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Ella movió la cabeza. ¿Había intentado tirarla del puente o simplemente la amenazaba con esa posibilidad? Como un animal arrinconado, tuvo que contener el impulso de exponer sus teorías y disculparse antes de huir para salvar la vida.
Cuando pudo mirar a su acompañante se dio cuenta de que él se hallaba tan agitado como ella, si no más. Por una vez, el rico y poderoso Savonierre parecía haber perdido la compostura. Tenía el rostro tan blanco como un papel y respiraba de forma entrecortada.
– Me temo que ha descubierto mi debilidad -manifestó mientras se recuperaba, exhibiendo de nuevo una expresión de frío distanciamiento-. No me gustan las alturas -volvió a apoyar la mano de ella en su brazo y los condujo al otro lado del río.
Georgiana marchó con la mente hecha un lío. ¿El Gato temeroso de las alturas? ¡Eso era imposible! ¡Se le conocía por su osadía y agilidad! Georgiana quiso discutir con él, y los sentimientos encontrados que experimentaba debieron reflejarse en su expresión, pues Savonierre centró su atención en ella con mirada ominosa.
– Confío en poder contar con su discreción en este asunto -pidió con voz sedosa y amenazadora-. Odiaría tener que emprender alguna acción contra una dama tan hermosa.
Ella asintió aturdida, sin saber si creer en su confesión. Savonierre era lo bastante inteligente como para urdir una falsedad con el fin de despistarla, pero eso significaría que sabía que ella estaba al corriente de su identidad. ¿Cómo podía ser? Deseó que Ashdowne no se hubiera comportado de forma tan extraña, ya que le vendría bien su ayuda.
El pensamiento hizo que se sintiera horrorizada, ya que si de verdad Savonierre le tenía miedo a las alturas, entonces en su lista de sospechosos solo quedaba un hombre: Ashdowne.