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– De Hertfordshire, señor. -E inclinó la cabeza-. Pero perdí a mi padre hace tiempo y mi madre no tiene trabajo, allí tendré que vivir de la caridad, señor. -Movió las manos vendadas y apretó la una contra la otra, a la vez que se humedecía los labios-. Por favor, señor, no quiero volver al asilo de los pobres.

S.T. posó la mano en el hombro de la muchacha.

– Seguid juntas. Quédate con Paloma. Yo os daré dinero suficiente para que podáis buscar trabajo.

– No tenemos referencias -dijo Paloma de la Paz sin alterarse-. Nadie nos contratará.

– Por Dios bendito, yo os escribiré cartas de recomendación. Tenéis que iros de aquí. Os quiero lejos de Luton.

– Yo no le tengo ningún miedo -declaró Paloma mientras le dirigía una sonrisa brumosa-. Mientras vos estéis a mi lado.

– Ni yo tampoco -aseguró Castidad con decisión.

– Pues aquí no podéis quedaros. -A grandes zancadas se acercó a la ventana y miró por ella-. Yo tengo cosas que hacer y no puedo hacer de niñera. Y, maldita sea, ¿adónde diablos ha ido Leigh con mi estoque? Ahora no es momento de jugar, ¡que el demonio la lleve! -Se dio la vuelta, cogió a Castidad del brazo y la empujó con suavidad hacia la puerta-. Venid y sed buenas chicas.

Castidad se volvió hacia él y le rodeó la cintura con los brazos.

– Os lo ruego, señor, no me echéis de aquí. La familia de Paloma de la Paz no querrá saber nada de alguien como yo; son gente muy importante.

– ¡Castidad! -dijo con voz aguda Paloma de la Paz -. No digas bobadas.

Castidad se soltó y se volvió hacia la otra joven.

– Es la pura verdad, y tú lo sabes. Tienes una gran casa, un padre y una madre, eres toda una dama.

– ¡Eso no es cierto! -Paloma se puso en pie-. Yo soy huérfana. Soy exactamente igual que tú.

S.T. alzó la vista rápidamente. La voz modulada de Paloma tuvo un efecto fuerte e inmediato sobre él.

– Que el diablo me lleve -dijo con incredulidad-. No es posible que aprendieras a hablar así con las enseñanzas de Chilton.

– ¡Sí que aprendí! -Hizo un mohín con el labio inferior-. ¡Mi madre me obligaba a robar en las calles!

– Tonterías. -S.T. cruzó la habitación y cogió a Paloma por los hombros-. ¿Cómo te llamas en realidad?

– No me acuerdo.

S.T. le pegó una sacudida.

– Escúchame, imbécil, si tienes una familia que puede acogerte, te obligaré a decírmelo.

– ¡Soy huérfana!

– ¡Eres una dama! -gritó Castidad-. Tú, Armonía y muchas de las otras lo sois, con vuestros aires elegantes; todas nosotras lo sabíamos, y también que el maestro Jamie te quería más que a las demás. Siempre eran las muchachas elegantes las que escogía para subirlas de categoría.

– Eso no es verdad. Mira Luz Eterna. -Paloma miró a Castidad con furia-. Ella fue elegida y procedía de un puesto de costura de Covent Garden.

– Ahí lo tienes, y no llegó muy alto, ¿a qué no? Volvió llorando a la mañana siguiente porque tenía el mal francés y no era adecuada. Las que de verdad ascienden, jamás regresan a este mundano valle de lágrimas.

S.T. se olvidó de Paloma, bajó las manos y se quedó mirando a Castidad de hito en hito.

– Pero fue elegida -insistió Paloma de la Paz.

– ¡Y volvió! -respondió Castidad con tozudez.

– Cuando el maestro Jamie eligió a Fe Sagrada para el ascenso, ¿volvió al día siguiente? ¿A qué no? Ni Sión ni Pan de Vida, y todas eran muchachas de buena familia.

– ¡Dios mío! -susurró S.T.-. ¿No volvieron nunca?

Castidad negó con la cabeza.

– El maestro Jamie las eligió para ascender.

– ¿Y jamás regresaron? ¿Estás segura?

– Subieron a los cielos -aseguró Paloma-. Eso fue lo que nos dijo el maestro.

S.T. se volvió hacia la ventana. Eran los últimos momentos de la tarde; Luton había abandonado la posada a caballo hacía media hora. La sospecha que empezaba a tomar forma en la mente de S.T. era tan absurda que apenas podía creerla. Luton y sus amigos podían tener las fantasías más siniestras, podían hablar de ellas para hacerlas parecer más reales, puede que hasta llegasen a cometer algún asesinato aislado si se creyesen lo suficientemente seguros para llevarlo a cabo, pero más allá de eso, S.T. ni siquiera se atrevía a especular. Había querido que Paloma y Castidad se fuesen de allí, alejarlas de Luton; aquel hombre era un animal sin moral, se mirara por donde se mirase, y podía, si se excitaba lo suficiente, si se sentía lo suficientemente seguro, si veía la oportunidad, ser capaz de hacer realidad sus imaginaciones.

Pero que hubiese algo más…; más que la amenaza de un crimen aislado y fruto de la improvisación… resultaba increíble.

Miró a Paloma de la Paz.

– Para esas «ascensiones», ¿puede resultar elegida cualquiera?

– Sí. Él lo ve en una visión.

– ¿Elige a un hombre alguna vez?

– Pues claro que no. Ellos ya han sido elegidos; no necesitan volver a nacer. -Paloma abrió unos ojos como platos-. ¿Creéis que ascender es una maldad? Él pertenece al diablo, y eso debe de ser un pecado monstruoso. Ahora iréis y lo mataréis, ¿verdad? -Le dirigió una sonrisa radiante-. ¡Qué maravillosamente audaz sois!