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La Gorda y las hermanitas me habían demostrado que la grieta entre los mundos era algo más que una metáfora. Era más bien la capacidad para pasar de uno a otro nivel de atención. Una parte de mí entendía perfectamente a la Gorda, en tanto la otra se hallaba más aterrorizada que nunca.

– Has estado preguntando por el lugar al que habían ido el Nagual y Genaro -dijo la Gorda -. Soledad fue muy brutal al decirte que se habían ido al otro mundo; Lidia te dijo que habían abandonado estos alrededores; los Genaro, como buenos idiotas, te asustaron. Lo cierto es que se marcharon por esa grieta.

Por alguna razón, inaprehensible para mí, sus palabras me lanzaron al caos. Siempre había estado convencido de que su partida era definitiva. Sabía que no se habían ido en sentido ordinario, pero había dejado el asunto en el reino de la metáfora. Si bien había llegado a decírselo a amigos íntimos, nunca lo había creído realmente. En lo profundo de mí, nunca había dejado de ser un hombre racional. Pero la Gorda y las hermanitas habían convertido mis oscuras metáforas en posibilidades reales. Lo cierto era que la Gorda nos había transportado medio kilómetro valiéndose de la energía de su «soñar»

La Gorda se puso en pie y declaró que yo lo había entendido todo y era hora de comer. Nos sirvió lo que había preparado. Tuve la impresión de no estar comiendo. Una vez que terminamos, se levantó y se acercó a mí.

– Creo que ya ha llegado el momento de que te vayas -me dijo.

La frase parecía ser una indicación para las hermanitas. Éstas dejaron los asientos a su vez.

– Si te quedas, ya nunca podrás partir -prosiguió la Gorda -. El Nagual te ofreció la libertad una vez, pero tú escogiste permanecer con él. Me dijo que si sobrevivíamos al último contacto con los aliados debía darles de comer, hacerlos sentir bien y despedirme de todos. Supongo que ni las hermanitas ni yo tenemos dónde ir, de modo que no hay posible elección. Pero tu caso es diferente.

Las hermanitas me rodearon y se despidieron una a una.

La situación era monstruosamente irónica. Podía irme, pero no tenía a dónde. Tampoco para mí había elección. Años atrás don Juan me había brindado una oportunidad de marchar; ya entonces me había quedado por no tener lugar alguno al cual dirigirme.

– Se escoge sólo una vez -me había dicho don Juan-. Elegimos ser guerreros o ser hombres corrientes. No existe una segunda oportunidad. No sobre esta tierra.