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Los otros dos aliados eran más esquivos. Los había visto sólo una vez: un jaguar de amarillos candentes y un voraz y enorme coyote. Las dos bestias eran en esencia agresivas y arrolladoras. El jaguar era de don Genaro y el coyote de don Juan.
La Gorda salió de la cueva. La seguí. Ella abría la marcha. Dejarnos atrás el sendero y nos vimos frente a una gran llanura rocosa. Se detuvo y me dejó ganar la delantera. Le dije que si me permitía abrir la marcha, iba a tratar de llegar al coche. Me dijo que sí con la cabeza y se pegó a mí. Sentía su piel fría y húmeda. Parecía hallarse muy agitada. Todo esto ocurría aproximadamente a un kilómetro del lugar en que había aparcado; para llegar allí, debíamos cruzar el desierto de rocas. Don Juan me había enseñado la situación de un camino oculto que discurría por entre grandes cantos rodados, casi junto a la montaña que cerraba el llano hacia el Este. Me dirigí a él. Cierto impulso desconocido me guiaba; de otro modo, habría seguido por la misma senda por la cual habíamos atravesado la planicie, sobre terreno raso.
Tuve la impresión de que la Gorda aguardaba algo espantoso. Se aferró a mí. Abrió desmesuradamente los ojos.
– ¿Vamos por el buen camino? -pregunté.
No respondió. Se quitó el chal y lo retorció hasta hacerle cobrar el aspecto de una cuerda larga y espesa. Rodeó mi talle con ella, cruzó los extremos y rodeó el suyo. Hizo al cabo un nudo, de manera que quedamos unidos por un lazo que tenía forma de ocho.
– ¿Para qué hiciste eso? -quise saber.
Negó con la cabeza. Le castañeteaban los dientes, pero no podía decir una sola palabra. Su temor parecía ser extremo. Me empujó para que siguiese andando. No logré evitar preguntarme por qué yo mismo no estaba a punto de volverme loco de susto.
Cuando alcanzamos el sendero alto, el agotamiento físico comenzaba a hacer presa en mí. Jadeaba y tuve que respirar por la boca. Distinguí el contorno de los grandes cantos rodados. No había luna, pero el cielo estaba tan claro que permitía reconocer formas. Me di cuenta de que la Gorda también jadeaba.
Intenté detenerme para recobrar el aliento, pero me dio un ligero empellón y movió la cabeza negativamente. Estaba a punto de hacer una broma para quebrar la tensión, cuando oí un ruido sordo, desconocido. Moví en forma instintiva la cabeza hacia la derecha, para que mi oído izquierdo recorriese el lugar. Contuve la respiración un instante y entonces percibí con claridad que alguien más que la Gorda y yo respiraba pesadamente. Atendí de nuevo para asegurarme antes de comunicárselo. No había duda de que esa impresionante forma se hallaba entre las rocas. Cubrí la boca de la Gorda con la mano, sin detener la marcha y le indiqué que contuviese el aliento. Se podía haber afirmado que la forma estaba muy cerca. Aparentemente, se deslizaba con la mayor discreción que le cabía. Jadeaba con suavidad.
La Gorda estaba sobrecogida. Se echó al suelo, poniéndose en cuclillas; me arrastró con ella, debido al chal que llevábamos atado a la cintura. Metió las manos bajo las faldas un momento y luego se puso de pie; tenía los puños cerrados y, cuando los abrió, de las puntas de sus dedos surgió una lluvia de chispas.
– Méate las manos -susurró, a través de sus dientes apretados.
– ¿Qué? -dije, incapaz de comprender lo que me pedía.
Susurró la orden tres o cuatro veces, cada vez con mayor perentoriedad. Debió de haberse dado cuenta de que yo no entendía sus intenciones, porque se volvió a agachar y mostró a las claras que se estaba orinando las manos. La miré consternado, mientras las gotas de orina que salpicaba con los dedos se transformaban en chispas rojizas.
