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1 LA TRANSFORMACIÓN DE DOÑA SOLEDAD
Intuí de pronto que ni Pablito ni Néstor estarían en casa. Mi certidumbre era tal que detuve mi coche. Me encontraba en el punto en que el asfalto acaba abruptamente, y deseaba reconsiderar la conveniencia de continuar ese día el recorrido del escarpado y áspero camino de grava que conduce al pueblo en que viven, en las montañas de México Central.
Bajé la ventanilla del automóvil. El clima era bastante ventoso y frío. Salí a estirar las piernas. La tensión debida a las largas horas al volante me había entumecido la espalda y el cuello. Fui andando hasta el borde del pavimento. El campo estaba húmedo por obra de un aguacero temprano. La lluvia seguía cayendo pesadamente sobre las laderas de las montañas del sur, a poca distancia del lugar en que me hallaba. No obstante, exactamente delante de mí, ya fuese que mirara hacia el Este o hacia el Norte, el cielo se veía despejado. En determinados puntos de la sinuosa ruta había logrado divisar los azulinos picos de las sierras, resplandeciendo al sol a una gran distancia.
Tras pensarlo un momento, decidí dar la vuelta y regresar a la ciudad, porque había tenido la peculiar impresión de que iba a encontrar a don Juan en la plaza del mercado. Después de todo, eso era lo que había hecho siempre, hallarle en el mercado, desde el comienzo de mi relación con él. Por norma, si no daba con él en Sonora, me dirigía a México Central e iba al mercado de la ciudad del caso: tarde o temprano, don Juan se dejaría ver. Nunca le esperé más de dos días. Estaba tan habituado a reunirme con él de ese modo que tuve la más absoluta certeza de que volvería a hallarle, como siempre.
Aguardé en el mercado toda la tarde. Recorrí las naves una y otra vez, fingiendo buscar algo que adquirir. Luego esperé paseando por la plaza. Al anochecer comprendí que no vendría. Tuve entonces la clara impresión de que él había estado allí. Me senté en uno de los bancos de la plaza, en que solía reunirme con él, y traté de analizar mis sentimientos. Desde el momento de mi llegada a la ciudad, la firme convicción de que don Juan se encontraba en sus calles me había llenado de alegría. Mi seguridad se fundaba en mucho más que el recuerdo de las incontables veces en que le había hallado allí; sabía físicamente que él me estaba buscando. Pero entonces, en el momento en que me senté en el banco, experimenté otra clase de extraña certidumbre. Supe que él ya no estaba allí. Se había ido y yo le había perdido.
Pasado un rato, dejé de lado mis especulaciones. Llegué a la conclusión de que el lugar estaba comenzando a afectarme. Iba a caer en lo irracional, como siempre me había sucedido al cabo de unos pocos días en la zona.
Fui a mi hotel a descansar unas horas y luego salí nuevamente a vagar por las calles. Ya no tenía las mismas esperanzas de hallar a don Juan. Me di por vencido y regresé al hotel con el propósito de dormir bien durante la noche.
Por la mañana, antes de partir hacia las montañas, recorrí las calles en el coche; no obstante, de alguna manera, sabía que estaba perdiendo el tiempo. Don Juan no estaba allí.
Me tomó toda la mañana llegar al pueblo en que vivían Pablito y Néstor. Arribé a él cerca del mediodía. Don Juan me había acostumbrado a no entrar nunca al pueblo con el automóvil, para no excitar la curiosidad de los mirones. Todas las veces que había estado allí, me había apartado del camino, poco antes de la entrada al pueblo, y pasado por un terreno llano en que los muchachos solían jugar al fútbol. La tierra estaba allí bien apisonada y permitía alcanzar una huella de caminantes lo bastante ancha para dar paso a un automóvil y que llevaba a las casas de Pablito y de Néstor, situadas al pie de las colinas, al sur del poblado. Tan pronto como alcancé el borde del campo descubrí que la huella se había convertido en un camino de grava.
Dudé acerca de qué era lo más conveniente: si ir a la casa de Néstor o a la de Pablito. La sensación de que no estarían allí persistía. Opté por dirigirme a la de Pablito; tuve en cuenta el hecho de que Néstor vivía solo, en tanto Pablito compartía la casa con su madre y sus cuatro hermanas. Si él no se encontraba allí, las mujeres me ayudarían a dar con él. Al acercarme, advertí que el sendero que unía el camino con la casa había sido ensanchado. El suelo daba la impresión de ser firme y, puesto que había espacio suficiente para el coche, fui en él casi hasta la puerta de entrada. A la casa de adobe se había agregado un nuevo portal con techo de tejas. No hubo perros que ladrasen, pero vi uno enorme, que me observaba alerta, sentado con calma tras una cerca. Una bandada de polluelos, que hasta ese momento habían estado comiendo frente a la casa, se dispersó cacareando. Apagué el motor y estiré los brazos por sobre la cabeza. Tenía el cuerpo rígido.
La casa parecía desierta. Pensé por un instante en la posibilidad de que Pablito y su familia se hubiesen mudado y alguna otra gente viviese allí. De pronto, la puerta delantera se abrió con estrépito y la madre de Pablito salió como si alguien la hubiese empujado. Me miró distraídamente un momento. Cuando bajé del coche pareció reconocerme. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo y se apresuró a acercarse a mí. Lo primero que se me ocurrió fue que habría estado dormitando y que el ruido del motor la habría traído a la vigilia; y al salir a ver qué sucedía, le hubiese costado comprender en un primer momento de quién se trataba. Lo incongruente de la visión de la anciana corriendo hacia mí me hizo sonreír. Al acercarse, experimenté cierta duda fugaz. El modo en que se movía revelaba una agilidad que en modo alguno se correspondía con la imagen de la madre de Pablito.
