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– Estoy segura de que a Ashdowne no le importa, siendo él mismo hijo menor y teniéndose que ganar la vida… de la mejor manera que ha podido -intervino Georgiana-. A menos, desde luego, que a usted le moleste -añadió, mirando a A
– No -repuso-. Verá, estoy muy orgullosa de él.
La suave pero firme afirmación de una mujer que reconocía su propia timidez sorprendió a Georgiana, como si A
Quizá había sido una remilgada santurrona al emitir un juicio sobre los actos de Ashdowne, cuando en lo más hondo de su ser sentía una renuente admiración por su inteligencia, habilidad e intrepidez. Se recordó que pocos hombres habrían logrado semejantes proezas.
– Y va a pagar mi deuda -murmuró A
– En serio, A
– No. La pérdida se debió a mi propia necedad, y no te haré responsable de ella. El querido señor Dawson dice que es lo menos que puede hacer, ya que mi visita a Londres me introdujo en su vida.
– Muy bien -Ashdowne miró a Georgiana de reojo.
Ella sospechó que quería hablar en privado. ¿Habría devuelto ya el collar? Si no, podría hacerlo sin siquiera perder el dinero.
– ¡Georgi! -la voz atronadora de su padre provocó que Georgiana hiciera una mueca-. ¡Lord Ashdowne! O le hemos visto desde el regreso de Georgie. Pensé que nos había abandonado -le guiñó un ojo de un modo que encendió en su hija el deseo de huir.
Por desgracia no había escapatoria, ya que detrás de él estaba su madre, seguida de sus hermanas, mientras A
Georgiana se preguntaba cómo podría empeorar la mañana cuando vio a Jeffries avanzar hacia ellos con expresión sombría. “¿Y ahora qué?”, se preguntó, mirando fijamente a Ashdowne. Sus ojos azules emitieron una advertencia antes de adoptar una expresión de noble indiferente y ecuánime. Por su bien, ella intentó mantener la calma. Sin embargo, sabía que él no era consciente de que le había dado su nombre como sospechoso al detective de Bow Street, y probablemente ese no era buen momento para revelárselo.
– Milord, señorita Bellewether, señoras -saludó Jeffries con una inclinación de cabeza, aunque con gesto demasiado lóbrego.
Ashdowne podía ser un delincuente, pero jamás iría ala horca. Jamás. Aunque el dolor de sus mentiras persistía, la explicación que le había dado el día anterior la había afectado, y por la noche… su cuerpo aún hormigueaba con el recuerdo de su contacto, de unas caricias que, incluso en su inocencia, percibía que habían sido algo más que una estratagema.
Él tenía razón; el pasado se había terminado, era hora de mirar al futuro. Y en ese momento Georgiana supo que sin importar lo que hubiera hecho, todavía lo amaba, y cada experiencia que lo había convertido en el hombre que era en ese momento contribuía a dicho amor.
– ¿Podría mantener unas palabras con usted en privado, milord? -le preguntó Jeffries a Ashdowne con tono ominoso.
– Como puede ver, en este momento estoy ocupado -replicó el marqués.
– Me temo que no puede esperar, milord -insistió el detective.
– Bien, entonces, diga lo que desee -indicó Ashdowne-. Estoy seguro de que no tengo secretos para mis acompañantes, en particular la adorable señorita Bellewether.
– Muy bien -Jeffries pareció infeliz-. Se han planteado algunas cuestiones, milord. Y, bueno, parece que debo preguntarle dónde estaba exactamente durante el robo.
Georgiana se mostró sorprendida. ¿Por qué el detective de Bow Street centraba de repente su atención en Ashdowne, cuando en el pasado lo había descartado? Las personas que los rodeaban se quedaron boquiabiertas y Georgiana miró horrorizada a Ashdowne, pero él no mostró alarma alguna, solo una dosis de diversión arrogante.
– De verdad, Jeffries, ¿es que no tiene nada mejor que hacer con su tiempo? -enarcó una ceja.
– Le pido disculpas, milord, pero se me ha hecho ver que usted fue uno de los pocos caballeros que asistió a la fiesta cuyo paradero no puedo justificar. De modo que si es tan amable de informarme de ello, me marcharé.
– Bien, si es necesario que lo sepa, me encontraba en el jardín disfrutando del aire nocturno -indicó Ashdowne con displicencia.
La expresión de Jeffries se endureció.
– ¿Hay alguien que pueda verificarlo, milord?
– Sí, desde luego -Ashdowne esbozó una leve sonrisa.
– ¿Y de quien se trata?
El marqués miró al detective con expresión ofendida.
– No puede esperar que se lo diga, Jeffries, pues de por medio hay una dama, y me considero un caballero, a pesar de nuestra visita al jardín.
Georgiana fue consciente de la risotada de su padre, seguida de las risitas nerviosas de sus hermanas, mientras a su lado A
Y antes de que hubiera formado la idea en su mente, intervino:
– Todo esto es realmente i
Todos los ojos se clavaron en ella, y Georgiana oyó el jadeo horrorizado de su madre cuando la pobre se desmayó en brazos de su padre. Sus hermanas rieron entre dientes. A
“Bueno, que se lo pregunte”, pensó, ya que nadie podía cuestionar su afirmación, salvo Ashdowne, y él… lo miró temerosa por un momento de que pudiera hacerlo, pero al encontrarse con sus ojos todos los temores la abandonaron. La observaba con asombro, y algo más que inflamó el corazón de Georgiana.
– No le considero un caballero por haber obligado a hablar a mi novia, pero espero que haya quedado satisfecho -dijo Ashdowne.
– Sí, desde luego, milord -musitó el investigador-. Mis disculpas, y felicidades -añadió con una sonrisa.
– Gracias. Bueno, veo que mi secreto ya no está a salvo -contempló a Georgiana con ternura. Le tomó la mano enguantada y luego giró la vista hacia sus padres. La angustiada madre de ella, abanicada por sus hijas, aún era sostenida por un desconcertado padre-. Me temo que la situación nos ha obligado a revelar nuestros planes antes de lo que queríamos, y me disculpo por no haber hablado con usted de la cuestión, señor Bellewether, pero aceptaré sus mejores deseos para mi inminente boda -levantó la mano de Georgiana y dio media vuelta, alzando la voz por encima de los murmullos de la multitud-. La señorita Bellewether y yo nos vamos a casar.
Su madre, que acababa de ser revivida por Eustacia y Araminta, volvió a desmayarse, mientras sus hermanas quedaban boquiabiertas y A