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Inmóvil, como si reflexionara, estuve esperando el momento de salirle al paso. El barbudo fue a buscar el pañuelo y el bolso de Faustine. Volvía agitándolos, diciendo (como la otra vez):

– No tome en serio lo que le he dicho… A veces creo…

Estaba a pocos metros de Faustine. Yo salí muy decidido a cualquier cosa, pero a nada en particular. La espontaneidad es fuente de groserías. Señalé al barbudo, como si estuviera presentándolo a Faustine, y dije a gritos:

– La femme á barbe, Madame Faustine!

No era una broma feliz; ni siquiera se sabía contra quién iba dirigida.

El barbudo siguió caminando hacia Faustine y no tropezó conmigo porque me eché a un lado, bruscamente. La mujer no interrumpió las preguntas; no interrumpió la alegría de su cara. Su tranquilidad todavía me aterra.

Desde ese momento hasta hoy a la tarde estuve apenado de vergüenza, con ganas de arrodillarme ante Faustine. No pude esperar hasta la puesta del sol. Me fui a la colina, resuelto a perderme, y con un presentimiento de que si todo salía bien caería en una escena de ruegos melodramáticos. Estaba equivocado. Lo que sucede no tiene explicación. La colina está deshabitada.

Cuando vi la colina deshabitada temí encontrar la explicación en una celada que ya estuviera funcionando. Con sobresalto recorrí todo el museo, escondiéndome a veces. Pero bastaba mirar los muebles y las paredes, como revestidos de aislamiento, para convencerse de que allí no había nadie. Más aún: para convencerse de que nunca hubo nadie. Es difícil, después de una ausencia de casi veinte días, poder afirmar que todos los objetos de una casa de muchísimas habitaciones se encuentran donde estaban cuando uno se fue; sin embargo acepto, como una evidencia para mí, que estas quince personas (con otras tantas de servidumbre), no hayan movido un banco, una lámpara o -si movieron algo hayan vuelto a poner todo en el sitio, en la posición que tenía antes. He inspeccionado la cocina, el lavadero: la comida que dejé hace veinte días, la ropa (robada de un armario del museo) puesta a secar hace veinte días, estaban allí, una podrida, la otra seca, ambas intactas.

Grité en esa casa vacía: "¡Faustine! ¡Faustine!". No hubo respuesta. Hay dos hechos -un hecho y un recuerdo- que ahora veo juntos, proponiendo una explicación. En los últimos tiempos me había dedicado a probar nuevas raíces. Creo que en México los indios conocen un brebaje preparado con jugo de raíces -éste es el recuerdo (o el olvido)- que suministra delirios por muchos días. La conclusión (referida a la estadía de Faustine y de sus amigos en la isla) es lógicamente admisible; sin embargo, yo tendría que estar jugando para tomarla en serio. Parezco jugando: he perdido a Faustine, y atiendo a la presentación de estos problemas para un hipotético observador, para un tercero.

Pero me acordé, incrédulo, de mi condición de fugitivo y del poder infernal de la justicia. Tal vez todo fuera una estratagema desmesurada. No debía abatirme, no debía disminuir mi capacidad de resistencia: la catástrofe podría ser tan horrible.

Inspeccioné la capilla, los sótanos. Decidí mirar toda la isla antes de acostarme. Fui a las rocas, a los pastizales de la colina, a las playas, a los bajos (por un exceso de prudencia). Debí aceptar que los intrusos no estaban en la isla.

Cuando volví al museo era casi de noche. Yo estaba nervioso. Deseaba la claridad de la luz eléctrica. Probé muchas llaves; no había luz. Con esto parece confirmada mi opinión de que las mareas han de suministrar la energía a los motores (por medio de ese molino hidráulico o rodillo que hay en los bajos). Los intrusos han derrochado luz. Desde las dos mareas pasadas hubo un prolongado intervalo de calma. Se acabó esa misma tarde, cuando yo entraba en el museo. Tuve que cerrar todo; parecía que el viento y el mar fueran a destruir la isla.

