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EL DÍA DEL TONAL
Al salir del restaurante, dije a don Juan que había tenido razón en advertirme acerca de la dificultad del tema, y que mi destreza intelectual no servía para captar sus conceptos y explicaciones. Sugerí que tal vez, si fuera yo a mi hotel a leer mis notas, mejoraría mi comprensión del asunto. Trató de tranquilizarme; dijo que me estaba preocupando por palabras. Mientras hablaba, experimenté un escalofrío, y por un instante sentí que, en verdad, había otra zona dentro de mí.
Mencioné a. don Juan mis inexplicables sensaciones. Su curiosidad pareció despertarse. Le dije que había tenido antes dichas sensaciones, y que parecían ser lapsos momentáneos, interrupciones en mi flujo de conciencia. Siempre se manifestaban como una sacudida en mi cuerpo, seguida por la impresión de hallarme suspendido en algo.
Nos dirigimos al centro, caminando pausadamente. Don Juan me pidió relatar todos los detalles de mis lapsos. Me resultaba muy difícil describirlos, más allá de llamarlos momentos de olvido, o distracción, o de no fijarme en lo que hacía.
Con toda paciencia me contradijo. Señaló que yo era una persona exigente, tenía una buena memoria y era muy cuidadoso en mis acciones. En un principio se me había ocurrido que aquellos lapsos peculiares se asociaban con la cesación del diálogo interno, pero también los experimentaba cuando había hablado extensamente conmigo mismo. Parecían brotar de una zona independiente de todo cuanto yo conocía.
Don Juan me dio palmadas en la espalda. Sonrió con deleite visible.
– Por fin empiezas a establecer relaciones reales -dijo.
Le pedí explicar la críptica frase, pero él detuvo abruptamente nuestra conversación y me hizo seña de seguirlo al atrio de una iglesia.
– ,Este es el final de nuestro viaje al centro -dijo, y tomó asiento en una banca-. Aquí tenemos un sitio ideal para observar a la gente. Unos pasan por la calle y otros vienen a la iglesia. Desde aquí podemos verlos a todos.
Señaló una ancha calle de comercios y el sendero de grava que llevaba a los escalones de la iglesia. Nuestra banca estaba a medio camino entre el templo y la calle.
Vista es mi banca favorita -dijo, acariciando la madera.
Me guiñó el ojo y añadió, sonriendo:
– Le caigo bien. Por eso no había nadie sentado aquí. Sabía que yo venía.
– ¿La banca sabia eso?
– ¡No! La banca no. Mi nagual.
– ¿Es el nagual algo consciente? ¿Se da cuenta de las cosas?
– Por supuesto que se da cuenta de todo. Por eso me interesa tu relato. Lo que tú llamas lapsos y sensaciones, es el nagual. Para hablar de él, debemos tomar prestado de la isla del tonal, así que es más conveniente no explicarlo, sino sencillamente contar sus efectos.
Quise decir alguna otra cosa sobre aquellas sensaciones peculiares, pero él me silenció.
– Esto es todo por hoy. Hoy no es el día del nagual, hoy es el día del tonal dijo-. Me puse mi traje porque hoy soy todo tonal.
Se me quedó mirando. Yo iba a decirle que el tema estaba resultando más difícil que cualquier cosa que jamás me hubiera explicado; él pareció anticipar mis palabras.
– Es difícil -dijo-. Lo sé. Pero si se piensa que ésta es la etapa final, la última etapa de lo que te he estado enseñando, no estamos diciendo demasiado al decir que envuelve todo cuanto mencioné desde el primer día en que nos encontramos.
Guardamos silencio un largo rato. Yo sentía que debía esperar la reanudación de las explicaciones, pero tuve un repentino ataque de aprensión y pregunté apresuradamente:
– ¿Están dentro de nosotros el nagual y el tonal?
Me dirigió una mirada penetrante.