Mi mente quedó en blanco. No sabía qué era más apasionante, si la visión a que la Gorda daba lugar con su orina, o el jadeo del ente que se acercaba. No estaba en condiciones de decidir cual de los dos estímulos atraía más mi atención; ambos eran fascinantes.
– ¡De prisa! ¡Hazlo en las manos! -gruñó la Gorda entre dientes.
La oía, pero mi atención estaba dislocada. Con voz implorante, la Gorda agregó que mis chispas harían retroceder a la criatura que se nos aproximaba. Ella comenzó a gimotear y yo a desesperarme. Ya no solamente escuchaba, sino que percibía con todo el cuerpo a aquella entidad. Intenté orinarme las manos; mi esfuerzo fue inútil. Estaba demasiado cohibido y nervioso. La agitación de la Gorda hizo presa en mí y luché denodadamente por orinar. Al final, lo logré. Sacudí los dedos tres o cuatro veces, pero nada surgió de ellos.
– Hazlo nuevamente -dijo la Gorda -. Toma cierto tiempo hacer chispas.
Le dije que había expelido toda mi orina. En sus ojos lucía una mirada de la más profunda angustia.
En ese momento vi a la enorme forma rectangular moverse hacia nosotros. Por una u otra razón, no me resultaba amenazante, aunque la Gorda estuviese a punto de desmayarse.
De pronto desató el chal y, de un brinco, se situó sobre una roca a mis espaldas, aferrándose a mí desde detrás y colocando la barbilla sobre mi cabeza. Prácticamente, se había encaramado a mis espaldas. En el instante en que adoptamos esa posición, la forma cesó en su marcha. Siguió jadeando, a unos ocho metros de nosotros.
Yo experimentaba una enorme tensión, aparentemente concentrada en el tronco. Pasado un rato supe, sin ninguna duda, que de seguir en esa postura perderíamos toda nuestra energía y caeríamos en poder de lo que fuese que nos acechaba.
Le dije que debíamos echar a correr si queríamos conservar la vida. Ella negó con la cabeza. Parecía haber recobrado su fuerza y su confianza. Dijo entonces que debíamos enterrar la cabeza entre los brazos y echarnos, con los muslos contra el estómago. Recordé que una noche, años atrás, don Juan me había hecho hacer lo mismo, en un campo desierto de México Septentrional, al verme sorprendido por algo igualmente desconocido, y, sin embargo, igualmente real para mis sentidos. En aquella ocasión, don Juan me había dicho que huir era inútil, y que lo único que cabía hacer era permanecer en el lugar, en la posición que la Gorda acababa de recomendar.
Estaba a punto de arrodillarme cuando inesperadamente tuve la sensación de que habíamos cometido un terrible error al dejar la cueva. Debíamos retornar a ella a toda costa.
Pasé el chal de la Gorda por sobre mis hombros y por debajo de mis brazos. Le indiqué que sujetase las puntas encima de mi cabeza, trepase a mis espaldas y se sostuviera en ellas, preparándose para resistir las sacudidas mediante el expediente de aferrar el chal y valerse de él a modo de arreo. Años antes, don Juan me había enseñado que los sucesos extraños, como la forma rectangular que teníamos delante, debían enfrentarse tomando actitudes inesperadas. Me dijo que una vez se había tropezado con un ciervo, y éste le había «hablado»; él permaneció cabeza abajo durante el encuentro, para asegurar su supervivencia y reducir la tensión de la situación.
Yo me proponía correr, esquivando la forma rectangular, y volver a la caverna con la Gorda a hombros.
Me dijo en voz muy baja que regresar a la cueva era imposible. El Nagual le había recomendado no permanecer allí por nada del mundo. Le expliqué, tras preparar el chal para ella, que mi cuerpo tenía la certeza de que allí estaríamos a salvo. Me respondió que era cierto, y que daría resultado, pero que en realidad no disponíamos de ningún medio para controlar esas fuerzas. Necesitábamos un recipiente especial, alguna especie de calabaza, del tipo de aquellas que yo había visto pender de los cinturones de don Juan y de don Genaro.