En el primer sótano, entre motores desmesurados en la penumbra, me sentí perentoriamente abatido. El esfuerzo indispensable para suicidarme era superfluo ya que, desaparecida Faustine, ni siquiera podía quedar la anacrónica satisfacción de la muerte.

Por vago compromiso, para justificar mi descenso, intenté poner en funcionamiento la usina de luz. Hubo unas explosiones débiles y la calma interior volvió a establecerse, entre una tormenta que movía las ramas de un cedro, contra el vidrio espeso de la lumbrera.

No recuerdo cómo salí. Al llegar arriba oí un motor; la luz, con oblicua velocidad, alcanzó todo y me puso frente a dos hombres: uno vestido de blanco, otro de verde (un cocinero y un sirviente). No sé cuál preguntó (en español):

– ¿Quiere decirme por qué eligió este lugar perdido?

– Él lo sabrá (en español, también).

Escuché con ansia. Era otra gente. Estos nuevos aparecidos (de mi cerebro castigado por carencias, tóxicos y soles, o de esta isla tan mortal), eran ibéricos y estas frases me llevaban a la conclusión de que Faustine no había regresado.

Seguían hablando con voz tranquila, como si no hubieran oído mis pasos, como si yo no estuviese.

– No lo niego; pero ¿cómo se le ha ocurrido a Morel?… Los interrumpió un hombre que dijo airadamente:

– ¿Hasta cuándo? La comida está lista, hace una hora.

Los miró con fijeza (con tanta fijeza que me pregunté si no lucharía contra una inclinación a mirarme) y en seguida desapareció, gritando. Lo siguió el cocinero; el sirviente corrió en dirección opuesta.

Yo hacía esfuerzos por serenarme, pero temblaba. Sonó un gong. Mi vida estuvo en momentos en que los héroes hubieran aceptado el miedo. Creo que ahora mismo no estarían tranquilos. Pero entonces el horror se acumuló. Por suerte, duró poco. Recordé ese gong. Lo había visto muchas veces en el comedor. Quise huir. Me serené más. Huir verdaderamente era imposible. La tormenta, el bote, la noche… Si hubiera desaparecido la tormenta, no habría sido menos horrible internarse en el mar, esa noche sin luna. Además, el bote no habría alcanzado a flotar mucho tiempo. En cuanto a los bajos, estaban seguramente inundados. Mi huida hubiera concluido muy cerca. Valía más escuchar; vigilar los movimientos de esta gente; esperar.

Miré a mi alrededor y me escondí (sonriendo para formular mi suficiencia) en un cuartito que hay debajo de la escalera. Esto (lo he pensado posteriormente) fue muy torpe. Si me hubieran buscado habrían mirado ahí sin duda. Estuve un rato sin pensar, muy tranquilo, pero todavía confuso.

Se me presentaron dos problemas:

¿Cómo llegaron a la isla? Con esa tormenta, ningún capitán se habría atrevido a acercarse; suponer un trasbordo y un desembarco por medio de botes, era absurdo.

¿Cuándo llegaron? La comida estaba lista desde hacía un rato largo; no hacía un cuarto de hora que yo había bajado a los motores, que no había nadie en la isla.

Habían nombrado a Morel. Se trataba, seguramente, de un regreso de las mismas personas. Es probable, pensé con palpitaciones, que vea, de nuevo, a Faustine.

Me asomé, presintiendo una detención brusca, el fin de mis perplejidades.

No había nadie.

Subí la escalera, avancé por los pasillos del entrepiso; desde uno de los cuatro balcones, entre hojas oscuras y una divinidad de barro cocido, me asomé sobre el comedor.

Había algo más de una docena de personas sentadas a la mesa. Imaginé que serían turistas neocelandeses o australianos; me pareció que estaban instalados, que no iban a partir un rato después.

