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Cinco

Ashdowne se estiró en el incómodo sillón griego de su dormitorio y apoyó los pies en lo alto de un taburete tallado. Había alquilado la casa, con sus espantosos muebles, para toda la temporada, aunque sólo había pretendido quedarse poco tiempo. En ese momento odiaba la elegante dirección de Camden Place. Desde luego, no sería la primera vez que le desagradaba su entorno. “Todo parece molestarme más que de costumbre”, pensó con acritud.

– Necesito una copa -musitó cuando apareció su mayordomo.

Fi

– ¿Una mañana difícil, milord? -preguntó Fi

– No tan difícil como excepcional -reconoció mientras disfrutaba del buqué del vino.

– ¿Cómo puede ser de otro modo cuando la joven Bellewether ha participado en él? -preguntó con su voz grave, en la que se notaba su acento irlandés.

– Sí, decididamente es poco corriente -reflexionó, sin la sequedad que con anterioridad había provocado cualquier mención de Georgiana. Llevaba ausente desde la noche que la había besado en la terraza.

El beso había sido un juego, un modo de ganarse su confianza y, como tal, una seducción necesaria. Entonces, ¿por qué no se quitaba de encima su recuerdo? ¿Por qué cada vez que la veía era dominado por el impulso de repetirlo?

– ¿Y bien, qué sucedió hoy? ¿El detective arrestó al pobre Whalsey?

– No, me temo que no -Ashdowne sonrió-. La prueba que más lo incriminaba era un frasco robado con loción regeneradora del pelo.

– ¡No! -Fi

– Sí -rió entre dientes al recordar la situación. ¿Cuándo había sido la última vez que se había divertido tanto?

– ¿Regenerador del pelo? ¡Ja! ¡No me extraña que su excelencia lleve siempre sombreo! -Fi

– Al parecer él y su secuaz, un tal señor Cheever, urdieron un plan para robárselo al profesor que lo creó, lo cual significa que la señorita Bellewether no está tan loca como pensábamos -la sonrisa se desvaneció-. Aunque no sabían nada del collar, Whalsey y su amigo técnicamente pueden ser considerados ladrones.

– Si usted lo dice -convino Fi

– Quizá. Quizá no -Jeffries parecía ser un hombre decente y sólido, no como los de su profesión, algunos de los cuales se sabía que eran tan deshonestos como sus presas.

– ¡Olvídelo, milord! Ni siquiera el detective más estúpido le daría crédito ahora a las teorías de la joven.

– Probablemente, no -convino Ashdowne, moviéndose incómodo en el sillón. Sentía algo parecido a la culpabilidad, aunque no sabía por qué le molestaba una sensación tan ajena a él. Después de todo, no había hecho más que complacer a Georgiana. De hecho, ella se había mostrado inexplicablemente complacida cuando usó su influencia sobre Jeffries.

Demasiado. Quizá ahí radicaba el problema, ya que no podía olvidar la sonrisa que le lanzó ella cuando convenció al detective de que los acompañara a la residencia de lord Whalsey. Nadie en su menos que excepcional existencia lo había mirado de esa manera, como si le hubiera regalado la luna y las estrellas. Su expresión exhibía una adoración completa. Bebió un trago de oporto. No había estado nada interesado en su absurda investigación, salvo para cerciorarse de que no lo afectara a él de ningún modo.

Y eso le producía vergüenza, pues la percepción que tenía de la infatigable señorita Bellewether sufría un cambio. Había mostrado tanto vigor ese día que no podía evitar sentir admiración por ella. Puede que sus ideas estuvieran tergiversadas, pero actuaba en consonancia con ellas. Seguía su propio camino, sin tomar en consideración lo que pensaran los demás, buscando misterios en un mundo que por desgracia carecía de ellos.

Quizá eso era lo que hacía que se sintiera tan incómodo. También él en el pasado había buscado estímulos para alimentar una necesidad en su interior que pocos eran capaces de comprender. Pero esas búsquedas a menudo eran peligrosas, y cuando Georgiana había hablado de enfrentarse a delincuentes, él había reaccionado de forma instintiva. La obstinada señorita Bellewether podía meterse en todo tipo de problemas.

– ¿No me diga que esa joven empieza a afectarlo, milord? -el sonido de la voz divertida de Fi

– Claro que no -repuso con suavidad, pero Fi

– ¡Claro! -Bufó el criado-. Aunque ha de reconocer que es una belleza, con un cuerpo creado para satisfacer a un hombre.

– Sí -acordó.

– Y supongo que es una novedad que la dama no está suspirando por su título -dijo el mayordomo, frotándose el mentón.

– Sí -no se la podía acusar de eso, y a diferencia de otras damas solteras que había conocido, estaba más interesada en los misterios que en el matrimonio. Sonrió.

– Entonces, ¿ese es su atractivo? -inquirió Fi

– ¿Su atractivo? -miró al criado con ironía -. No era consciente de que tuviera alguno -¡el que la encontrara estimulante no significaba que lo atrajera! El beso solo había sido una seducción impuesta, nada más. De hecho, la mayoría de las veces no sabía si reír o estrangularla.

