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Los recuerdos regresaron en el acto, y de improviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví en busca de don Juan, pero no pude distinguir nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al perro, que se volvía iridiscente; una luz intensa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo del agua atravesarlo, encenderlo como una hoguera. Me llegué al agua, hundí el rostro en la cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos en el suelo frente a mí, y al beber veía el fluido correr por mis venas produciendo matices de rojo y amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí hasta hallarme todo en llamas; resplandecía de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido salió de mi cuerpo a través de cada poro y se proyectó al exterior en fibras como de seda, y también yo adquirí una melena larga, lustrosa, iridiscente. Miré al perro y su melena era como la mía. Una felicidad suprema llenó mi cuerpo, y corrimos juntos hacia una especie de tibieza amarilla procedente de algún lugar indefinido. Y allí jugamos. Jugamos y forcejeamos hasta que yo supe sus deseos y él supo los míos. Nos turnábamos para manipularnos mutuamente, al estilo de una función de marionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo podía hacerle mover las patas, y cada vez que él cabeceaba yo sentía un impulso irresistible de saltar. Pero su mayor travesura consistía en agitar las orejas de un lado a otro para que yo, sentado, me rascara la cabeza con el pie. Aquella acción me parecía total e insoportablemente cómica. ¡Qué toque de ironía y de gracia, qué maestría!, pensaba yo. Me poseía una euforia indescriptible. Reí hasta que casi me fue imposible respirar.
Tuve la clara sensación de no poder abrir los ojos; me encontraba mirando a través de un tanque de agua. Fue un estado largo y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar y de a la vez, estar despierto. Luego; lentamente, el inundo se aclaró y entró en foco. Mi campo de visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto consciente ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser maravilloso. En este punto empezó la transición más difícil. La salida de mi estado normal había sucedido casi sin que yo me diera cuenta: estaba consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa conciencia, y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar a la conciencia seria, sobria, fue genuinamente violento. ¡Había olvidado que era un hombre! La tristeza de tal situación irreconciliable fue tan intensa que lloré.
Sábado, 5 de agosto, 1961
Más tarde, aquella mañana después del desayuno, el dueño de la casa, don Juan y yo regresamos a donde vivía don Juan. Yo estaba muy cansado, pero no pude dormirme en la camioneta. Sólo después de que el hombre se marchó, me quedé dormido, en el zaguán de la casa de don Juan.
Cuando desperté era de noche don Juan me había tapado con una cobija. Lo busqué, pero no estaba en la casa. Regresó más tarde con una olla de frijoles refritos y un -montón de tortillas. Yo tenía mucha hambre.
Después de comer, mientras descansábamos, me pidió narrarle cuanto me hubiera ocurrido la noche anterior. Relaté mis experiencias en gran detalle y con la mayor exactitud posible. Cuando terminé, él asintió y dijo:
– Creo que andas muy bien. Se me dificulta explicarte ahora cómo y por qué. Pero creo que te fue bien. Verás: a veces él es juguetón como un niño; otras veces es terrible, espantoso. O hace travesuras o es muy serio. No se puede saber de antemano cómo va a ser con otra persona. Pero cuando uno lo conoce bien… a veces. Tú anoche jugaste con él. Eres la única persona que conozco que ha tenido un encuentro así.
– ¿En qué forma difiere mi experiencia de la de otros?
– Tú no eres indio; por eso se me dificulta aclarar qué es qué. Pero él o toma a las gentes o las rechaza, sin importarle que sean indias o no. Eso lo sé. Las he visto por docenas. También sé que travesea, hace reír a algunos, pero jamás lo he visto con nadie.
– ¿Puede usted decirme ahora, don Juan, cómo protege el peyote…?
No me dejó terminar. Me tocó vigorosamente el hombro.
– No lo nombres nunca así. Todavía no lo has visto lo bastante para conocerlo.
– ¿Cómo protege Mescalito a la gente?
– Aconseja. Responde cualquier cosa que le preguntes.
– ¿Entonces Mescalito es real? Digo, ¿es algo que puede verse?
Pareció desconcertado por mi pregunta. Me miró con una especie de expresión vacía.
– Lo que quise decir es que Mescalito…
– Oí lo que dijiste, ¿Qué no lo viste anoche?
Quise decirle que sólo había visto un perro, pero noté su mirada de extrañeza.
– ¿Entonces cree usted que lo que vi anoche era él?
Me miró con desprecio. Chasqueó la lengua, sacudió la cabeza como si no pudiera creerlo, y en tono muy belicoso añadió:
– ¿A poco crees que era tu… mamá?
Hizo una pausa antes de "mamá" porque lo que iba a decir era "tu chingada madre". La palabra "mamá" resultó tan incongruente que ambos reímos largo tiempo.
Luego me di cuenta de que se había quedado dormido sin responder a mi pregunta.
Domingo, 6 de agosto, 1961
Llevé a don Juan en mi auto a la casa donde yo había tomado peyote. En el camino me dijo que el hombre que me "ofreció a Mescalito" se llamaba John. Al llegar a la casa encontramos a John sentado en el zaguán con dos hombres jóvenes. Todos se mostraron en extremo joviales. Reían y charlaban con gran desenvoltura. Los tres hablaban inglés perfectamente. Dije a John que iba a darle las gracias por haberme ayudado:
Quería saber su opinión sobre mi conducta durante la experiencia alucinógena, y les dije que había estado tratando de pensar en lo que hice aquella noche y no podía recordar. Rieron y se mostraron renuentes a hablar del asunto. Parecían contenerse a causa de don Juan. Todos lo miraban de reojo, como esperando su autorización para hablar. Don Juan debió de dársela con alguna seña, aunque yo no advertí nada, porque de pronto John empezó a decirme qué había hecho yo aquella noche.
