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Me hallaba envuelto en tales deliberaciones cuando el mismo extraño golpeteo dispersó mis pensamientos con una sacudida. Don Juan sonrió y luego empezó a reír por lo bajo.

– Te gusta la humildad del pordiosero -dijo suavemente-. Agachas la cabeza ante la razón.

– Siempre pienso que me están engañando -dije-. Ése es el punto de mi problema.

– Tienes razón. Te están engañando -repuso con una sonrisa encantadora-. Eso no puede ser tu problema. El verdadero punto del asunto es que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es así?

– Sí. Algo en mi no me permite creer que lo que está ocurriendo sea real.

– Otra vez tienes razón. Nada de lo que está ocurriendo es real.

– ¿Qué quiere usted decir, don Juan?

– Las cosas son reales sólo cuando uno ha aprendido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie podría este, de acuerdo contigo en ese respecto.

– ¿Quiere decir que usted no vio lo que ocurría?

– Claro que sí. Pero yo no cuento. Yo soy el que te está mintiendo, ¿recuerdas?

Don Juan rió hasta toser y atragantarse. Su risa era amistosa aunque se burlaba de mí.

– No le des tanta importancia a mis palabras -dijo, confortante-. Sólo trato de que descanses, y sé que te sientes a tus anchas sólo cuando estás confundido.

Su expresión era tan deliberadamente cómica que ambos reímos. Le dije que lo que acababa de decir me hacía sentir más atemorizado que nunca.

– ¿Me tienes miedo? -preguntó.

– No a usted, sino a lo que usted representa.

– Represento la libertad del guerrero. ¿Tienes miedo de eso?

– No. Pero tengo miedo de su conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada.

– Otra vez confundes las cosas. Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner jamás en duda su valor. Como podrás ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.

– ¿Quiénes son los brujos malignos, don Juan?

– Todos nuestros prójimos son los brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, también tú eres un brujo maligno. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones están fijadas para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La libertad es muy cara, pero el precio no es imposible.

Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.

Supe que tenía razón, y sin embargo, pese a mi genuina concordancia con él, supe también que los hábitos de toda mi vida me harían, inevitablemente, ceñirme a mi vieja senda. Me sentí en verdad un esclavo.

Tras un largo silencio, don Juan me preguntó si tenía fuerza suficiente para otro encuentro con el conocimiento.

– ¿O sea, con la polilla? -pregunté, medio en broma.

Su cuerpo se contorsionó de risa. Fue como si yo le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.

– ¿Qué quiere usted decir realmente con eso de que el conocimiento es una polilla? -pregunté.

– Eso es lo único que quiero decir -replicó-. Una polilla es una polilla. Pensé que a estas alturas, con todo lo que has aprendido y logrado, tendrías poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver, tu mirada se fijó en un hombre, y eso no fue ver de verdad.

Desde el principio de mi aprendizaje, don Juan había descrito el concepto de "ver" como una capacidad especial que podía cultivarse y que permitía percibir la naturaleza "última" de las cosas.

A través de los años de nuestra relación, yo había desarrollado la idea de que con "ver" él se refería a una percepción intuitiva de las cosas, o a la capacidad de comprender algo de una sola vez, o quizás al don de penetrar las interacciones humanas y descubrir significados y motivos encubiertos.

– Yo diría que esta noche, cuando enfrentaste a la polilla, medio mirabas y medio veías -prosiguió don Juan-. En ese estado, aunque no eras del todo lo que eres de costumbre, fuiste capaz de darte cuenta de lo que estaba pasando, a fin de hacer operar tu conocimiento del mundo.

Don Juan hizo una pausa y me miró. Al principió no supe qué decir.

– ¿Cómo estaba yo operando mi conocimiento del mundo? -pregunté.

– Tu conocimiento del mundo te decía que en los matorrales uno solamente puede hallar animales rondando u hombres escondidos detrás del follaje. Te aferrabas á ese pensamiento y, naturalmente, tuviste que hallar modos de hacer que el mundo se ajustara a tu pensamiento.

– Pero yo, no pensaba en absoluto, don Juan.

– Entonces no digamos que pensabas. Es más bien el hábito de hacer que el mundo se ajuste siempre a nuestros pensamientos. Cuando no se ajusta, simplemente lo forzamos a hacerlo. Las polillas del tamaño de un hombre no pueden ser ni siquiera un pensamiento, por lo tanto, para ti, lo que había en el matorral tenía que ser un hombre.

"Lo mismo pasó con el coyote. Tus viejos hábitos decidieron también la naturaleza de aquel encuentro. Algo tuvo lugar entre el coyote y tú, pero no fue conversación. Yo mismo he estado en ese jaleo. Ya te conté que una vez hablé con un venado; tú hablaste con un coyote, pero ni tú ni yo sabremos jamás qué fue lo que realmente ocurrió en esas ocasiones."

– ¿Qué me está usted diciendo, don Juan?

– Cuando la explicación de los brujos se me hizo clara, ya era demasiado tarde para saber qué me hizo el venado. Dije que hablamos, pero no fue así. Decir que tuvimos una conversación es sólo una forma de arreglar lo que pasó para así poder hablar de ello. El venado y yo hicimos algo, pero en el momento en que eso ocurría yo también necesitaba ajustar el mundo a mis ideas, igual que tú. Yo he hablado toda mi vida, igual que tú, por lo tanto mis hábitos se impusieron y se extendieron aún al venado. Cuando el venado se me acercó e hizo lo que hizo, me vi forzado a entenderlo como conversación.

