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XIV
Fíjese lo que son las cosas: el cereal me dio asidero para sobreponerme.
– Es feo, pero no tiene importancia. -Aparté la tacita-. Ninguna importancia.
– No entiendo -dijo con gravedad.
– Estoy pensando en algo muy distinto.
– Está pensando en la señora.
Entonces fui yo el asombrado. Le pregunté:
– ¿Cómo lo sabe?
¿De puro astuto lo adivinaba o yo estaba tan perturbado que sin darme cuenta dejaba ver mis pensamientos? No aclaró nada con la contestación:
– Porque se arrepintió.
– No hay motivo para estar satisfecho -le previne-. Usted hizo un daño. El que hace un daño, lo deshace.
Se extendió en un discurso de tono razonable, pero que resultaba insolente y hasta ridículo cuando la voz, por lo general espesa y grave, se le aflautaba. Machacó, en resumen, sobre los riesgos de la enfermedad y las comodidades del Instituto.
– De oírlo se creería que usted la metió en un hotel de lujo. En un palace.
– No le envidia a un palace.
Añadió una palabra que sonó como eslós o algo así. El no entenderla me ayudó a enojarme.
– A mi señora, usted la saca -grité-. Usted la saca.
Hubo un silencio muy largo.
– Saca, saca -por fin replicó mientras me daba unos golpecitos con la punta del dedo índice, duro como un fierro, en la frente- Únicamente saco su idea de la cabeza.
Lo miré. Es enorme, un verdadero ropero vestido como una persona.
– Si mi señora, cuando vuelva, tiene quejas, lo hago responsable. Traté de parecer amenazador, pero la frase me salió conciliadora. Además, al decir "cuando vuelva", tuve miedo de hacerme ilusiones y quedé bastante desesperado.
– Si la saca -contestó- el responsable es usted. Yo no le hago esa mala jugada a la señora Diana. No me presto.
No sé por qué le tomé aun más rabia por la manera en que dijo presto. Discutimos un rato. Por último, como un chico- a punto de llorar, le confié:
– A mí esta vez me da la impresión de que la perdí para siempre. Me aborrecí por mostrar tanta debilidad. Standle me aconsejó:
– Si insiste ¿por qué no habla directamente con el doctor Reger Samaniego?
– No, no -dije, defendiéndome.
– Lo más atinado es que usted se vuelva a casita. Ahora.
Salí como sonámbulo. No había llegado a la tranquera de alambre, cuando un pensamiento me alarmó: "A lo mejor el hombre se confunde" me dije y razoné a toda velocidad. "No sabe que me gana en las conversaciones porque es más despabilado. A lo mejor cree que le tengo miedo. Si cree eso, mi señora queda sin la menor protección". Di media vuelta, volví a la casilla, entreabrí la puerta, me asomé. El profesor parecía de nuevo disgustado.
– Que mi señora no traiga quejas, porque usted y ese doctor la van a pasar mal.
– Como abrió la boca y no contestó, le grité-: Si tiene algo que decir, hable.
– No, no -balbuceó-. No habrá queja.
De un trago se bebió ese café que era cereal y que ya estaría tibio. Cerré la puerta. Me fui como un triunfador, pero la satisfacción no duró mucho. Me dije: "Le doy la razón a la pobre Diana. Yo estoy miserablemente ocupado en mi amor propio. Quién sabe si con estas compadradas no demoro su libertad".