Страница 21 из 63
XXI
Como tenía hambre, fui a la cocina, a buscar un pedazo de pan. Salí a la vereda, para estar solo, pero lo encontré al rengo Aldini, estacionado con el perro. No vaya a creer que me disgusté; las que tienen cansado son las dos mujeres. El sol reconfortaba.
– Dame un pedazo de pan -dijo Aldini.
Mascamos en perfecto silencio. Al rato no pude contenerme recorrí con lujo de detalles la conversación con el doctor Campolongo.
– El médico me dijo que mi visita podía hacerle mal a Diana. ¿Vos creés en ese disparate?
– He oído que la visita de los allegados hace mal a estos enfermos.
– Che, me parece que yo no soy un allegado -respondí con legítima suficiencia.
– Yo que vos no le daría pie a Rivaroli para que se meta.
– Y a Reger ¿lo llamo por teléfono?
– Más pan -dijo Aldini y extendió la mano.
Comió pensativamente. Insistí:
– ¿Lo llamo?
– No -dijo-. Yo me aguantaría.
– Muy fácil, aguantarte. No es Elvira la que está encerrada.
– Te doy la razón -concedió- pero no te conviene llamar a Reger.
– ¿Por qué?
– Porque si lo llamás, el juego está sobre la mesa y a lo mejor tenés que actuar.
– ¿Cómo?
– Ahí está lo que no sabemos. Por eso, mejor no llamarlo.
– Tengo ganas de llamarlo.
– Si no conseguís que te atienda o si te dice redondamente que no, te ves en la triste necesidad de recurrir al abogado, para que no te lleven por delante los médicos.
– ¿Vos creés que si no hago nada la protejo a Diana?
– Claro. Si no llamás, no saben qué estás preparando y se apuran a devolverla, para ponerse a cubierto.
Aldini siempre descolló por la inteligencia.
A gritos las mujeres me dijeron que se enfriaba el almuerzo.