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S.T. se alejó de la puerta y la dejó sola. Volvió a la cocina, apartó algunos trapos de pintar y unos libros de la mesa, cogió una cebolla y empezó a cortarla con una cuchilla roma. Al momento la oyó entrar, ya que tenía el oído bueno en dirección a la puerta. La miró fugazmente y deseó con amargura ver algo menos atrayente. Pero era hermosa, delgada y esbelta, con las pestañas negras, marcados pómulos y esos dedos con los que recorría un molde de escayola mientras lo miraba de una forma que estaba cargada de fuerza y destrucción.

Pero no lo hacía a propósito, eso estaba claro. Se sentía decepcionada; él le parecía un fraude que no estaba a la altura de su leyenda. Lo otro, el dolor que S.T. sufría en el pecho, en las entrañas y en el corazón, era su problema. Su debilidad.

Mujeres. Dio un fuerte tajo a la cebolla. Era lógico que aterrorizaran a Nemo.

Llevaba tres malditos años solo. Ansiaba arrodillarse, hundir el rostro en el cuerpo de ella y suplicarle que le dejara hacerle el amor.

Pensó en Charon, en su ciega devoción animal; en el cálido resoplido en su oreja, cuando todavía podía oír con ambas; en el tranquilizador sonido de los cascos del caballo mientras él dormía sobre la húmeda tierra inglesa, a salvo, tranquilo, protegido por unos sentidos más agudizados de lo que jamás serían los suyos, por una mente simple y honrada que confiaba en el juicio humano.

La cebolla hizo que se le humedecieran los ojos. Apretó la boca con fuerza y echó los pedazos a un puchero. Podía sentirla, aunque no estaba mirándola; era como una intensa llama en medio del oscuro caos en que se había convertido su vida. Se preguntó qué absurda y ciega locura podría impulsarle a cometer esa tentadora joven; qué quedaba aún en su interior que ella pudiera arrebatarle.

La pintura, Nemo, su vida. La lista era más larga de lo que creía.

– ¿Qué queréis de mí? -le preguntó de repente.

Ella levantó la vista de un cuadro a medio terminar que estaba apoyado en el arcón del pan.

– Ya os lo he dicho.

– ¿Que os enseñe a manejar la espada?

La joven asintió con la cabeza. S.T. señaló hacia un rincón con la cuchilla.

– Ahí hay una espada y un par de pistolas. Podéis hacer con ellas lo que queráis. Eso es todo lo que tengo que enseñaros -dijo mientras dejaba la cuchilla sobre la mesa.

Ella lo miró fijamente, pero S.T. prefirió desentenderse. Cogió el cubo de cuero y, tras salir al exterior, lo llenó en el pozo de piedra. Después volvió a la cocina y lo vació en el puchero. El agua cayó en el cacharro de hierro con un sonido cristalino.

– ¿Es porque no soy un hombre?

S.T. no contestó. Estaba ocupado pelando ajos. Su piel apergaminada crujía entre sus dedos, y su familiar olor le llenaba la nariz. Se concentraba en eso, en cosas sencillas. Veía de reojo los pies de la joven; llevaba unos zapatos con hebillas que estaban muy gastados en los tacones, y las medias meticulosamente zurcidas con hilo de otro color. Sus piernas eran fuertes y delgadas, y sus pantorrillas estaban moldeadas con gran delicadeza. Era una mujer. S.T. se mordió la lengua.

– Eso va a saber muy mal -dijo ella.

S.T. se llevó una mano al corazón.

– Y pensar que estaba tan seguro de mí que le he dado la tarde libre al cocinero.

– Yo puedo hacerlo mejor.

S.T. dejó el ajo sobre la mesa.

– ¿Cómo?

Ella se encogió de hombros.

– Yo sé cómo.

– Explicádmelo.

La joven lo miró desde debajo de sus pestañas mientras abría y cerraba las manos muy despacio.

– ¿Me enseñaréis?

S.T. soltó una risa irónica.

– Siempre me interesa una nueva receta para cocer la cebolla pero, francamente, no. No voy a enseñaros nada.

– Soy buena cocinera. Tengo mucha práctica. Y soy muy buena ama de llaves. -Miró con actitud distante la caótica cueva que era aquella cocina-. Puedo hacerme cargo de todos vuestros asuntos y llevaros las cuentas. La próxima primavera vuestro jardín ya podría estar produciendo lo suficiente para llenar vuestra mesa, y aún sobraría mucho para vender. También podría vestiros adecuadamente. Se me da muy bien la costura.

– Y la modestia, por lo que veo.

– Puedo hacer de este lugar un hogar acogedor para vos.

S.T. inclinó la cabeza y la miró de reojo. Estaba muy recta, y se veía que estaba dispuesta a soltar otro listado de méritos si él se mostraba remiso. Con una pequeña sonrisa irónica, él le dijo:

– Supongo que no sabréis hacer vino…

– Por supuesto que sí. Suelo hacer vino de moras todos los años, así como licor de menta y cerveza.

Su voz era cultivada, y sus modales, educados, pero daba la impresión de que hubiese sido sirvienta en alguna casa. Las ropas que llevaba habían pertenecido a un aristócrata, eso estaba claro. S.T. se permitió la indulgencia de imaginar su joven cuerpo, delgado, ágil y desnudo, y suspiró débilmente de deseo. Levantó la cabeza y la miró a los ojos. Ella no pestañeó.

– Haré lo que sea -afirmó decidida-. Me acostaré con vos.

S.T. bajó la cuchilla dando un tajo lleno de furia. Trocitos de ajo salieron volando en varias direcciones.

Maldita sea. Maldita, maldita, maldita. ¡Será zorra y perspicaz!

Quería decir algo despiadado, algo que la hiriese tanto como su desapasionada oferta lo había herido a él. Pero, cuando la miró, el encendido rubor de sus mejillas y su boca cerrada y rígida la hacían parecer tan joven e indefensa, y su aire de dureza resultaba tan falso, que las palabras no salieron de su garganta.

– No, gracias -fue todo lo que dijo.

Los hombros de la joven se relajaron de forma casi imperceptible. S.T. se afanó en pelar otro diente de ajo. Notaba cómo le hervía la sangre ante esa leve indicación del enorme alivio de ella. Echó el ajo al puchero con pergamino y todo, puso ambas manos sobre la mesa y se las miró. Diez dedos ligeramente manchados de pintura. Dos brazos, un rostro… ¿Tanto había cambiado? Ninguna mujer se había quejado jamás de él, ni de su aspecto ni tampoco de su capacidad como amante. Y nunca, nunca, había tenido que pagar a ninguna.

Se preguntó si había caído tan bajo como para estar dispuesto a hacerlo en esos momentos. Permaneció inmóvil, insultado y excitado, mientras sentía intensamente la presencia de ella en aquella cocina; pero no se atrevía a mirarla. Durante tres años lo había descargado todo en su arte; cuando la necesidad de una mujer se apoderaba de él, trabajaba sin descanso, pintando tormentas y galgos, desnudos y caballos, modelando curvas en pedazos de arcilla hasta que no podía seguir más tiempo en pie y caía dormido en una butaca con la espátula de modelar todavía en la mano. Nunca terminaba esas obras, y no sabía si eran lo mejor o lo peor que había hecho.

– ¿Puedo sentarme? -preguntó ella con voz extraña.

– Por el amor de Dios, pues claro que podéis… -contestó S.T. volviéndose, pero entonces vio que la joven se estaba cayendo y, antes de que él pudiese reaccionar y mover una mano o dar un paso adelante, se derrumbó sobre el sucio suelo cuan larga era.

Durante un instante se quedó mirándola sorprendido, hasta que su cuerpo reaccionó antes que su mente y se movió. Ella abrió los ojos al tiempo que S.T. se arrodillaba a su lado. El azul intenso de su mirada estaba nublado por la tensión y el cansancio, y el encendido rubor de sus mejillas se había transformado en palidez. La joven intentó incorporarse.

– Estoy bien -dijo bruscamente mientras intentaba evitar que él la ayudara.

El corazón de S.T. latía agitado.

– Y un cuerno -replicó ignorando su débil intento de apartarlo. Ardía de fiebre. Podía notar el calor sin tan siquiera tocarle la frente.

– De verdad que sí -insistió ella tomando aliento-. No estoy enferma.

S.T. no tenía intención de perder el tiempo en más discusiones. Le pasó el brazo por debajo de los hombros para levantarla, pero ella consiguió zafarse de él. Con una fuerza que lo sorprendió, la joven se cogió al brazo de S.T. para intentar alzarse.

– Estoy bien -insistió mientras se sentaba en el suelo-. Es que no he comido, eso es todo.

Tras vacilar unos instantes sobre qué debía hacer, S.T. dejó que apoyara la frente en su hombro, y comprobó que la elevada temperatura que notaba refutaba sus palabras. Le pasó la mano por las sienes y, de pronto, vio cómo la cabeza de la joven volvía a desplomarse. Se había desmayado entre sus brazos.

S.T. se asustó. Estaba pálida como la muerte, con un ligero tono amarillento muy poco saludable, y tampoco la oía respirar. Le cogió la mano y se la frotó pero, tras darse cuenta de que era inútil, cogió su flácido cuerpo en brazos. Al levantarse se tambaleó por el peso de la carga, mientras su precario equilibrio también se descompensaba. Ella volvió en sí justo cuando atravesaban la armería camino del dormitorio.

– Tengo que ponerme en pie -farfulló-. No puedo caer enferma. -Su cabeza cayó hacia atrás y su delgada y blanca garganta vibró con un débil gemido-. No puedo…

S.T. comenzó a subir la escalera de caracol y la cogió con más fuerza cuando ella intentó débilmente oponer resistencia. Llegó al primer piso maldiciendo a los constructores del castillo, que habían ideado todas aquellas escaleras irregulares, pronunciadas curvas y estrechos pasajes para hacer el ascenso lo más difícil posible a cualquier eventual enemigo. Seguro que los muy bastardos esperaban ser atacados por un ejército de enanos capaces de retorcerse y transformarse en nudos gordianos. Cuando al fin empujó con el hombro la puerta del dormitorio y la cruzó con ella en brazos, la sensación de vértigo se adueñó por completo de su débil estabilidad. Tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio antes de tomar aliento y recorrer la habitación en línea recta hasta llegar a la cama.

El cuerpo de la joven se hundió en el colchón de plumas. La nariz de S.T. se llenó de polvo; no se le había ocurrido hasta entonces que hiciese falta airear las sábanas, pero al menos la ropa de cama estaba fresca y seca, y olía a lavanda, a linaza y a él mismo. Ella lo miró mientras intentaba incorporarse de nuevo, pero volvió a tumbarse cuando S.T. la echó hacia atrás poniendo las manos sobre sus hombros. La joven se humedeció los labios.

– No me dejéis aquí -murmuró-. ¿Es vuestra habitación?

S.T. le apartó el pelo negro y húmedo de la frente.

– No voy a haceros ningún daño.

– Tengo que marcharme -dijo ella con desesperación-. Dejadme sola. No me toquéis.

– No voy a haceros nada, machérie.

Ella le apartó la mano de un empujón.

– Marchaos. No os acerquéis.

– Estáis enferma -exclamó él, enojado-. No voy a violaros, pequeña idiota. Estáis enferma.

– ¡No! No lo estoy. No puedo estarlo. No puedo.