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– Ésa fue la mejor parte de todo lo ocurrido -dijo-. Podríamos prescindir de los demás, pero ése fue el punto final del día. La regla pide que el benefactor y el maestro hagan ese arreglo final. El más difícil de todos los actos. Tanto el maestro como el benefactor deben ser guerreros impecables antes de intentar siquiera la hazaña de partir a un hombre. Tú no sabes eso, porque todavía está más allá de tu dominio, pero el poder ha sido otra vez benévolo contigo. Genaro es el guerrero más impecable que existe.
– ¿Por qué es el partir a un hombre tan grande hazaña?
– Porque es peligrosa. Podrías haber muerto como un bicho. O, peor todavía, podríamos no haber logrado juntarte de nuevo y te habrías perdido en ese extraño plano de sentimientos.
– ¿Por qué era necesario que ustedes me hicieran eso, don Juan?
– Hay un cierto momento en que el nagual debe susurrar en el oído del aprendiz y partirlo.
– ¿Qué significa eso, don Juan?
– Para ser un tonal común y corriente, un hombre debe tener unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla del tonal. Sin esa unidad el hombre se saldría de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad, pero sin poner en peligro su ser. La meta de un brujo es durar; es decir, no corre riegos i
"El partirte en dos, lo cual ha sido la cosa más peligrosa que has atravesado, fue sencillo y fácil. El nagual te guió con maestría. Créeme, sólo un guerrero impecable puede hacer eso. Me sentí muy bien por ti."
Don Juan me puso una mano en el hombro y experimenté un enorme impulso de llorar.
– Ya estamos llegando al punto en que usted no volverá a verme, ¿verdad? -pregunté.
Riendo, meneó la cabeza.
– Te entregas a tu vicio como un hijo de la… -dijo-. Pero todos lo hacemos. De diferentes modos, eso es todo. A veces yo también me entrego. Mi modo es sentir que te he consentido y debilitado. Sé que Genaro siente lo mismo con respecto a Pablito. Lo consiente como a un niño. Pero así lo dispuso el poder. Genaro da a Pablito todo lo que es capaz de dar, y uno no puede desear que hiciera otra cosa. Uno no puede criticar a un guerrero por hacer cuanto impecablemente puede.
Calló un rato. Yo estaba demasiado nervioso pasa guardar silencio.
– ¿Qué cree usted que me pasaba cuando me sentía chupado por un vacío? -pregunté.
– Te deslizabas -dijo como si tal cosa.
– ¿Por el aire?
– No. Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. En este momento, tú mismo puedes estar de acuerdo con esto. Des veces estuviste en ese limbo y sólo estabas a las puertas del nagual. Me has dicho que todo cuanto encontraste era insólito. Así pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que haga, en la hora del nagual, que nada tiene que ver con la hora del tonal. Las dos cosas no casan.
Mientras don Juan hablaba, sentí un temblor en el cuerpo. Mi quijada descendió y mi boca se abrió involuntariamente. Mis oídos se destaparon y pude escuchar un zumbido o vibración apenas perceptible. Al describir mis sensaciones a don Juan, noté que mis palabras sonaban como si alguien más las pronunciase. Era una sensación compleja, equivalente a oír lo que aún no decía.
Mi oído izquierdo era una fuente de percepciones extraordinaria. Sentí que era más potente y exacto que mi oído derecho. Tenía algo que no había tenido antes. Cuando me volví a encarar a don Juan, que estaba a mi derecha, advertí, en torno a ese oído, un campo de clara percepción auditiva. Era un espacio físico, un campo dentro del cual los sonidos adquirían una fidelidad increíble. Volviendo la cabeza, yo podía barrer el entorno con mi oído.
– El susurro del nagual te hizo eso -dijo don Juan cuando describí mi experiencia sensorial-. Vendrá a ratos y luego se perderá. No le tengas miedo a esto, ni tampoco a ninguna sensación desacostumbrada que tengas de aquí en adelante. Pero sobre todo, no te des a tu vicio ni te obsesiones con esas sensaciones. Sé que tendrás éxito. El momento que escogimos para partirte fue correcto. El poder dispuso todo eso. Ahora lo demás depende de ti. Si tienes poder suficiente, soportarás el gran choque de la partición. Pero si eres incapaz de soportarlo, perecerás. Empezarás a marchitarte, a perder peso; te volverás pálido, distraído, irritable, callado.
