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Lo que estoy viendo es el dibujo de un edificio inventado por Paul. Lo ha reconstruido a partir de las ruinas de varias construcciones mencionadas en la Hypnerotomachia: los arcos rotos han sido restaurados, los cimientos perforados han vuelto a ser fuertes; las columnas y los capiteles, que antes estaban hechos pedazos, ahora han sido reparados. Debajo hay todo un montón de planos, cada uno armado de la misma manera, a partir de los cabos sueltos de la imaginación de Colo

– ¿Qué se supone que son? -pregunto.

– El edificio que Francesco está diseñando.

Casi había olvidado su costumbre de referirse a Colo

– ¿Qué edificio?

– La cripta de Francesco. La primera mitad de la Hypnerotomachia dice que la está construyendo, ¿lo recuerdas?

– Por supuesto. ¿Crees que seria así? -pregunto, señalando hacia los dibujos.

– No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

– ¿Cómo? -Digo, y recuerdo enseguida lo que Curry dijo en el museo-. ¿Para eso necesitas los topógrafos? ¿Vas a exhumarlo?

– Puede ser.

– ¿De manera que has descubierto por qué lo construyó Colo

Ésta fue la pregunta fundamental a la que llegamos cuando nuestro trabajo en colaboración se acercaba a su fin. El texto de la Hypnerotomachia aludía misteriosamente a una cripta que Colo

Antes de que pueda responder a mi pregunta, alguien llama a la puerta.

– Os habéis cambiado de sitio -dice Gil, entrando con el camarero del club.

Se detiene y evalúa la habitación de Paul como un hombre que escudriña el lavabo de una mujer, avergonzado pero curioso. El camarero, tras encontrar espacios libres entre los libros de una mesa, pone dos servicios con servilletas de tela. Entre ambos llevan dos platos de porcelana del Ivy Club, una jarra de agua y una canasta de pan.

– Pan caliente. Del campo -dice el camarero al poner la canasta sobre la mesa.

– Bistec a la pimienta -dice Gil, siguiendo el ejemplo-. ¿Algo más?

Le decimos que no y Gil, tras echar una última mirada a la habitación, regresa arriba.

El camarero llena los vasos con agua.

– ¿Desean algo más de beber?

Cuando le decimos que no, desaparece también.

Paul se sirve con rapidez. Viéndolo comer, pienso en la imitación de Oliver Twist que hizo cuando nos conocimos, el pequeño tazón que formó con las manos. A veces me pregunto si los primeros recuerdos que Paul tiene de su niñez son recuerdos de hambre. En la escuela parroquial donde creció, compartía la mesa con otros seis niños y la comida se servía en orden de llegada hasta que se terminaba. No estoy seguro de que haya superado esa mentalidad. Una noche, en primero, cuando todos comíamos en el comedor de la residencia, Charlie dijo en broma que Paul comía tan rápido que parecía que la comida se estuviera pasando de moda. Esa misma noche, Paul nos explicó la razón. Y ya nadie volvió a bromear al respecto.

Ahora Paul, preso de la alegría de comer, alarga el brazo para coger un pedazo de pan. El aroma de la comida lucha con el olor mohoso de los libros y del humo del fuego; es algo que hubiera disfrutado en otras circunstancias, pero aquí y ahora me hace sentirme incómodo, porque me trae recuerdos desiguales. Como si me pudiera leer la mente, Paul se da cuenta de que tiene el brazo alargado y se avergüenza.

Le acerco la canasta.

– Come -digo, haciendo un gesto sobre la comida.

El fuego chisporrotea detrás de nosotros. En la pared, cerca de la esquina, hay una apertura del tamaño de un montaplatos. Es la entrada a los túneles de vapor, la preferida de Paul.

– No puedo creer que todavía entres arrastrándote por ahí.

Paul baja el tenedor.

– Es mejor que lidiar con la gente de arriba.

– Este sitio parece una mazmorra.

– Antes no te molestaba.

Siento que se aproxima una vieja discusión. Paul se limpia la boca rápidamente con la servilleta.

– Olvídalo -dice, poniendo el diario en la mesa, entre los dos-. Ahora, esto es lo único que importa. -Con dos dedos da un golpecito sobre la tapa y después empuja el librito hacia mí-. Tenemos la oportunidad de terminar lo empezado. Richard cree que la clave puede estar aquí.

Me concentro en frotar una mancha que hay sobre el escritorio.

– Tal vez deberías mostrárselo a Taft.

Paul me mira, boquiabierto.

– Vincent cree que nada de lo que he encontrado contigo tiene el más mínimo valor -dice-. Ha estado presionándome para que le entregue informes sobre mis progresos dos veces por semana, sólo como prueba de que no me he dado por vencido. Estoy harto de conducir hasta el Instituto cada vez que necesito su ayuda, cansado de oírle opinar que mi trabajo carece de originalidad.

– ¿De originalidad?

– Y me ha amenazado con decirle a la gente del departamento que me he estancado.

– ¿Después de todo lo que hemos encontrado?

– Pero no pasa nada -dice Paul-. No me importa lo que opine Vincent. -Da otro golpecito sobre el libro-. Quiero terminar con esto.

– Pero tienes que entregar la tesina mañana.

