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XXXVIII

Tan ocupados estábamos en las simples ocurrencias de la vida diaria -mejor dicho, en la felicidad de encontramos juntos- que le juro que se me pasó por alto el 17, que es el aniversario del casamiento. Una noche, después de comer, no sé cómo recordé la fecha y ahí mismo junté valor y confesé el olvido. El coraje, de vez en cuando, recibe su recompensa. ¿A que no sabe qué me contestó Diana?

– Yo también lo olvidé. Si uno se quiere, todos los días son iguales.

– Igualmente importantes -dije, vocalizando con lentitud y satisfacción.

La miré a Ceferina: estaba con la boca abierta. Al rato Diana se fue a la cama. Yo le pregunté a la vieja:

– ¿Qué te parece?

– Que habla como una maestrita.

– No seas mala. Yo creo que antes me hubiera hecho una escena.

– Es probable -dijo, apretando los labios.

– No me vas a negar que del Frenopático ha vuelto cambiada.

La vieja sonrió de su manera más desagradable y se fue.

A mí siempre me quedará el consuelo de pensar que a través de las alternativas de estos últimos tiempos me sentí invariablemente unido a Diana.

El sábado me pregunté con algún resquemor si Diana de repente me pediría que la llevara a la plaza Irlanda. A la hora de la siesta, cuando menos lo esperaba, hizo el pedido, que oí con un sentimiento bastante cercano a la tristeza. Me avine, desde luego, a su voluntad y al atardecer llegamos a la plaza, que recorrimos durante unos cuarenta minutos, en silencio.

Indudablemente Reger sabía de qué hablaba cuando me indicó la necesidad de resistirme contra la tentación de empujar a Diana a su antigua manera de ser. Como sugiriendo algo tremendo y con cualquier motivo, Ceferina sabía decirme: "¿Vos creés que hicieron un buen trabajo en el Frenopático? No estoy segura de que la prefiera cambiada". En otros tiempos, cuando mi señora tenía mal genio y era algo paseandera, el ensañamiento de la vieja me molestaba; ahora me parecía por demás injusto. Ese mismo sábado la enfrenté sin miramientos y le dije lo que pensaba.

– Vamos a hacer una prueba -contestó.

Empuñó el teléfono y marcó un número. Yo la miraba sin entender, hasta que la indignación me llevó a protestar airadamente. No era para menos. La vieja llamaba a Adriana María y de mi parte la invitaba para que viniera a almorzar el domingo, con Martincito y con el chiquilín de los vecinos.

– ¿Cómo voy a invitar a una mujer que me ha insultado y calumniado sin ningún motivo?

No hizo caso. Como si el que protestara fuera un chico o un loco en tono severo agregó una recomendación:

– Ni por descuido le hables a tu mujercita del almuerzo de mañana.

Sin dejarme arredrar, contesté:

– Y por tu lado llamá a la familia y deciles que el convite quedó en nada.

Fui terminante porque me sentía seguro de mis razones.

Preguntó:

– ¿Se puede saber por qué?

– ¿Cómo por qué? Vos ya ni te acordás de la fecha en que vivís.

– Tenés razón -dijo-. Mañana es 23 y pasado Navidad.

– Vale decir que por un capricho tuyo vamos a cargar con la familia dos días seguidos.

– Habrá que aguantar el chubasco -dijo-. Ya no podemos da marcha atrás.

También Ceferina fue terminante. Para mis adentros convine que no podíamos dar marcha atrás, pero el programa de pasar el domingo y la noche del lunes con la familia me pareció igualmente imposible.

A la noche, mientras buscaba el sueño, hice un descubrimiento que me sobresaltó. Me dije que mi desconfianza por los médicos era injusta, que las recomendaciones de Reger resultaron atinadas y que yo no volvería a dudar de su buena intención. No había concluido e pensamiento cuando me retorcí como quien siente una puntada. Más dormida que despierta, Diana preguntó:

– ¿Te pasa algo?

– Nada -contesté.

No podía explicarle que en ese momento había descubierto que la cara pálida que me espiaba la otra noche desde la ventanita del taller era la de Reger Samaniego.