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– A pesar de que logré pagar la deuda, me temo que esta no me gustó, en particular por el hecho de que esa mujer se cebaba en jóvenes inocentes. Me sentí responsable de la desgracia de A
– ¿Y por qué no pudiste recuperar el dinero a las cartas?
Ashdowne rió por su ingenuidad.
– Lady Culpepper sabe que no debe aceptar un desafío de mí -explicó-. Elige cuidadosamente a sus víctimas y aunque consiguiera entrar en una partida con ella, no tardaría en retirarse.
– ¿Qué pensó tu cuñada de tu venganza? -preguntó, provocándole otra carcajada.
– ¡A
– No obstante, eso no justifica que robes -afirmó Georgiana.
– Solo a los muy ricos y a los muy arrogantes, que se lo pueden permitir -arguyó Ashdowne.
Pero la había perdido. Pudo verlo en la expresión de sus bellos ojos azules cuando lo miró, no con asombro, sino con censura.
– Tus escrúpulos son muy distintos de los míos.
– La variedad es lo que hace que la vida sea interesante -indicó él, pero al verla mover la cabeza se sintió frustrado-. ¿Entonces, ¿tu conciencia demasiado activa te hará entregarme al señor Jeffries?
Esa pregunta hizo que todo el valor de Georgiana se desvaneciera, dejándola consternada y desolada.
– No lo sé -murmuró, arrebatándole a Ashdowne su última esperanza.
Él no temía la horca, ya que sospechaba que ni siquiera Georgiana podría convencer a los investigadores de Bow Street de su culpabilidad, mas su indecisión le atravesó las entrañas como una daga. ¿cómo podía siquiera pensarlo? ¿Lo despreciaba tanto que anhelaba su muerte?
– ¿Por qué Georgiana? -preguntó con furia contenida-. El Gato es algo pasado.
– Te equivocas -musitó ella. Se puso de pie y cruzó los brazos-. Lo estoy mirando.
Dio media vuelta y huyó, y Ashdowne no intentó seguirla, pues la a menudo ininteligible Georgiana había expuesto su deseo con claridad.
Ashdowne regresó a Camden Place, donde se cambió para la noche y escoltó a su cuñada a uno de los bailes más provincianos de Bath. A
Durante las interminables horas que siguieron, pensó en marcharse de la ciudad. Georgiana había pisoteado su orgullo y lo que quedaba lo instaba a regresar a la Mansión Ashdowne, tomar las riendas de su vida y eliminarla para siempre de sus pensamientos. Pero rara vez le daba la espalda a un desafío.
A pesar de todo lo sucedido, ¿podría recuperarla? Y lo que era más importante, ¿lo deseaba? Nunca antes había sentido la tentación de casarse, pero en ese momento tanto su corazón como su cuerpo clamaban que la hiciera suya. Para siempre.
Bueno, eso aclaraba las cosas. Sin embargo, la cuestión era si ella lo aceptaría. Le había mentido desde el principio, la había usado antes de caer por completo bajo sus encantos, aunque sabía que nada de eso pesaba tanto en ella como una cosa: era un ladrón.
Durante la larga noche dispuso de tiempo abundante para justificar ante sí mismo su conducta pasada, pero le fue imposible encontrar una explicación que agradara a Georgiana.
Mucho después de regresar a casa y despedir a Fi
La frustración ardió en él como los fuegos del infierno, ya que siempre había conseguido las cosas con facilidad. A diferencia de otros hijos menores, jamás había blandido la espada ni el libro para ganarse la vida. Había sobrevivido gracias a su encanto y a su inteligencia, llamándolo trabajo, pero todo había sido un juego, avivado por su arrogancia.
Su vida como El Gato había sido más que una aventura, un modo de demostrar, al menos ante sí mismo, que era tan bueno como su hermano. Mejor incluso, ya que había alcanzado el éxito sin un título ni la herencia de los Ashdowne. No obstante, su familia jamás había conocido sus logros, y al final no había logrdo ganarse su respeto o afecto.
Y en ese momento, en que disponía del título, de la riqueza y de la herencia, ¿para qué le servían? Su existencia parecía vacía, sin objetivos y… solitaria. Sí, tenía amigos y conocidos, pero nadie salvo Fi
Georgiana.
Dejó la copa y de pronto supo lo que tenía que hacer. En realidad era una insignificancia, pero un paso en la dirección adecuada, o al menos eso era lo que diría Georgiana. El pensamiento le dio esperanzas; se puso de pie y titubeó. Por desgracia, en ese momento no podía intentar nada, ya que tenía el cerebro embotado por las largas horas de beber y dolorosa introspección.
Frunció el ceño, impaciente, antes de darse cuenta con una sonrisa de que había algo que podía hacer.