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– ¿Entiendes el miedo, Seigneur? ¿Es que ninguna de tus damas temió jamás el momento en que te ponías la maldita máscara y partías a caballo para jugártelo todo?
– Ninguna lo dijo. ¿Es que dudas de mí? ¿Cómo iba a saber lo que siento si siempre me escabullo sigilosamente como un cobarde?
– Puede que así demostraras que piensas en lo que yo siento -dijo ella con dureza-. Pero eso no forma parte de tu amor, ¿verdad? -Y abrió el picaporte de un empellón.
– ¡Sí que pienso en lo que tú sientes! No puedes hacer que me aparte de esto; eso no puede ser amor, ¡no puede ser lo que de verdad quieres de mí! Que me convierta en una nulidad sin carácter.
– Qué más da que yo lo quiera -dijo ella con desdén-. Tú no estás dispuesto a dar nada de ti mismo. Escóndete tras tu máscara si eso es lo que quieres. Yo no quiero tener nada que ver con eso.
– Leigh -dijo él con un leve tono de desesperación en su voz-. ¿Y si te equivocas con respecto a mí?
La joven salió al pasillo y cerró suavemente la puerta tras ella.
S.T. inclinó la cabeza y apretó las palmas de las manos sobre los ojos. Maldita fuese, que el demonio se la llevase, ¿cómo podía saber ella si lo que él sentía era o no amor? Estaba tan segura, tenía tanto resentimiento, le daba la vuelta a las intenciones de él de tal forma que hacía que hasta él dudase de sí mismo.
Era distinto esta vez. Él adoraba su valentía; la amaba cuando su sombrero goteaba bajo la lluvia helada, tenía el pelo pegado al cuello y no se quejaba; la amaba cuando llevaba pantalones de montar, cuando le gruñía a Paloma y cuando le lavó los ojos a la yegua ciega. La amaba porque lo había seguido; la amaba porque nunca lloraba y la amó hasta lo más profundo y descarnado de su ser cuando sí lo hizo. Quería abrazarla y protegerla, y deseaba su respeto con más urgencia de lo que en su vida había deseado ningún premio.
Debería habérselo dicho. Había planteado las cosas mal; debería haberlo expresado todo de forma distinta. Pero ¿cómo podía decir semejantes cosas? A una mujer que se burlaba así de él. Que dudaba de él. Ardía de vergüenza al saber que ella tenía tan poca confianza en su destreza, que sentía miedo por él. De repente, todas aquellas discusiones y dudas en torno a Chilton cobraron sentido para él.
Pero ella había ido hasta él. ¿Por qué lo había hecho, Señor, por qué le había permitido amarla, para después decirle lo que pensaba de él? ¿Que era un fracasado, un fraude, tan incompetente que le daba miedo que cabalgara hacia el peligro?
Siempre sucedía así. Un instante de equilibrio, un momento de unión, y a continuación todo se hacía pedazos. Esta vez había sido distinto, nuevo, diferente, y sin embargo había vuelto a suceder lo mismo que en ocasiones anteriores; y todo desaparecía ya en el tiempo y en el recuerdo. Se desesperó al pensarlo, se echó boca abajo sobre la cama y apretó una almohada entre las manos como si pudiese estrangularla.
«Te amo -pensó con furia-. Te demostraré que esta vez es diferente.» Se sentó con la almohada en la mano y la golpeó contra el poste de la cama. «¡Es distinto!» Apretó los dientes y golpeó la almohada por el otro lado. «Te quiero… Te lo demostraré… Te amo… Te lo demostraré… es diferente, nuevo, distinto…» Siguió dando golpes hasta que las plumas empezaron a flotar a su alrededor. Era imposible atraparlas, combatirlas o dominarlas.