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COMENTARIO

Transcurrieron varios años antes de que comenzara a escribir El segundo anillo de poder. Hacía tiempo que don Juan se había ido, y las citas de este libro son recuerdos de lo que él había dicho, recuerdos que se desencadenaron a raíz de una nueva situación, de un nuevo desarrollo de las circunstancias. Apareció en mi vida un nuevo jugador. Era Florinda Matus, una cohorte del grupo de don Juan. Al partir don Juan, todos sus aprendices comprendieron que Florinda había sido dejada atrás para, de alguna manera, rematar la última parte de nuestra formación.

– No estarás completo hasta que seas capaz de recibir órdenes de una mujer sin detrimento de tu ser -me había dicho don Juan-. Pero esa mujer no puede ser una mujer cualquiera. Debe ser alguien especial, alguien que tenga poder y que sea lo bastante despiadada como para impedirte ser el mandamás que te figuras ser.

Por supuesto, me reí de sus afirmaciones. Definitivamente, pensé que estaba bromeando. Lo cierto es que no bromeaba en absoluto. Un día regresaron Florinda Do

– ¡Ah!, están aquí -exclamó al vernos-. ¡Los tres mosqueteros! ¡El trío de la bencina! ¡Jaimito, Juanito y Jorgito! ¡Los he estado buscando por todas partes!

Y sin una palabra más, tomó el mando. Por supuesto, Florinda Do

Acudieron en mi ayuda, sin embargo, ciertos aspectos insospechados que yo mantenía en reserva y que evitaron que reaccionara con ira o con enfado; así que me llevé de maravilla con Florinda, mejor de lo que hubiera podido soñar. Nos dirigía con mano de hierro. Era la reina indiscutible de nuestras vidas. Tenía el poder y el desapego necesarios para llevar a cabo su tarea de afinarnos de la manera más sutil. No nos permitía caer en la autocompasión o la queja cuando algo no era de nuestro agrado. No se parecía en absoluto a don Juan. Carecía de su sobriedad, pero tenía otra cualidad que compensaba su carencia: era rápida como nadie. Le bastaba un simple vistazo para captar de golpe una situación y actuar al instante de acuerdo con lo que se esperaba de ella.

Una de sus maniobras favoritas, que yo disfrutaba inmensamente, consistía en preguntar con toda formalidad a su auditorio o al grupo de gente al que estuviera hablando: «¿Alguno de los presentes sabe algo sobre la presión y el desplazamiento de los gases?» Formulaba este tipo de preguntas con absoluta seriedad. Y cuando la audiencia respondía: «No, no; no sabemos nada de eso», ella añadía: «¡Entonces, puedo decir lo que quiera, ¿verdad?!», y ciertamente proseguía diciendo cualquier cosa que se le ocurría. De hecho, algunas veces decía cosas tan ridículas que yo me revolcaba de risa por los suelos.

Otra de sus clásicas preguntas era: «¿Alguno de los presentes sabe algo sobre la retina de los chimpancés? ¿No?», y Florinda decía entonces todo tipo de barbaridades acerca de la retina de los monos. Nunca había disfrutado tanto hasta entonces. Era su más ferviente admirador y su seguidor incondicional.

Una vez tuve una fístula en la cresta del hueso de la cadera, resultado de haberme caído años atrás por un barranco lleno de agujas de cactus. Me clavé setenta y cinco agujas por todo el cuerpo. Una de ellas no salió completamente, o bien quedaron restos de suciedad o residuos, y años más tarde me salió una fístula.

– No es nada -afirmó mi doctor-. No es más que una bolsa de pus que hay que sacar. Es una operación muy simple. Tardaré sólo unos minutos en realizarla.

Lo consulté con Florinda, y ella me dijo:

– Eres el nagual. O te curas a ti mismo o te mueres. Nada de ambigüedades ni doble comportamiento. Si al nagual le tiene que operar un doctor es que ha perdido su poder. ¿Un nagual muerto por una fístula? ¡Qué vergüenza!

Con la excepción de Florinda Do

En el texto de Elsegundo anillo de poder se manifiesta más que evidente esa pelea de los aprendices. Los demás aprendices de don Juan eran una partida de descarriados, llenos de arrebatos egomaníacos, cada cual tirando en su propia dirección, cada cual reafirmando su valía.

Aunque Florinda Matus nunca estuvo en primera fila, todo lo que sucedió en nuestras vidas a partir de entonces estuvo profundamente influido por ella. Fue siempre una figura en segundo plano, sabia, divertida, despiadada. Florinda Do