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S.T. miró el pie de la cama con el ceño fruncido.
– No quiero dinero -dijo y, antes de que ella pudiese decir nada, la miró y añadió-: Ni que me pagues en la cama tampoco. Lo de anoche en las ruinas no fue lo que yo quería.
– No, en efecto -dijo ella mirándolo fijamente a los ojos-, ya que parece que quieres más de lo que puedo darte, monseigneur. Espero que lo comprendas.
Lo comprendía. Era un reto, igual que la esgrima o montar a caballo. Había perdido su pericia para l'amour y tenía que recuperarla. Ya estaba más afianzado con la espada, lo notaba. Podría hacerle el amor si conseguía tenerlo todo bajo control. Entonces ella caería de rodillas suplicándole, como le había ocurrido cientos de veces. Hasta el momento lo había estropeado todo, ya que Leigh lo había visto en su peor momento pero, si era capaz de mantenerse despejado, se iba a enterar de lo que era bueno. Se resarciría de las pérdidas y saldría triunfante, tal como le había pasado cientos de veces.
Se cogió con una mano al dosel y la miró con la cabeza inclinada.
– Puedes quedarte con la cama esta noche -dijo con el tono cortés de un galán-. Nos vamos al amanecer.