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Capítulo 23
A Leigh la oscuridad no le daba miedo. Le encantaba la noche; siempre se había sentido protegida por las sombras cuando salía sola a pasear bajo las estrellas. Ni espectros ni demonios, ni tampoco el temor a inquietantes bestias del Averno le causaban angustia cuando estaba en el exterior y era libre.
Pero tenía los ojos vendados, estaba dolorida y tumbada en el suelo con las manos y los pies atados. Debía forzar el oído para tratar de dar forma a los sonidos que hasta ella llegaban, y eso sí que daba miedo. No había criatura infernal capaz de despertar más temor en ella que los distantes gritos y alaridos de los seguidores de Chilton. Estaba tumbada en el lugar donde había recobrado el sentido, y se estremecía de frío mientras trataba de no perder la conciencia a pesar de los dolores que la atenazaban. Tenía un dolor punzante en la cabeza; sus mejillas estaban apoyadas en una alfombra y el cuerpo sobre la desnuda madera. Olía a casa, a su casa, fría y vacía, pero en la que todavía pervivía el rastro del rapé con olor a menta que utilizaba su padre, y aquel del hinojo, parecido al de regaliz, que las criadas habían utilizado con frecuencia para frotar los suelos.
Por la forma en que le llegaba el sonido cada vez que su guardián hacía un movimiento, tenía la certeza de encontrarse en algún lugar de Silvering, en una estancia amplia. Hizo un esfuerzo para tratar de centrar su confusa mente. No se trataba del salón de mármol, ya que allí no había alfombras, ni del Kingston, ya que en aquel el escudo con las armas de la familia Kingston estaba pintado sobre la madera desnuda, ni eran tampoco los resonantes corredores con sus suelos de piedra y los retratos de la familia en las paredes. Puede que fuese la sala, o el comedor grande o la recámara que había sobre la cocina, o quizá incluso la galería de la capilla privada; todas ellas tenían el suelo de madera y alfombras y resonaba el eco.
Cuando se oyó el distante tumulto de gritos, su guardián se puso en pie y se alejó hasta que le resultó imposible decir adónde se habían dirigido sus pasos. Entonces se concentró en sus ataduras mientras rogaba mentalmente que el guardián hubiese abandonado la habitación. Y así debía de ser, ya que nadie la reprendió, pero tampoco consiguió librarse del cordón que la atenazaba desde los codos a las muñecas; no fue ni siquiera capaz de doblar las manos y encontrar el nudo.
Estaba atada a algo sólido. Sus inquisitivos dedos palparon la forma de la madera y definieron los adornos de las molduras. Solo había un lugar en la casa que exhibiese aquellos balaustres de madera de roble tan trabajados: la barandilla de la galería de la capilla, en la que había pasado i
Los pasos volvieron, rápidos y agitados. Leigh trató de quedarse inmóvil y fingir estar inconsciente, pero el frío hizo que se estremeciera de tal forma que apenas fue capaz de controlar sus movimientos.
– Ya vuelve de la iglesia -dijo una voz de hombre con el marcado acento del norte que le era tan familiar-. Se acerca tu hora, hechicera.
Leigh oyó los gritos, proferidos ahora por una única voz, que se iban haciendo más fuertes. Era una voz que llevaba muchos meses sin oír, pero que conocía bien; jamás en la vida podría olvidar el timbre cautivador que adquiría al pronunciar un sermón. Las palabras no importaban, era el sonido; persuasivo y dominante, una caricia y un grito repentino, que desgranaba historias de pecado y redención y cantaba la gloria de Dios y de Jamie Chilton.
Era todo lo que ella odiaba y temía, y venía a por ella.
Dios. Dios bendito. Hubo un tiempo en el que se habría alegrado de morir si podía llevarse a Chilton con ella. Pero ahora no era así, ahora quería vivir, y el terror nublaba su mente.
