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Lentamente empecé a recobrar mis procesos sensoriales habituales. Yacía bocabajo con la barbilla sobre el brazo doblado. La planta de peyote frente a mí empezó a iluminarse de nuevo, y antes de que yo pudiese mover los ojos la luz larga surgió otra vez. Se cirnió sobre mí. Me senté. La luz tocó todo mi cuerpo con fuerza serena, y luego rodó hasta perderse de vista.
Corriendo durante todo el camino, llegué al sitio donde se hallaban los demás. Todos regresamos al pueblo. Don Juan y yo nos quedamos otro día con don Roberto, el guía peyotero. Yo dormí el tiempo que estuvimos allí. Cuando íbamos a marcharnos, los jóvenes que tomaron parte en el mitote se me acercaron. Me abrazaron uno por uno y rieron tímidamente. Cada uno se presentó. Pasé horas hablando con ellos acerca de todo, menos de las sesiones de peyote.
Don Juan dijo que era hora de irse. Los jóvenes volvieron a abrazarme.
– Vuelve -dijo uno de ellos.
– Ya te estamos esperando -añadió otro.
Manejé despacio, tratando de ver a los hombres mayores, pero ninguno estaba allí.
Jueves, 10 de septiembre, 1964
Hablar a don Juan de una experiencia me forzaba siempre a evocarla paso por paso, como mejor podía. Esta parecía ser la única manera de recordar todo.
Hoy le conté los detalles de mi último encuentro con Mescalito. Escuchó atentamente mi historia hasta el punto en que Mescalito me dijo su nombre. Don Juan interrumpió allí.
– Ya vas por cuenta propia -dijo-. El protector te ha aceptado. De aquí en adelante, yo te seré de muy poca ayuda. Ya no tienes que decirme nada sobre tu relación con él. Ya sabes su nombre, y ni su nombre, ni sus tratos contigo, deben mencionarse nunca a ningún ser viviente.
Insistí en que deseaba narrarle todos los detalles de la experiencia, porque para mí no tenía sentido. Le dije que necesitaba su ayuda para interpretar lo que había visto. Dijo que eso podía hacerlo yo solo, que me convenía más empezar a pensar por mi cuenta. Argüí que me interesaba oír sus opiniones porque llegar a formular las mías requeriría demasiado tiempo, y no sabía cómo proceder.
Dije:
– Por ejemplo, las canciones. ¿Qué significan?
– Eso nada más tú puedes decidirlo -dijo él-, ¿Cómo voy yo a saber lo que significan? Sólo el protector puede decirte eso, igual que sólo él puede enseñarte sus canciones. Si yo te dijera lo que significan, sería lo mismo como si aprendieras las canciones de otra gente,
– ¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan?
– Oyendo cantar las canciones del protector, luego se conoce quiénes son los farsantes. Nada más las canciones con alma son suyas y él las enseñó. Las otras son copias de canciones de otros hombres. La gente es a veces así de engañosa. Canta canciones ajenas sin siquiera saber qué dicen.
Dije que yo había querido preguntar qué propósito tenían las canciones. Repuso que las canciones que yo había aprendido eran para llamar al protector, y que yo debía usarlas siempre, junto con su nombre, para llamarlo. Más tarde, probablemente Mescalito me enseñaría otras canciones con otros propósitos, dijo don Juan.
Le pregunté entonces si pensaba que el protector me había aceptado plenamente. Rió como si mi pregunta fuera tonta. El protector me había aceptado, dijo, y se había asegurado de que yo supiera que me había aceptado mostrándoseme dos veces como una luz, Don Juan parecía muy impresionado por el hecho de que yo había visto dos veces la luz. Recalcó ese aspecto de mi encuentro con Mescalito.
Le dije que no podía comprender cómo era posible ser aceptado y, a la vez, aterrorizado por el protector.
Pasó un rato muy largo sin responder. Parecía desconcertado. Por fin dijo:
– ¡Es tan claro! Lo que él quería es tan claro que no veo cómo puedes entender mal.
– Todo es aún incomprensible para mí, don Juan.
– Requiere tiempo ver y entender de veras lo que Mescalito quiere decir; hay que pensar en sus lecciones hasta que se aclaren.
Viernes, 11 de septiembre, 1964
Insistí nuevamente en que don Juan interpretara mis experiencias visionarias, Dio largas un rato. Luego habló como si ya hubiéramos estado conversando sobre Mescalito.
– ¿Ves cómo es idiota preguntar si es como una persona con quien se puede hablar? -dijo don Juan-. No es como nada que hayas visto nunca. Es como un hombre, pero al mismo tiempo no tiene nada que ver con uno. Es difícil explicarle eso a la gente que no sabe rada de él y
quiere saberlo todo de golpe. Y además, sus lecciones son tan misteriosas como él mismo. Ninguno, que yo sepa, puede predecir sus actos. Le haces una pregunta y él te enseña el camino, pero no te habla de él de la misma manera en que tú y yo hablamos. ¿Entiendes ahora lo que hace?
– No creo tener problemas para entender eso. Lo que no puedo figurarme es qué me quiso decir.
– Le preguntaste qué anda mal en ti, y él te dio el panorama completo: ¡No puede haber error! No puedes salir con que no entiendes. No fue plática-y sin embargo lo fue. Luego le hiciste otra pregunta, y te contestó exactamente del mismo modo. En cuanto a lo que quiso decir, no estoy seguro de entenderlo, porque tú decidiste no decirme cuál fue tu pregunta.
Repetí con mucho cuidado las preguntas que recordaba haber hecho, en el mismo orden: "¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy en el buen camino? ¿Qué debería hacer con mi vida?" Don Juan dijo que las preguntas que yo había hecho eran sólo palabras; resultaba preferible no pronunciarlas, sino hacerlas desde adentro. Dijo que el protector quiso darme una lección, y para probar que quería darme una lección y no asustarme ni ahuyentarme, dos veces se mostró como una luz.
Aún no podía yo comprender, dije, por qué Mescalito me aterrorizó si me había aceptado. Recordé a don Juan que, de acuerdo a sus postulados, ser aceptado por Mescalito implicaba que la forma del protector era constante y no pasaba de la beatitud a la pesadilla. Don Juan volvió a reírse de mí y dijo que, si pensaba en la pregunta que había tenido en mi corazón al hablar con Mescalito, yo mismo entendería la lección.
Pensar en la pregunta que había tenido en mi "corazón" era un problema difícil. Dije a don Juan haber tenido muchas cosas en mente. Cuando pregunté si estaba en el buen camino, quise decir: ¿Tengo un pie en un mundo y otro en otro? ¿Qué mundo es el bueno? ¿Qué curso debe seguir mi vida?
Don Juan escuchó mis explicaciones y concluyó que yo no tenía una visión clara del mundo, y que el protector me había dado una lección hermosamente clara.
– Piensas que hay dos mundos para ti -dijo-: dos caminos. Pero nada más hay uno. El protector te enseñó esto con claridad increíble. El único mundo a tu disposición es el mundo de los hombres, y de ese mundo no te puedes salir. ¡Eres un hombre! El protector te enseñó el mundo de la felicidad, donde no hay diferencias porque no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. El protector te sacó de él y te enseñó cómo piensa y lucha un hombre. ¡Ese es el mundo del hombre! Y ser hombre es estar condenado a ese mundo. Eres vanidoso, crees que vives en dos mundos, pero eso es pura vanidad. Hay un solo mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos estar conformes con el mundo de los hombres.
"Creo que ésa fue la lección."