– Esa es una pregunta muy difícil -dijo-. Tú mismo dirías que están dentro de nosotros. Yo mismo diría que no lo están, pero ninguno de nosotros estaría en lo cierto. El tonal de tu tiempo te empuja a mantener que todo lo que se trata de tus sensaciones y pensamientos tiene lugar dentro de ti. El tonal de los brujos dice lo contrario: todo está afuera. ¿Quién tiene razón? Ninguno. Adentro, afuera: eso realmente no importa.
Hice una observación. Dije que, cuando hablábamos del tonal y del nagual, parecía que aún hubiera una tercera parte. Él había dicho que el tonal "nos fuerza" a ejecutar acciones, y si era imposible tomar en cuenta al nagual, ¿quién era entonces el ser forzado?
No me respondió directamente.
– Explicar todo esto no es tan sencillo -dijo-. Por muy astutas que sean las aduanas del tonal, el asunto es que el nagual salta a la superficie. Pero su salida a la superficie siempre es inadvertida. El gran arte del tonal es reprimir toda manifestación del nagual, de tal modo que, aunque su presencia sea lo más obvio del mundo, pasa por alto.
– ¿Para quién pasa por alto?
Chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza de arriba a abajo. Lo presioné a responder.
– Para el tonal -dijo-. Estoy hablando exclusivamente del tonal. Por supuesto que ando con rodeos, pero eso no debería sorprenderte ni molestarte. Te advertí la dificultad de comprender lo que tengo que decirte. Me tuve que salir con todas estas bolas porque mi tonal se da cuenta de que está hablando de sí mismo. En otras palabras, mi tonal se usa a sí mismo a fin de entender la información que yo quiero que tu tonal tenga en claro. Digamos que el tonal, puesto que se da tremenda cuenta del esfuerzo que cuesta hablar de sí mismo, ha creado los términos “yo", "yo mismo" y otros así por el estilo, como balance, y gracias a ellos puede hablar con otros tonales, o consigo mismo, acerca de sí mismo.
"Ahora, cuando digo que el tonal nos fuerza a hacer algo, no quiero decir que haya ahí una tercera parte. Por lo visto, el tonal se fuerza a sí mismo a seguir sus propios juicios.
"En ciertas ocasiones, o bajo determinadas circunstancias especiales, algo en el mismo tonal se da cuenta de que hay más en nosotros. Es como una voz que surge de las profundidades: la voz del nagual. Como se ve, la totalidad de nosotros mismos es una condición natural que el tonal no puede aniquilar por entero, y hay momentos, sobre todo en la vida de un guerrero, en que la totalidad se hace aparente. Durante esos momentos, uno puede adivinar y avalorar lo que realmente somos.
"Esas sacudidas que has tenido te resultan muy bien, porque ésa es la forma en que surge el nagual. En esos momentos, el tonal se da cuenta de la totalidad de uno mismo. Siempre es una sacudida porque darse cuenta de esto desbarata el sosiego. Yo llamo a ese sentimiento: darse cuenta de la totalidad del ser que va a morir. La idea es que en el momento de la muerte el otro miembro del par verdadero; el nagual, empieza a operar por completo y el sentir y los recuerdos y las percepciones guardados en nuestras pantorrillas y muslos, en nuestra espalda y hombros y cuello, empiezan a expandirse y a desintegrarse. Como las cuentas de un interminable collar roto, se desparraman sin la fuerza unificadora de la vida."
Me miró. Sus ojos eran apacibles. Me sentí incómodo, estúpido.
– La totalidad de nosotros mismos es un asunto muy peliagudo -dijo-. Necesitamos solamente una porción muy pequeña de esa totalidad para llevar a cabo las tareas más complejas de la vida. Pero, al morir, morimos con la totalidad de nosotros mismos. Un brujo hace la pregunta: "Si vamos a morir con la totalidad de nosotros mismos, ¿por qué no, entonces, vivir con esa totalidad?"
Movió la cabeza para indicarme mirar a las numerosas personas que pasaban.
– Son todos tonal -dijo-. Voy a señalarte algunos para que tu tonal los evalúe, y al evaluarlos se evaluará a sí mismo.
