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– Lo cierto es que yo disto mucho de ser perfecto a los ojos de quien sea, os lo aseguro.

– Todas las criaturas de Dios son perfectas -aseguró ella-, y vos también.

S.T. dejó pasar aquellas palabras sin hacer comentario alguno. Una campana comenzó a sonar, y la joven recogió su encaje.

– Eso es el servicio del mediodía. ¿Queréis venir conmigo?

Antes de que él pudiese responder, desapareció rápidamente en el interior de la casa; volvió unos minutos más tarde y cerró la puerta tras ella. Cuando S.T. se puso de pie, ella lo cogió del brazo y empezó a bajar los escalones.

– Todo el mundo querrá conoceros.

La intención de S.T. había sido escabullirse sin hacer ruido antes de que aquella amenaza se materializase, pero Paloma de la Paz lo condujo con tanto entusiasmo, lo presentó con tanto afecto a todos los que encontraron a su paso que le resultó imposible encontrar el momento oportuno para despedirse. Se encontró dentro de la pequeña iglesia, sentado en la primera fila de bancos antes de que la campana dejase de tañer.

Estaba en el medio, rodeado por la balaustrada del altar por delante, uno de los clérigos de visita a un lado, y miembros de la congregación de Chilton al otro. En las tres primeras filas solo había hombres, mientras que el resto de la iglesia estaba ocupado por mujeres, que llenaban los bancos y ocupaban los pasillos del fondo. Tomó asiento con el sombrero en el regazo y miró incómodo a su alrededor. Paloma de la Paz había desaparecido entre la multitud tras presentarlo al individuo que estaba a su derecha, que gozaba del interesante nombre de Palabra Verdadera.

– Yo estoy absolutamente impresionado, ¿y vos? -murmuró el clérigo en el oído bueno de S.T. -. Es de lo más emocionante. Toda la gente que vimos en la calle parecía satisfecha y llena de energía.

S.T. asintió y se encogió de hombros.

El señor Palabra no parecía muy dado a mantener una conversación, lo que a S.T. le pareció perfecto. Miraba fijamente y con expresión sombría hacia delante, donde el altar, el pulpito y el resto de la parte delantera de la iglesia estaban ocultos por tiras largas de seda de color púrpura, cosidas entre sí, que colgaban del techo y formaban una pared hinchada.

El ruido que se produjo cuando la concurrencia tomó asiento se fue suavizando hasta quedar solo en un frufrú de ropas y discretas toses, y después en silencio absoluto. Una joven sola se adelantó y se puso de rodillas ante la seda púrpura, el rostro oculto a la vista por un largo velo blanco que caía sobre la cofia.

S.T. esperó, convencido de que empezaría a sonar un órgano o un coro.

No ocurrió nada.

Cambió de postura sobre el duro banco. Una rápida ojeada por debajo de las pestañas le confirmó que Palabra Verdadera seguía con la mirada clavada en la seda púrpura, sin pestañear ni moverse. El clérigo sentado a la derecha de S.T. tenía la cabeza inclinada y movía los labios en silenciosa plegaria.

S.T. cerró los ojos. Se dejó llevar y recordó otras iglesias; las maravillosas catedrales italianas de su infancia, las voces cantarinas de los niños durante el rezo de vísperas entre los vitrales y los altos muros de mármol. Pensó en los cuadros que no había terminado de pintar y en imágenes que todavía quería intentar. Se preguntó si sería capaz de reproducir aquel impresionante e increíble silencio, aquel arco de luz y oscuridad que era la catedral de Amiens.

Podría convertirla en un bosque y pintar en él a Nemo como una sombra con ojos amarillos. O simplemente las siluetas del lobo y los caballos en un páramo abierto, tal como había dejado a Mistral, en libertad salvo por la compañía vigilante de Nemo.

