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– No necesito que me pagues -dijo-, pero si quieres saldar una deuda, haz tu depósito a nombre del espíritu del hombre. La suma es siempre muy pequeña, y, sea cual sea la cantidad que se aporte, es más que suficiente.

Al auxiliar a aquel niño enfermo, no había hecho sino pagar al espíritu del hombre cualquier ayuda que mi pequeño pudiese recibir de desconocidos en su camino.

Dije a la Gorda que mi cariño hacia él seguiría vivo durante el resto de mis días, aunque no volviera a verle nunca. Quise agregar que su recuerdo se hallaba tan profundamente enterrado que nada podía alcanzarlo, pero desistí de hacerlo. Entendí que hubiese sido superflua la referencia. Además, oscurecía y yo quería salir de ese agujero.

– Es mejor que nos vayamos -dije-. Te llevaré a tu casa. Tal vez más tarde tengamos ocasión de hablar sobre estas cosas.

Se rió de mí, tal como don Juan solía hacerlo. Evidentemente, mis palabras debían de haberle parecido harto cómicas.

– ¿Por qué ríes, Gorda? -pregunté.

– Porque sabes perfectamente que no podemos irnos de aquí con tanta facilidad -replicó-. Tienes una cita con el poder aquí. Y yo también.

Regresó a la cueva y entró en ella a gatas.

– Ven -chilló desde dentro-. No hay modo de irse.

Reaccioné de la manera más incongruente. Entré gateando y volví a sentarme cerca de ella. Resultaba obvio que me había tendido una trampa. Yo no había ido allí para tener enfrentamiento alguno. Debí haberme puesto furioso. En cambio, permanecí impasible. No podía mentirme diciéndome que aquello era tan sólo un alto en mi camino hacia Ciudad de México. Me encontraba en ese lugar porque una fuerza que sobrepasaba mi capacidad racional me había impelido a ir.

Me tendió la libreta y me instó a escribir. Me dijo que, si lo hacía, no sólo me relajaría, sino que además la relajaría a ella.

– ¿En qué consiste esa cita con el poder? -pregunté.

– El Nagual me dijo que tú y yo teníamos una cita con algo allí fuera. Antes tuviste una cita con doña Soledad y otra con las hermanitas. Era de suponerse que acabaran contigo. El Nagual dijo que, si sobrevivías a esos asaltos, debía traerte aquí, para concurrir juntos a la tercera cita.

– ¿De qué clase de cita se trata?

– A decir verdad, no lo sé. Como todo, depende de nosotros. En este mismo instante hay allí fuera algunas cosas que te han estado aguardando. Lo dijo porque he venido aquí sola muchas veces y no ocurrió nada. Pero esta noche la situación es distinta. Tú estás aquí y vendrán.

– ¿A qué se debe que el Nagual trate de destruirme? -pregunté.

– ¡Pero sin no trata de destruir a nadie! -protestó la Gorda -. Tú eres su hijo. Ahora quiere que seas él mismo. Más él mismo que el resto de nosotros. Pero para ser un verdadero Nagual debes exigir tu poder. De otro modo no hubiese puesto tanto cuidado en que Soledad y las hermanitas te acechasen. Él enseñó a Soledad la forma de cambiar su aspecto y rejuvenecer. La indujo a instalar un piso diabólico en su habitación. Un piso al que nadie puede oponerse. Como sabes, Soledad está vacía, así que el Nagual le prestó ayuda para realizar algo gigantesco. Le destinó una misión, una misión sumamente difícil y peligrosa, pero que era la única adecuada para ella: acabar contigo. Le expuso que no había nada más difícil para un brujo que eliminar a otro. Es más fácil que un individuo corriente mate a un brujo, o que un brujo mate a un hombre corriente. El Nagual explicó a Soledad que lo más conveniente para ella era sorprenderte y asustarte. Y eso fue lo que ella hizo. El Nagual la convirtió en una mujer apetecible, con la finalidad de que pudiese arrastrarte a su habitación; una vez allí, el suelo te hechizaría. Por lo que yo sé, nadie, lo que se dice nadie, se le puede resistir. Ese suelo fue la obra maestra del Nagual, por lo que hace a Soledad. Pero algo hiciste con el suelo que obligó a Soledad a variar sus tácticas, según las instrucciones del Nagual. Él le dijo que si el suelo fallaba y no conseguía tomarte por sorpresa y atemorizarte, debía hablarte y contarte todo lo que desearas saber. El Nagual la adiestró para que se expresara correctamente, como último recurso. Pero Soledad no logró superarte siquiera por ese medio.

– ¿A qué se debía el que fuese tan importante superarme?

Se detuvo y me estudió detenidamente. Se aclaró la garganta y se puso rígida. Alzó la vista hacia el bajo techo de la cueva y exhaló el aire ruidosamente por la nariz.

– Soledad es mujer, como yo -dijo-. Te diré algo referente a mi propia vida y tal vez llegues a comprenderla.

