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Leigh aceptó la pulla en silencio. Él sabía que lo estaba mirando. La luna pendía baja sobre la montaña, y lanzaba largas sombras de ébano sobre la hierba plateada.
– ¿Por qué os hicisteis salteador de caminos? -preguntó ella al fin.
S.T. sonrió en la oscuridad.
– Por maldad. Por la emoción que produce.
Leigh seguía sentada con las piernas cruzadas, inmóvil como una estatua, contemplándolo. Él se volvió y apoyó un hombro en la columna.
– ¿Creéis que fue por mis elevados ideales? -dijo imitando la voz de la joven-. La primera vez fue por una apuesta, cuando tenía veinte años. Conseguí vencer a un excelente espadachín, y gané mil libras y la gratitud de una bella dama. Entonces me di cuenta de que esa era la vida que quería.
Ella inclinó la cabeza. La luna derramó una helada luz sobre su rostro.
– ¿Y vos, señorita Strachan? ¿Cuál es vuestra historia?
– La mía es muy sencilla -contestó Leigh mientras se desabotonaba el chaleco y se lo quitaba; luego, arrodillada en el suelo, lo arregló junto con la levita para que le sirviese de almohada-. Voy a matar a un hombre, y quiero aprender a hacerlo.
La brisa agitó la alta hierba. Nemo terminó su cena, suspiró y se colocó en una postura más cómoda para lamerse las garras.
– ¿A algún hombre en particular? -preguntó S.T.-. ¿O se trata tan solo de rencor contra mi sexo en general?
Ella se echó sobre la hierba y se apoyó sobre un codo. Sin el ceñido chaleco se marcaban con toda claridad sus formas femeninas; sus pechos y caderas quedaban libres de tal encorsetamiento. Se quitó la cinta de la coleta y agitó el pelo.
– A un hombre en particular -dijo.
S.T. se apartó de la columna y, agachándose junto a ella, se sentó con las piernas cruzadas y se inclinó en su dirección.
– ¿Por qué?
Leigh reclinó la cabeza sobre la improvisada almohada y levantó una mano, que observó mientras la giraba lentamente contra el cielo.
– Mató a mi familia. A mi madre, a mi padre y a mis dos hermanas.
Su voz no se quebró, ni mostró rastro alguno de emoción. S.T. contempló su frío rostro bañado por la luz de la luna. Ella le devolvió la mirada sin pestañear.
– Sunshine -susurró él.
Leigh bajó la mirada. S.T. se tumbó junto a ella y, abrazándola, la apretó muy fuerte contra sí y acarició su brillante pelo.