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– Sí. No me ha impresionado tu maravilloso collar. No es por eso por lo que te he dejado… -Se interrumpió y le apartó la mano con que la acariciaba-. No ha sido por eso.
– ¡Vaya! Pues no sé qué otras conjeturas atreverme a hacer. El pensamiento femenino escapa a la pobre capacidad masculina de raciocinio.
– Perdóname, pero pienso que hablar de raciocinio con un loco es un ejercicio fútil.
Él sonrió.
– Pero tal vez sea más provechoso que hablarlo con una mujer.
– ¡No me has comprado con un collar de diamantes! -exclamó Leigh; él se inclinó y la besó con suavidad en la mejilla.
– Claro que no. ¿Cuándo he dicho yo eso? Eres una inocente enfant que no se entera de nada -dijo mientras se levantaba de la cama para apagar las velas.
Leigh lo oyó moverse por la habitación. Cuando volvió y se deslizó bajo las sábanas, ella le dio la espalda, pero S.T. la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Estaba desnudo y desprendía un reconfortante calor, y su cuerpo, tan suave como el terciopelo de la levita, provocó en Leigh una agradable y cálida sensación. Ella sabía que aquello solo era un sueño, que finalmente había consentido caer en el mundo de fantasía que él había construido y en el que vivía. «Soy el SeigneurdeMinuit.» Era un lunático absurdo y peligroso, pero al mismo tiempo irresistible y encantador.
La respiración de él le agitaba el pelo. Leigh pensó en apartarse, pero consideró que no tendría mucho sentido después de todo lo sucedido. Además, la aguardaba la oscuridad con todo el miedo, los recuerdos y las emociones que no soportaba, pero así, en sus brazos, era como si su mente se hubiese separado de su cuerpo; solo pensaba en la presencia física del Seigneur a su lado y en el sensual calor de su abrazo. Y le daba igual. No quería pensar. Esa noche le bastaba con los sueños.