– Tú y yo hicimos más en tres meses de lo que yo he hecho solo en tres años. ¿Qué es una noche más? -Entre dientes, añade-: Además, lo importante no es la fecha de entrega.

Me sorprende oírle decir eso, pero el golpe en la mandíbula que me ha dado el desprecio de Taft es lo que acaba contando. Paul debe haber previsto que así sería. El trabajo que hice sobre la Hypnerotomachia me enorgullece más que todo el trabajo que hice para mi tesina.

– Taft está loco -le digo-. Nadie ha encontrado tanto en este libro como nosotros. ¿Por qué no has pedido que te cambien el director?

Sus manos arrancan trozos de pan y empiezan a moverlos entre los dedos para hacer pequeñas bolitas.

– Me he preguntado lo mismo -dice, mirando hacia otra parte-. ¿Sabes cuántas veces se ha jactado conmigo de arruinar la carrera académica de «algún imbécil» con sus críticas o sus recomendaciones para determinados puestos? Nunca mencionó a tu padre, pero ha habido muchos otros. ¿Recuerdas al profesor Mclntyre, el de Clásicas? ¿Recuerdas su libro sobre la «Oda a una urna griega» de Keats?

Asiento. Taft escribió un artículo sobre lo que, según él, era el declive en la calidad de los estudios de las grandes universidades y usó el libro de Mclntyre como principal ejemplo. En tres párrafos, Taft identificó más errores, atribuciones equivocadas y descuidos de los que dos docenas de académicos habían encontrado en sus reseñas. La crítica implícita de Taft parecía dirigirse a los reseñistas, pero fue Mclntyre quien quedó convertido en un hazmerreír tal que la universidad lo degradó de los principales puestos del departamento en la primera redistribución de cargos. Taft admitió después que simplemente quería vengarse del padre de Mclntyre, un historiador del Renacimiento que había reseñado uno de sus libros sin entusiasmo.

– Una vez, Vincent me contó una historia -continúa Paul con voz cada vez más suave-. Sobre un chico que conoció de niño, Rodge Lang. En la escuela, los chicos lo llamaban Epp. Un día un perro extraviado siguió a Epp desde la escuela hasta su casa. Epp le tiró parte de su almuerzo al perro, pero no logró quitárselo de encima. Finalmente trató de ahuyentar al animal con un palo, pero el perro aún lo seguía.

»Después de unos kilómetros, Epp empezó a sentir asombro. Condujo al perro a través de una parcela de brezo. El perro lo siguió. Le tiró una piedra, pero el perro se negaba a irse. Al final, Epp le pegó una patada al perro. El perro no huyó. Epp le pegó una patada tras otra, y el perro ni se movía. Epp le pegó patadas hasta matarlo. Luego lo cogió y lo enterró debajo de su árbol favorito.

Me siento tan atónito que casi no respondo.

– ¿Y cuál es la moraleja?

– Según Vincent, Epp supo en ese momento que había encontrado a un perro fiel.

Se produce un instante de silencio.

– ¿Y eso le hace gracia a Taft?

Paul niega.

– Vincent me contó muchas historias sobre Epp. Son todas iguales.

– Dios mío. ¿Por qué?

– Se supone que son una especie de parábola, creo.

– ¿Parábolas inventadas por él?

– No lo sé. -Paul duda un instante-. Pero Rodge Epp Lang es también un anagrama. Una reorganización de las letras de «doppelganger», el doble fantasmal de una persona.

Me siento enfermo.

– ¿Crees que Taft hizo todas esas cosas?

– ¿Al perro? Quién sabe. Puede que sí. Pero lo que Taft quiere decir es que él y yo mantenemos la misma relación. Yo soy el perro.

– Y entonces ¿por qué diablos sigues trabajando con él?

Paul empieza de nuevo a juguetear con el pan.

– He tomado una decisión. Quedarme con Vincent era la única manera de terminar la tesina. Escúchame bien, Tom, estoy convencido de que esto es mucho más grande de lo que pensamos. La cripta de Francesco está así de cerca. Nadie ha hecho un descubrimiento semejante en muchos años. Y después de tu padre, nadie había trabajado en la Hypnerotomachia más que Vincent. Yo lo necesitaba. -Paul deja caer la corteza sobre el plato-. Y él lo sabía.

Gil aparece en la puerta.

– He terminado con lo de arriba -dice, como si lo hubiéramos estado esperando-. Ya podemos irnos.

Paul parece alegrarse de dar por terminada la conversación. El comportamiento de Taft es un reproche. Me levanto y empiezo a recoger mis platos.

– No te preocupes por eso -dice Gil, moviendo las manos-. Ya mandarán a alguien.

Paul se limpia las manos con fuerza. Le han quedado en la palma hilachas de pan, y Paul se las quita como si fueran piel muerta.

Seguimos a Gil y salimos del club.

La nieve cae con más fuerza que antes, tan gruesa que me parece estar viendo el mundo a través de manchas de estática. Mientras Gil conduce el Saab hacia el oeste, en dirección al auditorio, miro a Paul por el retrovisor lateral y me pregunto durante cuánto tiempo se ha guardado todo esto. Cruzamos la oscuridad bajo el alumbrado público, y hay momentos breves en que no puedo verlo, en que su cara no es más que una sombra.