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– Solo la he hecho reír, la he llamado guapa y le he besado la mano junto al fuego de la cocina. Eso es todo. En cuanto a todas esas horas disolutas después de medianoche, las paso con Nemo y no con alguna mujer ardiente, y te aseguro que lo lamento. Saco a pasear a Nemo y dejo que corra libremente cuando hay menos posibilidades de que algún fornido caballero del lugar le dispare para proteger a la población. No soporto que tenga que estar encerrado en esa maldita jaula, ¿lo entiendes? Dios, ¿de verdad creías que me pasaba el día durmiendo en la calesa porque había estado entregándome a todo tipo de perversiones cada noche? Si vas a dedicarte a espiarme, sería conveniente que lo hicieras mejor y te enteraras bien de las cosas antes de acusarme de algo.

Leigh permaneció inmóvil, mirándolo fijamente, mientras los intensos colores de su silueta se recortaban contra el sombrío cielo.

– Desde luego que me encantaría acostarme con ella -añadió S.T., furioso-. Tiene sangre caliente en las venas, cosa que no puede decirse de ti.

Leigh levantó los hombros y los echó hacia atrás muy rígida.

– ¿Eso te ofende? Pues me alegro -dijo S.T.

El rubor de las mejillas de Leigh estaba mucho más encendido.

– Te ruego que me perdones -dijo en voz muy baja y fría-. Estaba equivocada.

La agitada respiración de S.T. hizo que el frío aire se helara alrededor de su cara mientras la veía alejarse. Dobló el paquete de papel que llevaba en el bolsillo y lo estrujó. Cuando Leigh ya estaba casi en la entrada de la granja, la llamó, pero ella no se volvió. El perro que estaba encadenado comenzó a ladrar, pero Leigh tampoco le hizo caso. S.T. tomó aliento y corrió tras ella pero, cuando llegó al patio, ella ya había desaparecido en el interior de la casa. El niño salió corriendo y le suplicó que le dejase acariciar a Nemo y darle un poco de pescado ahumado.

S.T. miró por encima de él hacia la casa. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para relajar las manos. Era un bruto y un bastardo. Sabía de sobra qué era lo que había vuelto a Leigh tan fría, pero la forma en que ella lo trataba, con esas constantes pullas y desprecios pese a sus múltiples intentos por ganarse su admiración, era algo que no soportaba. Al cabo de unos instantes dio media vuelta y siguió al chico hacia el granero.