– ¡Dios mío! ¡Qué sorpresa! -exclamó.
– ¿Doña Soledad? -pregunté, incrédulo.
– ¿No me reconoces? -replicó, riendo.
Hice algunos comentarios estúpidos acerca de su sorprendente agilidad.
– ¿Por qué siempre me tomas por una anciana indefensa? -preguntó, mirándome con cierto aire de desafío burlón.
Me reprochó abiertamente el hecho de haberla apodado «Señora Pirámide». Recordé que en cierta oportunidad había comentado a Néstor que sus formas me recordaban las de una pirámide. Tenía un ancho y macizo trasero y una cabeza pequeña y en punta. Los largos vestidos que solía usar contribuían al efecto.
– Mírame -dijo. ¿Sigo teniendo el aspecto de una pirámide?
Sonreía, pero sus ojos me hacían sentir incómodo. Intenté defenderme mediante una broma, pero me interrumpió y me interrogó hasta obligarme a admitir que yo era el responsable del mote. Le aseguré que lo había hecho sin ninguna mala intención y que, de todos modos, en ese momento se la veía tan delgada que sus formas podían recordarlo todo menos una pirámide.
– ¿Qué le ocurrió, doña Soledad? -pregunté-. Está transformada.
– Tú lo dijiste -se apresuró a responder-. ¡He sido transformada!
Yo lo había dicho en sentido figurado. No obstante, tras un examen más detallado, me vi en la necesidad de admitir que no había lugar para la metáfora. Francamente, era otra persona. De pronto, me vino a la boca un sabor metálico, seco. Tenía miedo.
Puso los brazos en jarras y se quedó allí parada, con las piernas ligeramente separadas, enfrentándome. Llevaba una falda fruncida verdosa y una blusa blanquecina. La falda era más corta que aquellas qué solía usar. No veía su cabello; lo llevaba ceñido por una cinta ancha, una tela dispuesta a modo de turbante. Estaba descalza y golpeaba rítmicamente el suelo con sus grandes pies, mientras sonreía con el candor de una jovencita. Nunca había visto a nadie que irradiase tanta energía. Advertí un extraño destello en sus ojos, un destello turbador pero no aterrador. Pensé que era posible que nunca hubiese observado su aspecto cuidadosamente. Entre otras cosas, me sentía culpable por haber dejado de lado a mucha gente durante los años pasados junto a don Juan. La fuerza de su personalidad había logrado que todo el mundo me pareciese pálido y sin importancia.
Le dije que nunca había supuesto que pudiese ser dueña de tan estupenda vitalidad, que mi indiferencia no me había permitido conocerla en profundidad y que era indudable que debía replantearme el conjunto de mis relaciones con la gente.
Se me acercó. Sonrió y puso su mano derecha en la parte posterior de mi brazo izquierdo, dándome un ligero apretón.
– De eso no hay duda -susurró a mi oído.
Su sonrisa se heló y sus ojos se pusieron vidriosos. Estábamos tan cerca que sentía sus pechos rozar mi hombro izquierdo. Mi incomodidad aumentaba a medida que hacía esfuerzos por convencerme de que no había razón alguna para alarmarme. Me repetía una y otra vez que realmente nunca había conocido a la madre de Pablito, y que, a pesar de lo extraño de su conducta, lo más probable era que estuviese actuando según los dictados de su personalidad normal. Pero una parte de mi ser, atemorizada, sabía que ninguno de esos pensamientos servía para otra cosa que no fuese darme fuerzas, que carecían de fundamento, porque, más allá de la poca o mucha atención que hubiese prestado a su persona, no sólo la recordaba muy bien, sino que la había conocido muy bien. Representaba para mí el arquetipo de una madre; la suponía cerca de los sesenta años, o algo más. Sus débiles músculos arrastraban con extrema dificultad su voluminoso físico. Su cabello estaba lleno de hebras grises. Era, en mi recuerdo, una triste, sombría mujer, con rasgos delicados y nobles, una madre abnegada y sufriente, siempre en la cocina, siempre cansada. También recordaba su amabilidad y su generosidad, y su timidez, una timidez, que la llevaba incluso a adoptar una actitud servil con todo aquel que hallase a su alrededor. Tal era la imagen que tenía de ella, reforzada por años de encuentros casuales. Ese día, había algo terriblemente diferente. La mujer que tenía frente a mí no se correspondía en lo más mínimo con mi concepción de la madre de Pablito, y, no obstante, se trataba de la misma persona, más delgada y más fuerte, veinte años menor, a juzgar por su aspecto, que la última vez que la había visto. Sentí un escalofrío.
Dio un par de pasos delante de mí y me miró de frente.
– Déjame verte -dije. El Nagual nos dijo que eras un demonio.
Recordé entonces que ninguno de ellos -Pablito, su madre, sus hermanas y Néstor- gustaba de pronunciar el nombre de don Juan, y le llamaban «el Nagual», término que yo también había adoptado para las conversaciones que sosteníamos.
Osadamente, puso las manos sobre mis hombros, cosa que jamás había hecho. Mi cuerpo se puso tenso. En realidad, no sabía qué decir. Sobrevino una larga pausa, que me permitió considerar mis posibilidades. Tanto su aspecto como su conducta me habían aterrado a tal punto que había olvidado preguntarle por Pablito y Néstor.
– Dígame, ¿dónde está Pablito? -le pregunté, experimentando un súbito recelo.
– Oh, se ha ido a las montañas -me replicó con tono evasivo, a la vez que se apartaba de mí.
– ¿Y Néstor?
Desvió la mirada, tratando de aparentar indiferencia.
– Están juntos en las montañas -dijo en el mismo tono.
Me sentí aliviado y le dije que había sabido, sin la menor sombra de duda, que se encontraban bien.