Dirigió mi atención hacia dos ancianas que acababan de salir de la iglesia. Se detuvieron un momento en la cima de los escalones de piedra caliza, y luego empezaron a descender con infinitos cuidados, descansando en cada peldaño.
– Observa con mucho cuidado a esas dos viejas -dijo-. Pero no las veas como personas, ni como rostros que tienen cosas en común con nosotros; velas como tonales.
Las dos mujeres llegaron al pie de los escalones. Se movían como si la áspera grava estuviera hecha de canicas y ellas se viesen a punto de resbalar y perder el equilibrio. Caminaban del brazo, apuntalándose entre sí con el peso de sus cuerpos.
– ¡Míralas! -dijo don Juan en voz baja-. Esas viejas son el mejor ejemplo del peor tonal que puede hallarse.
Noté que las mujeres eran de huesos pequeños, pero gordas. Tendrían poco más de cincuenta años. Sus rostros mostraban una expresión dolorosa, como si descender los peldaños de la iglesia hubiera sido una empresa superior a sus fuerzas.
Estaban frente a nosotros; vacilaron un momento y después se detuvieron. Había otro peldaño más en la senda de grava.
– Tengan cuidado, señoras -gritó don Juan al incorporarse dramáticamente.
Las mujeres lo miraron, al parecer confundidas por su repentina exclamación.
– El otro día, mi mami se rompió la cadera aquí mismo -añadió él mientras acudía a prestarles ayuda.
Le dieron profusamente las gracias, y él les aconsejó que, si alguna vez perdían el equilibrio y caían, permanecieran inmóviles en el sitio hasta que llegara la ambulancia. Las mujeres se santiguaron.
Don Juan volvió a sentarse. Sus ojos resplandecían. Habló con suavidad.
– Esas mujeres no son tan viejas, ni sus cuerpos tan débiles, y sin embargo están decrépitas. Todo en ellas es sombrío y triste: su ropa, su olor, su actitud. ¿Por qué crees tú que son así?
– Quizá nacieron así -dije.
– Nadie nace así. Nos hacemos así. El tonal de esas viejas es débil y tímido.
"Te dije que éste iba a ser el día del tonal; con eso quise decir que hoy quiero tratar exclusivamente con el tonal. También te dije que me había puesto mi traje para ese mismo propósito. Quise mostrarte con mi traje que un guerrero trata a su tonal en forma muy especial. Te hice ver que mi traje fue hecho a la medida, y que todo lo que hoy traigo puesto me queda a la perfección. No es mi vanidad lo que quería mostrar, sino mi espíritu de guerrero, mi tonal de guerrero.
"Esas dos viejas te dieron hoy tu primera visión del tonal. La vida puede ser tan despiadada contigo como es con ellas, si eres descuidado con tu tonal. Yo me pongo de contraparte. Si comprendes correctamente, no será necesario recalcar este punto."
Tuve un repentino ataque de incertidumbre y le pedí descifrarme lo que yo debía de haber entendido. Sin duda, mi voz sonó desesperada. Don Juan rió con fuerza.
– Mira a ese muchacho de pantalones verdes y camisa rosada -susurró, indicando a un joven flaco y muy moreno, de facciones afiladas, parado casi frente a nosotros. Parecía indeciso entre ir hacia la iglesia o hacia la calle. Dos veces alzó la mano en dirección del templo, como si hablara consigo mismo y estuviera a punto de encaminarse a la puerta. Luego me miró con expresión vacía.
– Mira cómo está vestido -dijo don Juan en un susurro- ¡Fíjate en esos zapatos!
La ropa del muchacho se veía andrajosa y arrugada, y sus zapatos estaban cayéndose a pedazos.
– Se ve que es muy pobre -dije.
– ¿Es eso todo lo que puedes decir? -preguntó don Juan.
Enumeré una serie de razones que podrían haber explicado la astrosa apariencia del joven: mala salud, un revés de la suerte, indolencia, indiferencia hacia su apariencia personal, o la posibilidad de que acabara de salir de la cárcel.