Dijo haber sabido que yo estaba "prendido" cuando me oyó vomitar. Calculó que había yo vomitado unas treinta veces. Don Juan rectificó y dijo que sólo diez.
– Luego todos nos acercamos a ti -continuó John-. Estabas tieso y tenlas convulsiones. Durante largo rato, acostado bocabajo, moviste los labios como si hablaras. Luego empezaste a pegar en el suelo con la cabeza, y don Juan te puso un sombrero viejo, y te detuviste. Estuviste horas temblando y gimiendo tirado en el piso. Creo que entonces todos nos dormimos, pero entre sueños yo te oía resoplar y gruñir. Luego te oí resoplar y gruñir. Luego te oí gritar, y desperté. Te vi saltar por los aires, gritando. Te abalanzaste sobre el agua, tiraste la cacerola y empezaste a nadar en el charco.
"Don Juan te trajo más agua. Te quedaste quieto un rato, sentado frente a la cacerola. Luego te levantaste de golpe y te quitaste toda la ropa. Estuviste de rodillas frente al agua, bebiendo a grandes tragos. Luego nada más te quedaste ahí sentado, mirando el aire. Pensamos que ahí te ibas a quedar para siempre. Casi todo el mundo estaba dormido, hasta don Juan, cuando de repente te levantaste otra vez, aullando, y te fuiste detrás del perro. El perro se asustó, y aulló también, y corrió para atrás de la casa. Entonces, todo el mundo despertó.
"Todos nos levantamos. Regresaste por el otro lado, todavía persiguiendo al perro. El perro corría delante de ti ladrando y aullando. Debiste dar como veinte vueltas a la casa, corriendo en círculos, ladrando como perro. Tuve miedo de que a la gente le entrara curiosidad. No hay vecinos cerca, pero tus aullidos eran tan fuertes que podían haberse oído a millas de distancia.
– Alcanzaste al perro -agregó uno de los jóvenes- y lo trajiste al zaguán en brazos.
– Entonces te pusiste a jugar con el perro -prosiguió John-. Luchabas con él, y el perro y tú se mordían y jugaban. Eso me hizo gracia. Mi perro no acostumbra jugar.
Pero esta vez tú y el perro estaban rodando uno encima de otro.
– Luego corriste al agua y el perro bebió contigo -dijo el joven-. Corriste cinco o seis veces al agua, con el perro.
– ¿Cuánto duró eso? -pregunté.
– Horas -dijo John-. Durante un rato los perdimos de vista a los dos. Creo que corrieron para atrás de la casa. Nada más los oíamos ladrar y gruñir. Tú parecías de veras un perro; no podíamos distinguirlos.
– A lo mejor era el perro solo -dije.
Rieron, y John dijo:
– ¡Tú estabas ahí ladrando, muchacho!
– ¿Qué pasó después?
Los tres hombres se miraron y parecieron tener dificultades para decidir qué pasó después. Finalmente, habló el joven que aún no decía nada.
– Se atragantó -dijo mirando a John.
– Sí, te atragantaste en serio. Comenzaste a llorar muy raro y luego caíste al piso. Pensamos que te estabas mordiendo la lengua, don Juan te abrió las quijadas y te echó agua en la cara. Entonces empezaste otra vez a temblar y a tener convulsiones. Luego estuviste inmóvil un rato largo. Don Juan dijo que todo había terminado. Para entonces ya era de mañana, así que te tapamos con una cobija y te dejamos a dormir en el zaguán.
Calló en ese punto y miró a los otros hombres, que obviamente trataban de contener la risa. Se volvió a don Juan y le preguntó algo. Don Juan sonrió y respondió a la pregunta. John se volvió hacia mí y dijo:
– Te dejamos en el porche porque teníamos miedo de que fueras a orinarte por los cuartos.
Todos rieron muy fuerte.
– ¿Qué me pasaba? -pregunté-. ¿Hice yo…?
– ¿Hiciste tú? -remedó John-. No íbamos a mencionarlo, pero don Juan dice que está bien. ¡Te orinaste en mi perro!
– ¿Qué cosa?
– No pensarás que el perro corría porque te tenía miedo, ¿verdad? Corría porque lo estabas orinando.
Hubo risa general en este punto. Traté de interrogar a uno de los jóvenes, pero todos reían, y no me escuchó.
– Pero mi perro se desquitó -prosiguió John-: ¡también él se orinó en ti!
Esta afirmación era al parecer el colmo de lo cómico, porque todos rieron a carcajadas, incluso don Juan. Cuando se calmaron, pregunté con toda sinceridad:
– ¿Es cierto de verdad? ¿Pasó realmente?
– Juro que mi perro te orinó de verdad -repuso John, todavía riendo.
De regreso rumbo a la casa de don Juan, le pregunté:
– ¿Pasó en realidad todo eso, don Juan?
– Sí -dijo él-, pero ellos no saben lo que viste. No se dan cuenta de que estabas jugando con "él". Por eso no te molesté.
– Pero este asunto del perro y yo orinándonos, ¿es verdad?
– ¡No era un perro! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Esa es la única manera de entenderlo. ¡La única! Fue "él" quien jugó contigo.
– ¿Sabía usted que todo esto ocurrió antes de que yo se lo contara?
Vaciló un instante antes de responder.
– No; después de que lo contaste, recordé el aspecto raro que tenías. Nada más supuse que te estaba yendo muy bien porque no parecías asustado.
– ¿De veras jugó el perro conmigo como dicen?
– ¡Carajo! ¡No era un perro!
Jueves, 17 de agosto, 1961