– ¿Es ésta la explicación de los brujos?

– No. Es la explicación que yo te doy. Pero no se opone a la explicación de los brujos.

Sus aseveraciones me produjeron un estado de gran agitación intelectual. Durante un rato olvidé la mariposa nocturna que rondaba, e incluso tomar notas. Intenté reformular sus postulados y entramos en una larga discusión acerca de la naturaleza reflexiva de nuestro mundo. El mundo, según don Juan, debía ajustarse a su descripción; es decir, la descripción se reflejaba a sí misma.

Otro punto en su elucidación era que habíamos aprendido a relacionarnos con nuestra descripción del mundo en términos de lo que él llamaba -hábitos-. Introduje un término que me parecía más totalizador: intencionalidad, la propiedad de la conciencia humana por medio de la cual un objeto se alude o se propone.

Nuestra conversación engendró una especulación sumamente interesante. Examinada a la luz de la explicación de don Juan, mi "conversación" con el coyote adquiría un nuevo carácter. Yo había; en verdad, no solamente "propuesto" el diálogo, pues nunca he conocido otra avenida de comunicación intencional, sino que también había logrado ajustarme a la descripción de que la comunicación tiene lugar a través del diálogo, y en tal forma hice que la descripción se reflejara a sí misma.

Tuve un momento de gran alborozo. Don Juan rió y dijo que conmoverme a tal grado con las palabras era otro aspecto de mi tontería. Hizo una cómica pantomima de hablar sin sonidos.

– Todos pasamos por los mismos jalones -dijo tras una larga pausa-. La única manera de vencerlos es persistir en actuar como guerrero. El resto viene de sí mismo y por sí mismo.

– ¿Qué es el resto, don Juan?

– El conocimiento y el poder. Los hombres de conocimiento tienen los dos. Y sin embargo, ninguno de ellos podría decir cómo llegó a tenerlos; simplemente que siguieron actuando como guerreros y, en un momento dado, todo cambió.

Me miró. Parecía indeciso, luego se puso en pie y dijo que yo no tenía más recurso que cumplir mi cita con el conocimiento.

Sentí un escalofrío; mi corazón empezó a golpear con rapidez. Me incorporé. Don Juan caminó en torno mío como si examinase mi cuerpo desde todos los ángulos posibles. Me hizo seña de tomar asiento y seguir escribiendo.

– Si te asustas demasiado, no podrás cumplir con tu cita. -dijo-. Un guerrero debe tener serenidad y aplomo, y no debe perder nunca los estribos.

– Estoy verdaderamente asustado -dije-. Polilla o lo que sea, hay algo que ronda allí afuera entre las matas.

– ¡Claro que sí! -exclamó-. Lo que me fastidia de ti es que insistes en pensar que es un hombre, igual que insistes en pensar que hablaste con un coyote.

Cierta parte mía comprendía totalmente su argumento; había, sin embargo, otro aspecto de mi persona que no cedía, y que a pesar de la evidencia se aferraba con firmeza a la "razón".

Dije a don Juan que su explicación no satisfacía mis sentidos, aunque mi acuerdo intelectual con ella era completo.

– Eso es lo malo de las palabras -dijo con gran certidumbre-. Siempre nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero cuando damos la vuelta para encarar al mundo siempre nos fallan y terminamos encarando al mundo como lo hemos hecho siempre, sin iluminación. Por este motivo, a un brujo le precisa actuar más que hablar, y para efectuar eso obtiene una nueva descripción del mundo: una nueva descripción en la cual el hablar no es tan importante y en la cual los actos nuevos tienen nuevas reflexiones.

Tomó asiento junto a mí, me miró a los ojos y me pidió decir en voz alta lo que realmente había "visto" en el matorral.

Me enfrentaba en ese momento a una inconsistencia absorbente. Yo había visto la silueta oscura de un hombre, pero también había visto que dicha silueta se convertía en un pájaro. Había, por tanto, presenciado más de lo que mi razón me permitía considerar posible. Pero en lugar de descartar por entero mi razón, algo en mí había seleccionado partes de mi experiencia, como el tamaño y el contorno general de la silueta oscura, y las enarbolaba como posibilidades razonables, mientras descartaba otras partes, como la transformación de la figura en un pájaro. Y así había llegado a convencerme a mí mismo de haber visto un hombre.

Don Juan rió a carcajadas cuando expuse mi dilema. Dijo que tarde o temprano la explicación de los brujos llegaría a mí rescate y todo estaría entonces perfectamente claro, sin tener que ser razonable 0 irrazonable.

– Mientras tanto, lo único que puedo hacer por ti es garantizarte que eso no era un hombre -añadió.

La mirada de don Juan se hizo decididamente enervante. Mi cuerpo se estremeció en forma involuntaria. Me hacía sentir apenado y nervios.

– Busco marcas en tu cuerpo -explicó-. Tal vez no lo sepas, pero esta noche tuviste todo un combate allá afuera.

– ¿Qué clase de marcas busca usted?

– No son propiamente marcas físicas en tu cuerpo, sino señales, indicios en tus fibras luminosas, zonas de mucho brillo. Somos seres luminosos y todo cuanto somos o sentimos se nota en nuestras fibras. Los seres humanos tienen un brillo que les es peculiar. Ésa es la única manera de distinguirlos de otros seres vivientes luminosos.

"Si hubieras viste esta noche, habrías notado que la figura en las matas no era un ser viviente luminoso."