por Terragni, mi hermano romano, es, en cuanto a sus propósitos, un artilugio inigualable, impermeable a todas las cosas, sí, pero sobre todo al agua. Muchas víctimas se han cobrado, aun entre los más experimentados de los hombres. Tres han muerto mientras movían gruesas piedras, dos en la tala de árboles, cinco en el proceso mismo de la construcción. Otros de los muertos no los menciono, pues han perecido en la vergüenza, y serán olvidados.

Aquí transmitiré la naturaleza del enemigo al que me enfrento, cuyo poder creciente yace en el corazón de mis acciones. Te preguntarás, lector, por qué he fechado este libro en 1467, poco más de treinta años antes de escribir estas palabras. La razón es ésta: fue en ese año cuando empezó la guerra que aún libramos, y que ahora hemos empezado a perder. Tres años antes, su Santidad Pablo Segundo había expulsado a los abreviadores de la corte, poniendo en claro, al hacerlo, sus intenciones con respecto a mi hermandad. Sin embargo, los miembros de la generación de mi tío eran hombres con poder, con amplias influencias, y los hermanos expulsados se congregaron en la Accademia Romana, liderada por el buen Pomponio Leto. Pablo vio que nuestros números persistían, y su furia aumentó. En ese año, 1467, aplastó por la fuerza la Academia. Y para que todos conociesen la solidez de su determinación, encarceló a Pomponio Leto, e hizo que lo acusaran de sodomía. Otros de nuestro grupo fueron torturados. Uno, al menos, habría de morir.

Ahora nos enfrentamos a un viejo enemigo, repentinamente vuelto a la vida. Este nuevo espíritu crece, se hace fuerte, encuentra una voz más potente, de manera que no he tenido más opción que construir, con la ayuda de amigos más sabios que yo, este artefacto cuyo secreto he guardado aquí. Aun el sacerdote, por más filósofo que sea, no está a su altura.

Continúa, lector, y te contaré más.

– Los abreviadores de la corte eran humanistas -explicó Paul-. El Papa creía que el humanismo engendraba corrupción moral. No quería ni siquiera que los niños escucharan las obras de los poetas de la antigüedad. El papa Pablo dio ejemplo con Leto. Por alguna razón, Francesco tomó aquello como una declaración de guerra.

Las palabras de Colo

– ¿Cuándo hizo este cálculo Eratóstenes? -pregunté.

– Alrededor del 200 a. C.

Eso lo confirmó.

– Creo que te equivocas -dije-. Hasta ahora, todos los acertijos han estado relacionados con el conocimiento renacentista, con descubrimientos renacentistas. Colo

– Moisés y cornuta tenían que ver con la lingüística -dijo Paul, ensayando la idea-. Con la corrección de traducciones defectuosas, como lo que hizo Valla con la Donación de Constantino.

– Y el acertijo de la Rithmotnachia tenía que ver con las matemáticas -continué-. Así que Colo

En ese instante, a Paul pareció sorprenderlo tanto la claridad de mis razonamientos que me di cuenta de que mi papel había cambiado. Ahora éramos iguales, socios de una misma empresa.

Empezamos a encontrarnos por las noches en el Ivy. En esa época, Paul todavía mantenía ordenado el Salón Presidencial, temiendo que en cualquier momento Gil fuera a ver cómo iban las cosas. Yo cenaba en la planta de arriba con Gil y Katie, que estaba a pocas semanas de iniciar las pruebas de acceso al club, y luego bajaba para unirme a Paul y a Colo

Pero la noche tras la que falté por tercera vez a nuestra carrera matutina, todo eso cambió. Estaba a punto de solucionar el acertijo, o eso creía yo, cuando Katie supo, por puro accidente, en qué estaba yo invirtiendo las horas que no pasaba con ella.

– Esto es para ti -dijo, entrando sin llamar en nuestra habitación del Dod.

Gil había dejado nuevamente la puerta cerrada sin llave, y Katie ya no llamaba cuando creía que yo estaba solo.

Era una taza de sopa que me había traído de una charcutería. Durante todo este tiempo había creído que yo estaba enfrascado en mi tesina.

– ¿Qué haces? -preguntó-. ¿Más Frankenstein?

Enseguida vio los libros desparramados a mi alrededor: todos ellos tenían en el título alguna referencia al Renacimiento.

Nunca pensé que fuera posible mentir sin saberlo. Durante semanas le había tomado el pelo con una sarta de pretextos -Mary Shelley; insomnio; las presiones a las que ambos estábamos sometidos y que nos impedían pasar tiempo juntos-, y los pretextos acabaron por arrastrarme, alejándome de la verdad tan lentamente que cada día la distancia no parecía mayor que la víspera. Creía que ella sabía de mi trabajo en la tesina de Paul; era sólo que prefería no oír hablar del tema. A ese acuerdo habíamos llegado sin tener que ponerlo en palabras.

La conversación que siguió estuvo llena de silencios: la discusión tuvo lugar en la forma en que Katie me miraba y yo trataba de sostener su mirada. Finalmente, Katie puso la taza de sopa sobre mi tocador y se abrochó el abrigo. Echó una mirada alrededor de la habitación, como para recordar los detalles de la ubicación de las cosas, y luego volvió a la puerta, salió y la cerró.

Iba a llamarla esa noche -sabía que ella esperaba mi llamada, que volvería sola a su habitación y se sentaría junto al teléfono, tal como me contarían después sus compañeras-, pero algo se interpuso en mi camino. Qué maravillosa amante era aquel libro: sabía exactamente cuándo tenía que levantarse la falda. En cuanto se fue Katie, me llegó la solución al acertijo de Colo

La solución estaba en el horizonte de un cuadro: el punto de convergencia en un sistema de perspectivas. El acertijo no era sobre matemáticas, sino sobre arte. Aquello encajaba en el perfil de los demás acertijos, que se basaban en una disciplina propia del Renacimiento y desarrollada por los mismos humanistas que Colo

Decido cuál será el tamaño de las figuras que aparecerán en el primer plano de la pintura. Divido la estatura de ese hombre en tres partes, que serán proporcionales a la medida comúnmente llamada «braccio»; pues, como puede verse por la relación entre sus extremidades, tres «braccia» son más o menos la estatura media del cuerpo de un hombre. La ubicación adecuada del punto céntrico no debe ser más alta con respecto a la línea de base que la estatura del hombre que será representado en el cuadro. Enseguida dibujo una línea a través del punto céntrico, y esta línea constituye para mí un límite o frontera, que ninguna cantidad excede. Por eso un hombre dibujado a más distancia es bastante más pequeño que los más cercanos.

La línea céntrica de Alberti, tal como lo prueban las ilustraciones que acompañan el texto, era el horizonte. Según este sistema, el horizonte se ubicaba a la misma altura que un hombre dibujado en primer plano, el cual, a su vez, debía ser de tres braccia de alto. La solución al acertijo -el número de braccia que había de los pies del hombre al horizonte- era simplemente ésta: tres.

Paul tardó sólo media hora en descubrir cómo aplicarla. Al poner en fila la primera letra de cada tercera palabra de los siguientes capítulos, aparecía el siguiente pasaje de Colo