«Seigneur -rogó en silencio, y cerró los ojos bajo la venda, atrapada entre las lágrimas y la risa histérica-. Seigneur,Seigneur… ahora te necesito.»
S.T. distinguió las luces antes de llegar al lugar; allá arriba a la derecha oscilaban las antorchas entre las ramas de los árboles, en lo alto, en el extremo de la calle desde donde Silvering dominaba el pueblo. Estuvo a punto de echar a correr, pero los años que llevaba moviéndose en sigilo se lo desaconsejaron. Había dejado a Nemo en el páramo, y le había pedido al lobo herido que se quedase donde lo había encontrado. Ahora, ató a Siroco y se mantuvo en el lado más oscuro de la calle, con la mano en la empuñadura de la espada para impedir que hiciese ruido al moverse.
Las luces parecieron fusionarse y aumentar de intensidad al acercarse. Cuando alcanzó los últimos árboles, la voz atronadora de Chilton sonó fuerte e incoherente, y la fachada entera de Silvering osciló ante él con un pálido resplandor de color coral que proyectaba una pequeña hoguera encendida justo al lado de la cancela abierta. El frontón y las cornisas destacaron en todo su relieve, y las sombras danzaron como si la casa estuviera viva.
Un grupo de gente estaba reunido en torno a la hoguera y sobre la escalinata; las llamas al alzarse dibujaban sus siluetas. S.T. calculó que había allí una veintena o más, hombres en su mayoría. Las mujeres se habían quedado en las cercanías. Mientras miraba, una de ellas retrocedió de espaldas hasta la zona que quedaba fuera del resplandor de la hoguera, se volvió y se alejó inadvertidamente entre las sombras.
«Así se hace, chérie», dijo para sus adentros.
Algo hizo ruido en la oscuridad, cerca de él. S.T. empuñó la espada y escudriñó la zona. Justo delante él, descubrió una figura solitaria bajo los árboles, alejada del resto, que estaba observando.
Era Luton.
S.T. se desabrochó la capa y se quitó el sombrero, al tiempo que doblaba los puños de la camisa para ocultar los encajes. A continuación, se quitó la chalina y le dio la vuelta al cuello para que su aspecto fuese lo menos principesco posible. Guardó el pañuelo en el bolsillo y sintió el frío en el cuello; luego se aproximó a la figura solitaria rodeada por las sombras.
– Buenas noches -murmuró en un intento de mostrarse cordial mientras la sangre le golpeaba en las sienes-. ¿Qué es lo que pasa?
Luton se sobresaltó y se volvió hacia S.T. con el rostro desencajado.
– ¡Por Dios bendito, Maitland! ¿Qué diablos… qué haces tú aquí?
S.T. se encogió de hombros.
– Curiosidad. -Y miró de reojo al otro hombre con una leve sonrisa-. ¿Es que he llegado tarde a los festejos?
Luton se limitó a mirarlo, y frunció el ceño bajo la alta peluca.
– Tenía la intención de seguirte los pasos -dijo S.T.-, pero… en fin… una de las jóvenes me entretuvo.
Se arrepintió de aquellas palabras al instante de pronunciarlas. Era posible que Luton le hubiese hablado a Chilton de la posada; el aristócrata podía saber de dónde procedían Paloma y Armonía y cómo habían abandonado el Santuario Celestial. En ese caso, no había más que un paso para conectar al señor Bartlett y a S.T. Maitland con el enmascarado señor de la medianoche. Y, en cualquier caso, era un paso muy pequeño. S.T. no bajó la guardia y se mantuvo alerta ante un posible ataque. Pero Luton se limitó a decir:
– Hemos tenido problemas esta noche.
– Ah, ¿sí? ¡Qué pena! -S.T. alzó la mirada e indicó la pequeña hoguera-. ¿Y qué demonios hace este tipo aullando de ese modo?
Luton hizo un gesto brusco, de disgusto, con la mano.