De repente la campana de la iglesia empezó a redoblar con frenesí, y Palabra Verdadera tomó la mano de S.T., que se aclaró la garganta y se soltó con delicadeza. Pero en medio de un movimiento general de la congregación, el clérigo le agarró la otra mano con fuerza, justo en el momento en el que Palabra Verdadera volvía a asirlo. S.T., atrapado, apretó los labios con fuerza en una mueca irónica.

Chilton apareció por detrás de la cortina de seda púrpura, vestido totalmente de negro. Allí, en el altar de la iglesia, inició otro de sus sermones, una larga disquisición sobre la salvación y sus fieles. S.T. trató de evadirse de nuevo y refugiarse en pensamientos más agradables, pero aquellas manos asidas a las suyas le molestaban. Cuando intentó soltarse con disimulo, la presión aumentó. Intentó mostrarle al clérigo su enfado con la mirada, pero el ministro parecía completamente concentrado en el sermón de Chilton, al igual que el señor Palabra Verdadera.

Molesto, S.T. bajó la mirada al sombrero. Sentía una humedad desagradable allí donde las palmas de sus manos estaban en contacto con las de los dos hombres. Por el rabillo del ojo vio que todos los asistentes estaban también unidos, hasta las jóvenes de los pasillos; la más próxima de ellas agarraba la mano del hombre del final del banco.

La voz de Chilton lo dominaba todo, se alzaba y descendía con creciente emoción. S.T. pensó que aquel hombre tenía un aspecto estrafalario, con el cabello empolvado hasta lograr un tono naranja y aquellos ojos grandes, infantiles, que recorrían la congregación con un ritmo pendular; se detenían únicamente para centrarse en un rostro durante un momento cuando hacía un comentario personal sobre las transgresiones de Dulce Armonía o la penitencia de Luz Sagrada. Nombró a diversos de los congregados y habló durante unos minutos de cada uno de ellos; obtuvo sinceras respuestas ante sus exhortos a reconocer el pecado. Cuando gritó: «¡Palabra Verdadera!», S.T. sintió que aumentaba la presión sobre su mano derecha.

– Palabra Verdadera… -La voz de Chilton se convirtió en un susurro-. Tu señor lo sabe. ¿Quieres confesar?

– ¡Avaricia! -dijo a gritos Palabra Verdadera-. ¡Deseo carnal y codicia!

– ¿Quieres librarte de tus pecados? -le preguntó Chilton con dulzura-. ¿Quieres humillarte lleno de vergüenza y dolor?

– ¡Ay, señor! ¡Perdóname! -Palabra Verdadera inclinó el rostro sobre su regazo. Incómodo, S.T. trató de soltarse de su mano, pero el otro hombre aumentó la presión de forma violenta-. ¡No! -gritó entre sollozos Palabra Verdadera, a la vez que negaba con la cabeza-. ¡No me niegues el contacto que cura!

– ¡Vete a la mierda! -murmuró S.T., y de un tirón soltó la mano.

Palabra Verdadera la buscó a tientas, la atrapó y se la llevó a la mejilla. Todo el mundo los miraba. Bajo el peso de aquel escrutinio colectivo, S.T. tomó aliento y se resignó a aquel gesto de cariño, a la vez que sentía que un intenso rubor se extendía por su cuello y su rostro.

Chilton lo miró fijamente y le sonrió. No continuó con el sermón, como había hecho en el resto de los casos, se limitó a mirar a S.T. sin parpadear.

– Percibo el poder -susurró en medio del expectante silencio-. Percibo el poder de curación que emana de vuestra persona, señor Bartlett, que llega hasta mí, hasta el hombre llamado Palabra Verdadera. ¡Que alcanza a todos los presentes! -Levantó los brazos y gritó-: ¿Lo sentís?

Un murmullo que nació en la parte de atrás de la iglesia comenzó a extenderse. S.T. notó un cosquilleo en las palmas, un leve picor que fue en aumento y se convirtió en una sensación que jamás había experimentado. Le picaba el cuero cabelludo y los brazos; una extraña sensación se adueñó de su cuerpo, una especie de pulsación horrible, como si todos los músculos se hubiesen vuelto blandos y él no pudiese controlarlos. En la seda púrpura, ante sus ojos, extrañas formas empezaron a relucir y a fundirse entre sí.

