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Don Genaro se puso de pie y se me acercó. Daba la impresión de un niño con brillantes ojos traviesos. Hizo un mohín frunciendo los labios y me miró un largo momento.
– ¿Y yo? -preguntó, tratando de esconder una sonrisa-. ¿No vas a darme mi abrazo?
Me levanté y extendí los brazos para tocarlo; mi cuerpo pareció congelarse en esa postura. No tenía poder para moverme. Traté de forzar mis brazos a alcanzarlo, pero la pugna fue en vano.
Don Juan y don Genaro se pararon, observándome. Sentí mi cuerpo contraerse bajo una presión desconocida.
Don Genaro tomó asiento y fingió ponerse de mal humor porque yo no lo había abrazado; frunció la boca y golpeó el suelo con los talones, luego los dos volvieron a estallar en carcajadas.
Los músculos de mi estómago temblaban, sacudiendo todo mi cuerpo. Don Juan señaló que estaba moviendo la cabeza como él había recomendado antes, y que ésa era la oportunidad de tranquilizarme reflejando un rayo de luz en la córnea de mis ojos. Me jaló a la fuerza a campo abierto, fuera del techo de la ramada, y manipuló mi cuerpo para que mis ojos captaran el sol oriental; pero cuando acabó de ponerme en la posición adecuada, yo había dejado de temblar. Noté que yo aferraba mi cuaderno solamente después de que don Genaro dijo que el peso de las hojas era lo queme hacía estremecer.
Aseguré a don Juan que mi cuerpo me jalaba para irme. Agité la mano en dirección de don Genaro. No quería darles tiempo de hacerme cambiar de idea.
– Adiós, don Genaro -grité-. Ya tengo que irme.
Devolvió el ademán.
Don Juan caminó conmigo unos metros, hacia mi coche.
– ¿Usted también tiene un doble, don Juan? -pregunté.
– ¡Claro! -exclamó.
Tuve en ese momento una idea enloquecedora. Quise descartarla y marcharme a toda prisa, pero algo en mi interior seguía aguijándome. A lo largo de los años de nuestra relación, se había hecho costumbre que, cada vez que yo deseaba ver a don Juan, iba a Sonora o a México central y siempre lo hallaba esperándome. Había aprendido a dar eso por sentado y nunca hasta entonces se me había ocurrido pensar nada al respecto.
– Dígame una cosa, don Juan -dije, medio en broma-. ¿Usted es usted, o usted es su doble?
Se inclinó hacia mí. Sonreía.
– Mi doble -susurró.
Mi cuerpo saltó en el aire como si me impeliera una fuerza formidable. Corrí a mi coche.
– Lo dije en broma -dijo don Juan en voz alta-.
Todavía no te puedes ir. Me sigues debiendo cinco días.
Ambos corrieron hacia el auto mientras yo lo echaba en reversa. Reían y brincoteaban.
– ¡Carlitos, llámame cuando quieras! -gritó don Genaro.