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ESCENA VIII
Cesonia (con indiferencia). Calígula está enfermo del estómago. Ha vomitado sangre.
Los Patricios la rodean.
Segundo patricio. Oh, dioses todopoderosos; si se restablece, prometo entregar 200.000 sestercios al Tesoro del Estado.
Tercer patricio (exagerando). Júpiter, toma mi vida a cambio de la suya.
Calígula ha entrado hace un momento. Escucha.
Calígula (avanzando hacia el Segundo Patricio). Acepto tu ofrenda, Lucio. Te lo agradezco. Mi tesorero se presentará mañana en tu casa. (Se acerca al Tercer Patricio y lo besa.) No puedes imaginarte qué conmovido estoy. (Pausa; luego tiernamente.) ¿Así que me quieres?
Tercer patricio (emocionado). César, no hay nada que por ti no entregara inmediatamente.
Calígula (besándolo de nuevo). Ah, esto es demasiado, Casio. No merezco tanto amor. (Casiohace ademán de protesta.) No, no, te digo que no. Soy indigno de él. (Llama a los Guardias.) Llevadlo. (A Casio, dulcemente.) Anda, amigo. Y recuerda que Calígula te ha entregado el corazón.
Tercer patricio (vagamente inquieto). ¿Pero adonde me llevan?
Calígula. A la muerte, hombre. Has dado tu vida por la mía. Ya me siento mejor. Ni siquiera tengo ese horrible gusto a sangre en la boca. Me has curado. ¿Estás contento, Casio, de poder dar tu vida por otro, cuando ese otro se llama Calígula? Ya estoy de nuevo dispuesto a todas las fiestas. Se llevan a Casio, que resiste y grita.
Tercer patricio. No quiero. Esto es una broma.
Calígula (soñador entre los gritos). Los caminos que bordean el mar pronto estarán cubiertos de mimosas. Las mujeres llevarán vestidos de telas livianas. ¡Un gran cielo fresco y resplandeciente, Casio! ¡Las sonrisas de la vida!
Casio está a punto de salir. Cesonia lo empuja suavemente.
Calígula (volviéndose, súbitamente serio). Amigo mío, si hubieras querido bastante a la vida, no la habrías jugado con tanta imprudencia.
Se llevan a Casio.
Calígula (volviendo hacia la mesa). Y el que ha perdido, debe pagar siempre. (Una pausa.) Ven, Cesonia. (Se vuelve hacia los otros.) A propósito, se me ha ocurrido un hermoso pensamiento que quiero compartir con vosotros. Hasta ahora mi reinado ha sido demasiado feliz. Ni peste universal, ni religión cruel, ni siquiera un golpe de Estado; en una palabra, nada que pueda haceros pasar a la posteridad. En parte por eso, sabéis, trato de compensar la prudencia del destino. Quiero decir… no sé si me habéis comprendido (con una risita.), en fin, yo reemplazo a la peste. (Cambiando de tono.) Pero callad. Aquí está Quereas. Te toca a ti, Cesonia. (Sale. Entran Quereas y el Primer Patricio).