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Cuando camino por una plaza, al contemplar la nobleza de los jacarandaes, o cuando veo aquellos rostros inefables que siguen estremeciéndose ante un cielo tormentoso, o los que aún tiemblan al pronunciar palabras sublimes, pienso entonces en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.
Elie Weisel ha dicho que en Auschwitz murió el hombre y la idea del hombre. Es lo que ha ocurrido en las épocas en las cuales pareciera haberse producido una ruptura, un corte tal, que corremos el riesgo de ser absorbidos por el vacío.
Como se afirma en Los endemoniados, el ser humano se siente atraído por la creación tanto como por la destrucción; y es este uno de esos momentos. Vivimos como si hubiéramos llegado a los límites últimos de la existencia. Ya no estamos tan seguros de poder decir junto a Goethe que “la humanidad acabará triunfando”. Por el contrario, en el horizonte parecen oírse los últimos estertores. Basta mirar cualquier informativo o ver los títulos de un diario para comprender que estamos convirtiéndonos en las siniestras criaturas que en medio de grotescos aquelarres pintaba Goya. “Los sueños de la razón engendran monstruos”, profetizó este artista genial que durante el día retrataba a las señoras gordas de la corte, y luego se encerraba a hacer esos dibujos, como vómitos, que desenmascaraban el ciego positivismo de la Ilustración.
Finalmente hemos llegado al “mundo roto” del que nos habló Gabriel Marcel, y mientras la realidad se desmorona a pedazos, el hombre desfallece psíquica y espiritualmente escindido.
Probablemente nunca comprenderemos del todo lo que nos quiso decir Kafka, que expresó, en una de las obras más reveladoras y profundas del siglo XX, el desconcierto y el desamparo del hombre contemporáneo en un universo duro y enigmático. La caída del hombre en una realidad donde la burocracia y el poder han tomado el espacio de la metafísica y de los Dioses. Extraviado en un mundo de túneles y pasillos, atajos y bifurcaciones, entre paisajes turbios y oscuros rincones, el hombre tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro.