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Requerí un enorme esfuerzo para organizar mis ideas y mis sensaciones. Finalmente mascullé algún saludo. Don Genaro hizo una reverencia.
– Me llamaste, ¿verdad? -preguntó, sonriendo.
Murmurando, expresé mi asombro por haberlo hallado allí.
– Sí te llamó -interpuso don Juan.
– Bueno, pues aquí estoy -me dijo don Genaro- ¿En qué te puedo servir?
Poco a poco, mi mente pareció organizarse y finalmente tuve una comprensión súbita. Mis ideas se hicieron claras como el cristal y "supe" lo que en verdad había ocurrido. Deduje que don Genaro estaba de visita con don Juan, y que, al oír acercarse mi coche, se metió en el matorral y permaneció escondido hasta caer la noche. La evidénciate me parecía convincente. Don Juan, que sin duda había planeado todo el asunto, me dio pistas de tiempo en tiempo, guiando así su desarrollo. En el momento adecuado, don Genaro me hizo notar su presencia, y cuando don Juan y yo volvíamos a la casa, nos siguió de la manera más obvia con el fin de despertar mi temor. Luego esperó en el chaparral, produciendo el extraño sonido cada vez que don Juan se lo indicaba. La seña final de abandonar el refugio de las matas debió darse cuando mis ojos estaban cerrados, después de que don Juan me pidió "llamar" a don Genaro. Entonces don Genaro debió llegarse hasta la ramada para esperar que yo abriera los ojos y darme un susto final.
Las únicas incongruencias en mi esquema de explicación lógica eran que yo había visto, sin lugar a dudas, que el hombre oculto entre las matas se convertía en pájaro, y que al visualizar a don Genaro por vez primera, lo vi como una imagen en una burbuja dorada. En mi visión llevaba exactamente las mismas ropas que en persona. Como yo no tenía ninguna manera lógica de explicar dichas incongruencias, asumí, como siempre he hecho en circunstancias similares, que la tensión emocional debía haber jugado un papel importante en determinar lo que yo "creí ver".
Eché a reír, en forma totalmente involuntaria, ante la idea de la absurda treta. Les hablé de mis deducciones. Ellos rieron a mandíbula batiente. Pensé con toda sinceridad que su risa los delataba.
– Estaba usted escondido en las matas, ¿verdad? -pregunté a don Genaro.
Don Juan tomó asiento y puso la cabeza entre las manos.
– No, no estaba escondido -dijo don Genaro con paciencia-. Estaba lejos de aquí y entonces me llamaste, así que vine a verte.
– ¿Dónde estaba usted, don Genaro?
– Lejos.
– ¿Qué tan lejos?
Don Juan me interrumpió y dijo que don Genaro había venido como un acto de deferencia hacia mí, y que yo no podía preguntarle dónde había estado, porque no había estado en parte alguna.
Don Genaro salió en mi defensa y dijo que estaba bien preguntarle cualquier cosa.
– Si no andaba escondido cerca de la casa, ¿dónde estaba usted, don Genaro? -pregunté.
– Estaba en mi casa -repuso con gran candor.
– ¿En Oaxaca?
– ¡Sí! Es la única casa que tengo.
Se miraron y nuevamente soltaron la risa. Yo sabia que me embromaban, pero decidí no llevar más lejos mis averiguaciones. Pensé que ambos debían haber tenido una razón para ponerse a montar un espectáculo tan complicado. Tomé asiento.
Me sentía verdaderamente cortado en dos; cierta parte de mi ser no se sobresaltaba en absoluto y podía aceptar en su valor aparente cualquier reto de don Juan o don Genaro. Pero había otra parte que se negaba de plano; era mi parte más fuerte. Mi evaluación consciente era que yo había aceptado la descripción mágica del mundo, dada por don Juan, sólo en términos intelectuales, mientras mi cuerpo como entidad completa la rechazaba; de ahí mi dilema. Sin embargo, en el curso de los años que tenía de tratar a don Juan y a don Genaro, yo había experimentado fenómenos extraordinarios, y todos habían sido experiencias corporales, no intelectuales. Esa misma noche yo había ejecutado "la marcha de poder", lo cual, desde la perspectiva de mi intelecto, era una hazaña inconcebible; y más aún, había tenido visiones increíbles sin usar otro medio que mi propia volición.
Les expliqué la naturaleza de mi desconcierto, doloroso y al mismo tiempo sincero.
– Este muchacho es un genio -dijo don Juan a don Genaro, meneando la cabeza con incredulidad.
– Eres un geniete, Carlitos -dijo don Genaro como transmitiendo un mensaje.
Tomaron asiento junto a mí, don Juan a la. derecha y don Genaro a la izquierda. Don Juan observó que pronto sería de mañana. En ese instante oí de nuevo el llamado de la polilla. Se había movido. El sonido venía de la dirección contraria. Miré a uno y a, otro, sosteniendo su mirada. Mi esquema lógico empezó a desintegrarse. El sonido tenía una riqueza y una profundidad hipnotizantes. Luego percibí pasos ahogados, patas suaves que aplastaban los yerbajos secos. El sonido barbotante se acercó y me acurruqué contra don Juan. Secamente, me ordenó "ver” aquello. Hice un esfuerzo supremo, no tanto para complacerlo como para complacerme a mí mismo. Había estado seguro de que don Genaro era la polilla. Pero don Genaro estaba sentado junto a mí; ¿qué había entonces entre las matas? ¿Una polilla?
El barbotar resonaba en mis oídos. Yo no podía parar por entero mi diálogo interno. Oía el sonido, pero no podía sentirlo en el cuerpo, como antes. Percibí pasos definidos. Algo se deslizaba en la oscuridad. Hubo un fuerte crujido, como si una rama se partiera en dos, y de pronto me aferró un recuerdo aterrorizante. Años atrás, había pasado una noche tremenda en el yermo, y algo me hostigó: algo muy ligero y suave que pisó mi cuello repetidas veces mientras yo yacía agazapado. Don Juan había explicado el evento como un encuentro con "el aliado", una fuerza misteriosa que el brujo aprendía a percibir como entidad.
Me incliné hacia don Juan y susurré mi recuerdo. Don Genaro se nos acercó caminando a gatas.
– ¿Qué dijo? -pregunté a don Juan en un susurro.
– Dijo que allí anda un aliado -repuso don Juan en voz baja.
Don Genaro regresó gateando a su sitio y se sentó. Luego se volvió hacia mí y susurró en voz baja:
– Eres un genio.
Rieron calladamente. Don Genaro señaló el matorral con un movimiento de barbilla.
– Anda allá afuera y agárralo -dijo-. Desnúdate y métele un buen susto a ese aliado.
Se sacudieron de risa. Mientras tanto, el sonido había cesado. Don Juan me ordenó detener mis pensamientos pero conservar los ojos abiertos, enfocados en el borde del chaparral frente a mí. Dijo que la polilla había cambiado de posición porque don Genaro estaba allí, y que, si se me iba a manifestar, elegiría llegar por tal punto.
Tras luchar un momento por aquietar mis ideas, percibí otra vez el sonido. Su textura era más rica que nunca. Primero oí los pasos apagados sobre ramas secas y luego los sentí en mi cuerpo. En ese instante discerní una masa oscura directamente frente a ml, al filo de las matas.
Sentí que me sacudían. Abrí los ojos. Don Juan y don Genaro se erguían a mi lado y yo estaba de rodillas, como si me hubiera dormido agazapado. Don Juan me dio agua y volví a sentarme con la espalda contra la pared.
Poco rato después vino la aurora. El chaparral pareció despertar. El frío matinal era terso y vigorizante.
La polilla no había sido don Genaro. Mi estructura racional se cata a pedazos. No quería hacer más preguntas, ni quería tampoco permanecer en silencio. Finalmente tuve que hablar.
– Pero si estaba usted en las sierras de Oaxaca, don Genaro, ¿cómo llegó aquí? -pregunté.
Don Genaro hizo con la boca gestos absurdos e hilarantes.