Fi

– Bueno, si no está interesado en ella, ¿hemos de volver pronto a la vieja mansión?

Con remordimiento, pensó que debía empezar a considerar las mejoras en la vieja mansión, pero su mente se rebelaba. Deseaba quedarse en Bath, aunque solo fuera por un tiempo. ¿Por necesidad o placer? ¿Importaba?

– Creo que sería sensato quedarnos aquí un poco más. Para atar todos los cabos sueltos -manifestó despacio.

– Bueno, me parece perfecto -devolvió la copa al aparador-. A mí no me avergüenza reconocer que me apetece ver con qué sale a continuación la joven.

– Sí -admitió-. Toda la situación está resultando mucho más entretenida de lo que había imaginado.

Después de todo, con Whalsey y Cheever exonerados en lo referente al collar, Georgiana tendría que poner sus miras en otro sospechoso.

– Pero encárguese de que no se le meta bajo la piel -dijo Fi

– Te aseguro que de eso no hay peligro -bufó-. No pienso sucumbir a los dudosos encantos de esa joven -hizo a un lado el recuerdo de tenerla en sus brazos, suave, cálida y entregada, y se concentró en su extravagante conducta-. Sin embargo -frunció el ceño-, hay una cosa que me preocupa.

– ¿Qué milord?

– Empieza a tener una extraña lógica para mí -comentó con una mezcla de asombro y horro.

Fi

Georgiana estaba sentada en el salón, con un codo apoyado en el escritorio y el mentón sobre la palma de la mano. Después de su sorpresa inicial, disfrutó del humor de la situación de lord Whalsey. Y también le había resultado placentero y novedoso compartir la risa con un hombre, en particular uno como Ashdowne.

No obstante, la intimidad de esa experiencia, como tantas cosas que ocurrían cerca del marqués, tuvo un efecto peculiar sobre ella. En lo que ya era algo familiar, Georgiana comenzaba a sentir más con el corazón y otras partes de su anatomía que con el cerebro, y se había visto obligada a dejar su compañía con el fin de volver a pensar con claridad.

Gimió al analizar el tiempo precioso que había desperdiciado con Whalsey. A partir de ese momento le costaría mucho más convencer al señor Jeffries de sus teorías. La lógica le indicaba que iba a necesitar a Ashdowne, o al menos su influencia con Jeffries, con el fin de desenmascarar al ladrón. Por desgracia, el escalofrío de expectación que sintió al pensar que iba a trabajar junto al marqués poco tuvo que ver con la lógica.

Contuvo sus impulsos descarriados y se irguió. Tenía mucha más fe en su capacidad que en la de Jeffries, sin importar cuáles fueran sus credenciales. Sospechaba que el pobre jamás iba a descubrir al ladrón sin su ayuda, de modo que debía dejar a un lado sus prejuicios y trabajar con Ashdowne. Pero debería evitar acercarse demasiado a él, y juró que ya no habría más besos.

Sin pensar en la sensación de pérdida que acompañó a su juramento, trató de concentrarse en las notas que tenía ante ella. Después de tachar de la lista a Whalsey y a Cheever, solo le quedaban Hawkins y el marqués.

Tenía que ser el vicario.

La idea de imaginar al marqués trepando por un edificio por unas pocas joyas parecía ridícula, y se vio obligada a reconocer que tal vez se hubiera precipitado al considerar al rico noble como un posible ladrón. Descartando los sentimientos cada vez más cálidos que le inspiraba, debía buscar un motivo. El hombre parecía tenerlo todo, entonces, ¿para qué querría el collar de lady Culpepper? Aunque aún desconocía cómo se justificaba la presencia de Ashdowne en Bath, culparlo del hurto parecía tan absurdo como había afirmado Jeffries.

Alzó la pluma y se aprestó a tachar su nombre de la lista, pero titubeó. Una vez más algo le agitó la memoria, justo fuera de su alcance. ¿Qué? Dejó la pluma y se concentró. Había algo en el robo que no veía, algo importante… pero tras una ardua concentración no logró encontrar nada que ya no supiera.

“Debe ser el vicario”, reflexionó exasperada. Desenmascararlo resultaría más difícil, pues carecía de pruebas aparte del motivo y la oportunidad. Pero ese era su gran reto, y no pensaba desperdiciarlo por culpa de la vanidad de un lord con incipiente calvicie.

No obstante, quizá necesitara ayuda.

En cuanto decidió quedarse un poco más en Bath, Ashdowne aguardó con impaciencia los días que le esperaban. Se hallaba ocupado con unos despachos familiares en el estudio, sin tocar los sándwiches que le había dejado Fi

– Hmm, milord, ha venido a verlo una dama -anunció.

Ashdowne alzó la vista sorprendido. Incluso en una ciudad tan igualitaria como Bath, las mujeres ni iban a visitar a los caballeros salvo que estuvieran emparentados, y a él no le quedaba más familia que la viuda de su hermano.

– ¡No me digas que ha venido A

– No creerá que sería capaz de hacer acopio de tanto valor como para emprender semejante viaje sola, ¿verdad? -bufó Fi

– No -aceptó. A