Oía gemidos y lloros a su alrededor. La voz de Chilton cada vez más alta lo llamaba; lo llamaba por su nombre. La desagradable sensación aumentó. S.T. pensó que iba a perder el conocimiento, que los dibujos sobre la seda iban a crecer y aumentar hasta aplastarlo.

– ¡Entrégamelo! -gritó Chilton-. Traspásamelo a mí, no sufras; ven a mí. ¡Deja que el poder llegue hasta mí!

S.T. soltó de un tirón la mano del clérigo. Al instante, la profunda sensación desapareció; solo quedó el leve picor en cada cabello y el molinete de chispas delante de sus ojos. Se puso en pie a ciegas, impulsado por el deseo de librarse de aquello, pero Palabra Verdadera se aferró a él. S.T. parpadeó y descubrió a Chilton justo delante de él, mientras las siluetas brillantes desaparecían de sus ojos.

– Traspásamelo -gritó Chilton, al tiempo que alargaba la mano hacia él-. Entrégame tu vitalidad para que yo la utilice como debe utilizarse.

S.T. levantó el brazo libre para apartar al hombre, y entre ellos apareció un arco de luz que, de un salto, recorrió la breve distancia que separaba sus dedos de los de Chilton. El dolor hizo que S.T. se echase hacia atrás entre maldiciones.

El extraño escozor de su cuero cabelludo se esfumó. La congregación completa exhaló un gemido, un sonido único, como el de un enorme animal en sus últimos instantes de vida.

– ¡Paloma de la Paz! -llamó Chilton con voz atronadora.

La figura arrodillada al frente de la iglesia se irguió y se acercó hacia ellos. S.T. distinguió el juvenil y bello rostro de la muchacha, que fijó en los de Chilton unos ojos llenos de esperanza y respeto reverencial.

– Paloma de la Paz -entonó Chilton-, tú has pedido que se ponga fin a tus terribles dolores de cabeza.

La joven asintió con presteza.

– Ven aquí, amada mía -dijo Chilton con dulzura.

La joven se acercó a él y se puso de rodillas.

– Quítate la cofia y el velo.

La muchacha obedeció y dejó que el cabello rubio cubriese sus hombros.

Chilton acercó las manos y las colocó sobre ella, con las palmas a tan solo unos centímetros de su cabeza. S.T. vio cómo el fino cabello dorado se levantaba y algunos mechones se pegaban a las manos de Chilton. Paloma de la Paz soltó una suave exclamación de sorpresa y levantó las manos para palpar el delicado halo que se elevaba en torno a su cabeza. Rozó la mano de Chilton, y S.T. oyó un leve crujido. Paloma de la Paz, sorprendida, exclamó:

– ¡Dios mío!

– Este es el poder sanador de Dios -dijo Chilton-. Dios te bendice por habernos traído al señor Bartlett. ¿Ha desaparecido tu dolor, preciosa criatura?

– Sí -contestó Paloma de la Paz entre suspiros. Se dejó caer hasta quedar sentada sobre los tobillos y levantó los ojos abiertos de par en par hasta Chilton-. Se ha ido.

Un murmullo recorrió la congregación. La gente empezó a ponerse en pie y a rezar en voz alta, entre ellos los clérigos visitantes. Palabra Verdadera besó la mano de S.T. y empezó de nuevo a lloriquear.

– El Señor ha traído hasta nosotros al señor Bartlett -proclamó Chilton por encima del devoto clamor-. Señor Bartlett -y miró hacia S.T.-, ¿queréis venir? ¿Querréis entregarnos el don que el Señor ha depositado en vos?

S.T. se aclaró la garganta.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó, y mantuvo la voz baja-. ¿Estáis…?