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Tres años después, con motivo de su siguiente publicación -un delgado volumen sobre el papel de los jeroglíficos en el arte del Renacimiento- resultó evidente que la carrera de Taft se había estancado. Siete años después, cuando se publicó su siguiente artículo en una revista menor, un reseñista dijo que su decadencia era una tragedia. Según Paul, la pérdida de lo que Taft tuvo con mi padre y con Curry siguió persiguiéndolo. En los veinticinco años que pasaron entre su llegada al Instituto y su encuentro con Paul, Vincent Taft publicó sólo en cuatro ocasiones; prefirió pasar el tiempo escribiendo crítica sobre las obras de los otros, y en particular de mi padre. Ni una sola vez recuperó el fogoso genio que había tenido en su juventud.
Debió de ser la entrada de Paul en su vida, en la primavera de nuestro primer curso, lo que le llevó de vuelta a la Hypnerotomachia. Poco después de que Taft y Stein empezaran a colaborar en su tesina, Paul me habló de los sorprendentes momentos de brillantez que tenía su mentor. El viejo oso trabajó varias noches a su lado, recitando largos pasajes de herméticos textos primarios cuando Paul no lograba encontrarlos en la biblioteca.
– Ese fue el verano en que Richard me pagó el viaje a Italia -dice Paul, frotando una mano contra el borde del taburete-. Estábamos tan emocionados… Incluso Vincent. Él y Richard seguían sin hablarse, pero sabían que yo me acercaba a algo importante. Empezaba a comprender algunas cosas.
»Me alojé en un piso de Richard, la última planta de un viejo palacio renacentista. Era un lugar fantástico, muy hermoso. Había pinturas en las paredes, en el techo, en todas partes. En hornacinas, sobre las escaleras. Tintorettos, Caraccis, Peruginos. Era como estar en el paraíso, Tom. Era tan bello que te dejaba sin aliento. Y él se levantaba por la mañana y decía, con aires de hombre de negocios: «Paul, hoy tengo que trabajar un poco». Luego comenzábamos a conversar, y media hora después se quitaba la corbata y decía: «Qué diablos. Tomémonos el día libre». Terminábamos caminando por las plazas, simplemente hablando, los dos solos, horas y horas caminando y hablando.
»Fue entonces cuando empezó a hablarme de sus días en Princeton, del Ivy, de las aventuras que había vivido, las locuras que había hecho, la gente que había conocido. De tu padre, sobre todo. Su relato era tan vivo, tan vivido… Quiero decir que era algo muy distinto de lo que Princeton había sido siempre para mí. Me sentía completamente hipnotizado. Era como vivir un sueño, un sueño perfecto. Richard llegó incluso a llamarlo así. Durante todo el tiempo que pasamos en Italia parecía vivir entre las nubes. Empezó a salir con una escultora veneciana, y llegó a hablar de pedirle que se casara con él. Después de ese verano, pensé que trataría incluso de reconciliarse con Vincent.
– Pero nunca se reconciliaron.
– No. Cuando volvimos a Estados Unidos, todo volvió a ser como antes. Vincent y él no volvieron a hablar. La mujer con la que salía rompió con él. Richard empezó a venir al campus, tratando de recordar la pasión de la época en que tu padre y él estudiaban con McBee. Desde entonces vive cada vez más sumido en el pasado. Vincent trató de que me alejara de él, pero este año de quien me he alejado es de Vincent: he tratado de evitar el Instituto, de trabajar en el Ivy cuando me es posible. No quería hablarle de lo que habíamos encontrado hasta que fuera necesario.
»Y entonces Vincent me obligó a que le mostrara mis conclusiones y me exigió un informe semanal de mis progresos. Tal vez creyó que era su única oportunidad de recuperar la Hypnerotomachia. -Paul se pasa una mano por el pelo-. Tendría que haberlo previsto. Debería haber escrito una tesina de notable y luego haberme largado de aquí. "Son las casas más grandes y los árboles más altos los que derriban los dioses con sus rayos y truenos. Pues a los dioses les agrada frustrar lo que es más grande que el resto. No soportan el orgullo ajeno, tan sólo el propio." Esto lo escribió Herodoto. Debo haber leído cincuenta veces estas líneas, y nunca me detuve ni un instante en ellas. Vincent me hizo percatarme de su sentido. Él sabía muy bien lo que significaban.
– ¿En serio piensas eso?
– Ya no sé lo que pienso. Debería haber vigilado más de cerca a Vincent y a Bill. Si no hubiera estado tan pendiente de mí mismo, habría podido anticipar todo esto.
Miro la luz que sale por debajo de la puerta. El piano del pasillo se ha quedado en silencio.
Paul se levanta y se dirige hacia la entrada.
– Vámonos de aquí -dice.