Se quitó los zapatos, trepó a mi espalda y se afirmó allí. La sujeté por las pantorrillas. Cuando aferró las puntas del chal, sentí la tensión en las axilas. Aguardé hasta que hubo hallado su equilibrio. Andar en la oscuridad con una carga de sesenta kilos era una hazaña considerable. La marcha resultaba muy lenta. Conté veintitrés pasos y me vi obligado a dejarla en el suelo. El dolor en los hombros era insoportable. Le dije que, si bien era muy delgada, me estaba quebrando las clavículas.
Lo más llamativo, de todos modos, era el que la forma rectangular hubiese desaparecido de la vista. Nuestra estrategia había dado resultado. La Gorda propuso cargarme a hombros un trecho. La idea me pareció ridícula; mi peso excedía las posibilidades de carga de su ligero esqueleto. Decidimos andar un rato, atentos a lo que ocurriera.
El silencio que nos rodeaba era mortal. Caminábamos lentamente, apoyándonos el uno en el otro. No habíamos recorrido sino unos pocos metros cuando volví a oír extraños ruidos de respiración, un siseo suave y prolongado, semejante al de un felino. Me apresuré a cargarla a hombros nuevamente y anduvimos otros diez pasos.
Sabía que era necesario mantener la sorpresa como táctica si queríamos salir de ese lugar. Estaba tratando de imaginar una serie de otras actitudes que no fuese cargar con la Gorda, igualmente inesperadas, cuando ella se quitó sus largas vestiduras. En un solo movimiento, quedó desnuda. Hurgó en el suelo buscando algo. Oí un ruido de quebradura y se puso de pie sosteniendo una rama de un arbusto bajo. Rodeó mis hombros y cuello con el chal e hizo una suerte de soporte en forma de red en que poder sentarse, con las piernas en torno de mi pecho, como se lleva a los niños pequeños. Entonces enganchó su vestido en la rama y la elevó por sobre su cabeza. Comenzó a agitar la rama, dando a la tela un extraño movimiento. A ese efecto agregó un silbido, semejante al chillido peculiar de la lechuza nocturna.
Después de recorrer unos noventa metros, oímos sonidos similares procedentes de detrás de nosotros y de nuestros costados. Inició el reclamo de otra ave, un grito agudo parecido al del pavo real. A los pocos minutos, llamadas idénticas que provenían de todo el alrededor le hacían eco.
Años atrás, yo había presenciado un fenómeno similar de respuesta a voces de pájaros, estando con don Juan. Había pensado entonces que los sonidos los producía el propio don Juan, oculto en la oscuridad próxima, o algún asociado suyo muy cercano, como don Genaro, que le estuviese ayudando a crear en mí un temor insuperable, un miedo capaz de obligarme a echar a correr en la oscuridad sin siquiera tropezar. Don Juan había denominado a la particular acción de correr en la oscuridad «marcha de poder».
Pregunté a la Gorda si conocía el modo de emprender la marcha de poder. Dijo que sí. Le expuse que íbamos a intentarla, aun cuando yo no me sentía completamente seguro de lograrlo. Me respondió que no era el momento ni el lugar para ello y señalo un punto delante de nosotros. Mi corazón, que hasta entonces había latido con prisa, comenzó a batir salvajemente en mi pecho. Exactamente enfrente, a unos tres metros, en medio del sendero, se encontraba uno de los aliados de don Genaro, el extraño hombre incandescente, de largo rostro y cráneo calvo. Quedé congelado en el lugar. Oí el chillido de la Gorda como si viniese de muy lejos. Golpeaba mis costados frenéticamente con sus puños. Su modo de actuar me impidió concentrarme en el hombre. Me hizo volver la cabeza, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha. A mi izquierda, casi en contacto con mi pierna, percibí la negra masa de un felino de feroces ojos amarillos. A mi derecha, un enorme coyote fosforescente. Detrás de nosotros, casi pegada a la espalda de la Gorda, estaba la forma oscura y rectangular.