»Una vez tuve a un hombre. Me dejó embarazada cuando yo era muy joven y tuve dos hijas de él. Una tras otra. Mi vida era un infierno. Se emborrachaba y me pegaba día y noche. Y lo odiaba y me odiaba. Y me puse gorda como un cerdo. Un día llegó otro hombre y me dijo que yo le gustaba y que deseaba que me fuese con él a trabajar como criada en la ciudad. Era consciente de mi capacidad de trabajo y lo único que pretendía era explotarme. Pero mi vida era tan miserable que me dejé engañar y me marché con él. Era peor que el primero, mezquino y temible. Al cabo de una semana, más o menos, no podía soportarme. Y solía darme las peores palizas que puedas imaginar. Pensé que me iba a matar, sin estar siquiera borracho; todo ello porque yo no había encontrado trabajo. Entonces me envió a pedir a las calles con un niño enfermo. Él pagaba a la madre con una parte del dinero que yo recaudaba. Y luego me pegaba por no haber reunido lo suficiente. El niño se ponía cada vez más enfermo; yo sabía que si moría mientras yo estuviese pidiendo, él me asesinaría. De modo que un día, sabiendo que él no estaría, fue a la casa de la madre del niño y se lo entregué, junto con algo del dinero hecho ese día. Había sido una jornada afortunada para mí; una amable extranjera me había dado cincuenta pesos para medicinas para el crío.

»Había pasado con ese hombre horrible tres meses, y tenía la impresión de que habían sido veinte años. Empleé el dinero que había conservado para regresar a casa. Estaba nuevamente embarazada. El pretendía que tuviese el hijo como soltera; de modo de no responsabilizarse de él. Al volver a mi pueblo, intenté ver a mis hijas, pero se las había llevado la familia de su padre. Ésta se reunió conmigo, alegando que deseaban hablarme; en cambio, me llevaron a un lugar desierto y me pegaron con palos y piedras y me dejaron por muerta.

La Gorda me mostró las numerosas cicatrices que llevaba en el cuero cabelludo.

– Hasta este día ignoro cómo regresé al poblado. Incluso, perdí el hijo que llevaba en el vientre. Fui a casa de una tía que aún vivía; mis padres ya habían muerto. Me dio un lugar en el cual descansar y me atendió. La pobre me alimentó durante dos meses, hasta que estuve en condiciones de levantarme.

»Llegó el día en que mi tía me dijo que aquel hombre estaba en el pueblo, buscándome. Había dicho a la policía que me había dado dinero por adelantado y yo había huido llevándomelo, tras asesinar a un niño. Comprendí que ese era el fin para mí. Empero, el destino me favoreció una vez más y conseguí marcharme en el camión de un norteamericano. Lo vi venir por el camino y alcé la mano desesperadamente; el hombre se detuvo y me dejó subir. Me trajo hasta esta región de México. Me dejó en la ciudad. Yo no conocía a nadie. Vagué durante días, como un perro loco, comiendo desperdicios en las calles. Fue entonces que mi suerte cambió por última vez.

»Conocí a Pablito, con quien tengo una deuda que jamás podré pagar. Me llevó a su carpintería y me permitió dormir en un rincón. Lo hizo porque le di pena. Me encontró en el mercado: tropezó y cayó encima de mí. Yo estaba sentada, pidiendo. Una polilla, o una abeja, no sé bien qué, le entró en un ojo. Giró sobre sus talones y perdió el equilibrio y cayó exactamente sobre mí. Imaginé que estaría fuera de sí, que me golpearía; en cambio, me dio dinero. Le pregunté si me podría proporcionar trabajo. Fue entonces cuando me llevó a su tienda y me proveyó de una plancha y una mesa para planchar, de manera que me fuera posible ganarme la vida como lavandera.

»Me fue muy bien. Aparte de que engordé, ya que toda la gente a la que servía me daba sus sobras. A veces llegaba a comer dieciséis veces por día. No hacía sino comer. Los chicos de la calle se burlaban de mí, y se me acercaban a hurtadillas y me pisaban los talones y algunos llegaban a hacerme caer. Me hacían llorar con sus bromas crueles, especialmente cuando me echaban a perder el trabajo adrede, ensuciando la ropa que tenía preparada.

»Un día, muy entrada la noche, llegó un viejo misterioso a ver a Pablito. Nunca lo había visto. No sabía que Pablito tuviese relación con hombre alguno tan intimidante, tan imponente. Le di la espalda y seguí trabajando. Estaba sola. De pronto, sentí sus manos en el cuello. Mi corazón de detuvo. No podía gritar; no podía siquiera respirar. Caí de rodillas y ese hombre horrible me sujetó la cabeza, tal vez durante una hora. Luego se marchó. Estaba tan aterrorizada que no me moví del lugar en que me había dejado caer hasta la mañana siguiente. Pablito me encontró allí; rió y dijo que debía sentirme muy orgullosa y feliz porque el viejo era un poderoso brujo y uno de sus maestros. Estaba desconcertada; no podía creer que Pablito fuese un brujo. Me dijo que su maestro había visto volar polillas en un círculo perfecto en torno de mi cabeza. También había visto a la muerte rondándome. Esa era la razón por la cual había actuado con la velocidad del relámpago, cambiando la dirección de mis ojos. También me explicó que el Nagual me había impuesto las manos y había entrado en mi cuerpo, y que yo no tardaría en ser diferente. Yo no tenía idea de aquello a lo que se refería. Tampoco tenía idea de lo que había hecho el viejo loco. Pero no me importaba. Yo era como un perro al que todos apartan a puntapiés. Pablito había sido la única persona amable conmigo. Al principio creí que me quería por mujer. Pero era demasiado fea y gorda y maloliente. Lo único que pretendía era ser amable conmigo.