– Quizá -dije- si usted me hubiera dicho hace años lo que usted y don Genaro hacían, yo tendría bastante…
Alzó la mano y me impidió terminar.
– Lo que dices no tiene sentido -dijo-. Una vez me dijiste que, de no ser por el hecho de que eres terco y dado a explicaciones racionales, ya serías un brujo hoy en día. Pero ser brujo significa, en tu caso, que debes superar la terquedad y la necesidad de explicaciones racionales, que obstruyen tu camino. Más aún: esas limitaciones son tu camino al poder. No puedes decir que el poder fluiría hacia ti si tu vida fuera diferente.
"Genaro y yo tenemos que actuar igual que tú; dentro de ciertos límites. El poder dispone esos límites y un guerrero es, digamos, un prisionero del poder; un prisionero que puede hacer una decisión: la decisión de actuar como un guerrero impecable, o actuar como un asno. A fin de cuentas, quizás el guerrero no sea un prisionero sino un esclavo del poder, porque la decisión ya no es una decisión para él. Genaro no puede actuar en ninguna otra forma más que impecablemente. Actuar como un asno lo agota ría y lo llevaría a la tumba.
"La razón por la que tienes miedo de Genaro, es porque él debe usar la avenida del susto para encoger tu tonal. Tu cuerpo sabe eso, aunque tal vez tu razón lo ignore, y por esto tu cuerpo quiere salir corriendo cada vez que Genaro anda cerca."
Mencioné que tenía curiosidad por saber si don Genaro se proponía deliberadamente asustarme. Don Juan dijo que el nagual hacía cosas extrañas, cosas que no podían preverse. Puso como ejemplo lo que había ocurrido entre nosotros esa mañana, cuando él me impidió voltear a la izquierda para mirar a don Genaro en el árbol. Dijo que se dio cuenta de lo que su nagual había hecho, aunque no tenía manera de saberlo por adelantado. Su explicación del asunto fue que mi súbito movimiento hacia la izquierda era un paso en dirección de mi muerte, un acto suicida que mi tonal realizaba a propósito. Ese movimiento agitó el nagual de don Juan, con el resultado de que una parte suya cayó encima de mí.
Hice un gesto involuntario de perplejidad.
– Tu razón te está diciendo otra vez que eres inmortal -dijo.
– ¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan?
– Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y desconciertos y temores. Un guerrero, en cambio, no puede aferrarse a los significados que se hacen bajo las órdenes del tonal, porque el guerrero sabe con certeza que la totalidad de sí mismo tiene sólo un poquito de tiempo sobre esta tierra.
Quise presentar un argumento serio. Mis temores, mis dudas, mi desconcierto, no se daban en un nivel consciente y, por mucho que intentara controlarlos, me sentía desamparado cada vez que me enfrentaba con don Juan y don Genaro.
– Un guerrero no puede sentirse desamparado -dijo él-. Ni desconcertado ni asustado, bajo ninguna circunstancia. Para un guerrero, sólo hay tiempo para su impecabilidad; todo lo demás agota su poder, la impecabilidad lo renueva.
– Volvamos a mi vieja pregunta, don Juan. ¿Qué es la impecabilidad?
– Sí, volvemos a tu vieja pregunta y por supuesto volvemos a mi vieja respuesta: "La impecabilidad es hacer lo mejor que puedas en lo que fuese."
– Pero, don Juan, yo me refiero a que siempre tengo la impresión de estar haciendo lo mejor que puedo, cuando por lo visto no lo hago.
– No es tan complicado como lo haces parecer. La clave de todos estos asuntos de impecabilidad es el sentido de tener o no tener tiempo. Por regla general, cuando te sientes y actúas como un ser inmortal que tiene todo el tiempo del mundo, no eres impecable; en esos momentos debes volverte, mirar alrededor tuyo, y entonces te darás cuenta de que tu sentimiento de tener tiempo es una idiotez. ¡No hay sobrevivientes en esta tierra!