– Se ha vuelto loco. He intentado razonar con él, pero ha perdido por completo la cabeza.
– Suena como si así fuese, desde luego.
– Recibimos la visita de tu salteador de caminos. -Luton miró de nuevo a S.T.-. ¿Y sabes de quién se trata? De aquel chulo francés, de ese al que llaman SeigneurdeMinuit. Te aseguro que hizo que Chilton se subiera por las paredes. Se lo ha tomado como un ataque personal. Traté de explicarle que era más probable que fuera yo el objetivo, ese maldito Robin Hood debe de haberse enterado de algo, pero no hubo forma de hacerlo razonar. -Se volvió hacia S.T. mientras la voz del predicador se elevaba hasta convertirse en un alarido-. Está que echa espuma por la boca, literalmente. Te aseguro que nunca había visto a un hombre en esa situación.
– Así que se ha suprimido la diversión, ¿no?
– Por supuesto, por completo. -Luton hizo un mohín con el labio superior-. Pero aún tengo cosas que hacer aquí.
S.T. guardó silencio durante unos momentos. La voz demente de Chilton resonaba en la calle. Mientras los dos hombres continuaban allí, otra joven se escabulló y aceleró el paso al pasar junto a ellos, con el rostro cubierto por una capucha. S.T. miró hacia Luton, y descubrió que el hombre lo observaba atentamente.
Decidió arriesgarse y preguntó:
– ¿Y qué es lo que hace ahí arriba?
– Quién sabe -respondió Luton con un gruñido-. No deja de chillar que va a quemar a la hechicera, pero hay gente ahí que no parece tener estómago suficiente para hacerlo.
– ¿La hechicera? -S.T. controló la voz y la mantuvo tranquila y no demasiado alta-. ¿Han atrapado a una hechicera?
– Eso es lo que Chilton parece creer.
– ¿Y dónde está? -preguntó fingiendo indiferencia.
Luton se encogió de hombros.
– Puede que en la casa. -Se estiró el labio-. ¿Y tú qué buscas, Maitland? ¿Por qué me has seguido hasta aquí?
S.T. sonrió.
– Por diversión.
Luton acarició la empuñadura de la espada.
– Pues yo te daré diversión. Tengo la intención de silenciar a ese gusano demente antes de que hable más de lo que debe.
– Sí que resulta un tanto chirriante para un oído sensible.
– No pienso arriesgarme a que mencione mi nombre cuando le venga en gana. Podría ser mi ruina, y la de otros también. -Luton desenvainó la espada-. Y ahora ya no me fío en absoluto, ni de él ni de los suyos; son capaces de cualquier cosa. Son unos maníacos. Y peligrosos. Todos ellos. ¿No ves que llevan picas? Ahora los únicos que quedan son los más fanáticos, los demás se han largado.
S.T. llevó la mano al mango de la espada. Luton miró hacia abajo y siguió su movimiento.
La trabajada empuñadura de la espada de hoja ancha desprendió destellos metálicos. Eran únicos e inconfundibles, y su belleza singular se hizo patente incluso bajo aquella luz oscilante.
El rostro de Luton se quedo inmóvil al reconocerla.
– ¡Cabrón! -Miró a S.T. a la cara-. Cabrón embustero… ¡Eras tú!
S.T. sacó la espada de la vaina, justo a tiempo de responder a la instantánea arremetida de Luton. Hubo un entrechocar de metales. Luton apartó el arma y volvió a atacar con furia. S.T. apenas podía distinguir el estoque de su oponente en aquella oscuridad, pero la espada que él enarbolaba parecía una especie de lazo rojo y plata y la mantuvo próxima para protegerse el cuello, sin atreverse a abrir su defensa y dar un corte amplio.
A Luton la furia lo hacía ser veloz, y golpeaba una y otra vez pese a que la espada de hoja ancha gozaba de ventaja al ser más larga.