Me acuerdo bien: vi el conjunto, lo comparé a los turistas, descubrí que no parecían de pasada y sólo entonces pensé en Faustine. La busqué, la encontré en seguida. Tuve una sorpresa benigna: el barbudo no estaba al lado de Faustine; una alegría precaria: el barbudo no estaba (antes de creer en ella, lo vi enfrente de Faustine).

Las conversaciones eran lánguidas. Morel propuso el tema de la inmortalidad. Se habló de viajes, de fiestas, de métodos (de alimentación). Faustine y una muchacha rubia hablaron de remedios. Alec, un hombre joven, escrupulosamente peinado, con tipo oriental y ojos verdes, intentó narrar sus negocios de lanas, sin obstinación ni éxito. Morel se entusiasmó proyectando una cancha de pelota o una cancha de tenis para la isla.

Conocí un poco más a la gente del museo. A la izquierda de Faustine había una mujer -¿Dora?- de pelo rubio, frisado, muy risueña, con la cabeza grande y ligeramente encorvada hacia adelante, como caballo brioso. Del otro lado tenía a un hombre joven, moreno, de ojos vivos y ceño cargado de concentración y de pelo. Después había una muchacha alta, con el pecho hundido, brazos extremadamente largos y expresión de asco. Esta mujer se llama Irene. Después, la que dijo "no es hora para cuentos de fantasmas", esa noche que subí a la colina. No recuerdo a los otros.

Cuando era chico jugaba a los descubrimientos en las ilustraciones de los libros: las miraba mucho e iban apareciendo objetos, interminablemente. Estuve un rato, contrariado, mirando los paneles con mujeres, tigres o gatos de Fuyita.

La gente se fue al hall. Durante mucho tiempo, con demasiado terror -mis enemigos estaban o en el hall o en el sótano (el personal)bajé por la escalera de servicio hasta la puerta escondida detrás del biombo. Lo primero que vi fue a una mujer que tejía cerca de uno de los cálices de alabastro; a esa mujer que se llama Irene y a otra, dialogando; busqué más y con peligro de ser descubierto vi a Morel en una mesa, con cinco personas, jugando a las cartas; la muchacha que estaba de espaldas era Faustine; la mesa era chica, los pies estaban aglomerados y pasé unos minutos, quizá muchos, insensible a todo, queriendo averiguar si los pies de Morel y los de Faustine se tocaban. Esta lamentable ocupación desapareció completamente, fue sustituida por el horror que me dejaron la cara roja y los ojos muy redondos de un sirviente que estuvo mirándome y entró en el hall. Oí pasos. Me alejé corriendo. Me escondí entre la primera y segunda filas de columnas de alabastro, en el salón redondo, sobre el acuario. Debajo de mí nadaban peces idénticos a los que había sacado podridos en los días de mi llegada.

Ya tranquilo, me acerqué a la puerta. Faustine, Dora -su compañera de mesa- y Alec subían la escalera. Faustine se movía con estudiada lentitud. Por ese cuerpo interminable, por esas piernas demasiado largas, por esa tonta sensualidad, yo exponía la calma, el Universo, los recuerdos, la ansiedad tan vívida, la riqueza de conocer las costumbres de las mareas y más de una raíz inofensiva.

Los seguí. De improviso, entraron en un cuarto. Enfrente encontré una puerta abierta, un cuarto iluminado y vacío. Entré con mucha cautela. Sin duda, alguien que habría estado allí se olvidó de apagar la luz. El aspecto de la cama y de la mesa de toilette, la falta de libros, de ropa, del más leve desorden, garantizan que nadie lo habitaba. Estuve inquieto cuando los otros moradores del museo pasaron a sus cuartos. Oí los pasos en la escalera y quise apagar mi luz, pero fue imposible: la llave se había atrancado. No insistí. Hubiera llamado la atención una luz apagándose en un cuarto vacío.