– Lo siento -dijo-, mi boca no quiere hablar. Luego se volvió hacia don Juan y dijo, sonriendo:
– ¿Por qué no le dices tú?
Don Juan titubeó. Luego dijo que don Genaro, como consumado artista de la brujería, era capaz de hechos prodigiosos.
El pecho de don Genaro se hinchó como si las palabras de don Juan lo inflaran. Parecía haber inhalado tanto aire que su pecho se miraba el doble del tamaño normal. Daba la impresión de hallarse a punto de flotar. Saltó por los aires. Me pareció como si el aire dentro de sus pulmones lo hubiera forzado a saltar. Caminó de un lado a otro sobre el piso de tierra hasta que, aparentemente, logró adquirir control sobre su pecho; le dio de palmadas y, con gran fuerza, pasó las palmas de las manos desde los músculos pectorales hasta el estómago, como si desinflara la cámara de una llanta. Finalmente tomó asiento.
Don Juan sonreía. Un gran deleite brillaba en sus ojos.
– Escribe tus notas -me ordenó suavemente-.!Escribe, escribe, o te mueres¡
Luego comentó que ya ni siquiera don Genaro sentía que mi hábito de tomar notas fuera tan extravagante.
– ¡Cierto! -replicó don Genaro-. He estado pensando en ponerme a escribir yo también.
– Genaro es un hombre de conocimiento -dijo don Juan con sequedad-. Y siendo un hombre de conocimiento, es perfectamente capaz de trasladarse a. grandes distancias.
Me recordó que una vez, años antes, los tres estábamos en las montañas y don Genaro, en un esfuerzo por ayudarme a superar mi estúpida razón, dio un calco prodigioso hasta la cumbre de la Sierra, a quince kilómetros de distancia. El incidente figuraba en mi memoria, pero también el hecho de que yo ni siquiera pude concebir que don Genaro hubiera saltado.
Don Juan añadió que don Genaro era en ocasiones capaz de realizar hazañas extraordinarias.
– A veces Genaro no es Genaro sino su doble -dijo.
Lo repitió tres o cuatro veces. Luego ambos me observaron, como esperando mi reacción inminente.
Yo no había entendido lo de "su doble". Don Juan nunca había mencionado eso antes. Pedí una aclaración.
– Hay otro Genaro -explicó.
Los tres nos miramos. Me puse muy aprensivo. Con un movimiento de los ojos, don Juan me instó a seguir hablando.
– ¿Tiene usted un hermano gemelo? -pregunté, volviéndome a don Genaro.
– Claro que sí -dijo-. Tengo un cuate.
No pude determinar si me estaban jugando una broma o no. Ambos rieron con el abandono de niños traviesos.
– Puedes decir -prosiguió don Juan- que en este momento Genaro es su cuate.
Esa aseveración hizo que ambos se tiraran al suelo entre risas. Pero yo no podía disfrutar su regocijo. Mi cuerpo se estremeció involuntariamente.
Don Juan dijo, en tono severo, que yo estaba demasiado pesado y engreído.
– ¡Déjate ir! -me ordenó con sequedad-. Ya sabes que Genaro es un brujo y un guerrero impecable. Por eso es capaz de realizar hechos que serían inconcebibles para el hombre común. Su doble, el otro Genaro, es uno de esos hechos.
Quedé sin habla. No podía concebir que simplemente estuvieran burlándose de mí.
– Para un guerrero como Genaro -continuó-, producir al otro no es una cosa tan asombrosa.
Tras meditar largo rato qué decir, pregunté:
– ¿Es el otro como uno mismo?
– El otro es uno mismo -replicó don Juan.
Su explicación había tomado un giro increíble, y sin embargo no era, en realidad, más increíble que todos los demás hechos de ambos.
– ¿De qué está hecho el otro? -pregunté a don Juan tras algunos minutos de indecisión.
– No hay forma de saberlo -dijo.
– ¿Es real, o sólo una ilusión?
– Claro que es real.
– ¿Sería entonces posible decir que está hecho de carne y hueso? -pregunté.
– No. No sería posible -respondió don Genaro.