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– Te dar bono spectácolo -me aseguró-. «Figuras ante un espejo» es sólo excitar, preparar. Cuando estés caluroso, díceme que pare.

Desde el corredor donde estábamos, entramos en un cuarto siniestro y oscuro. Las ventanas estaban cubiertas con pesadas cortinas. Había focos de bajo voltaje en unas lámparas que colgaban de la pared. Los focos tenían forma de tubos y salían de la pared misma en ángulo recto. Había un si

– La cama en otra sala, amor -dijo apuntando al otro lado del cuarto-. Ésta es mi antisala. Aquí, dar spectácolo, calor, presto.

Se quitó la bata roja, se quitó las zapatillas con una ligera patada y abrió las puertas dobles de dos armarios que estaban el uno junto al otro contra la pared. En cada puerta interior había un espejo de cuerpo entero.

– Y alora, la música, nene -dijo Madame Ludmila, y le dio cuerda a una Vitrola que parecía nueva de lo brillosa que estaba. Puso un disco. La música era una melodía hechizante que me recordaba a una marcha de circo-. Y ahora, mi spectácolo -dijo, y empezó a dar vueltas al compás de la melodía hechizante.

La piel del cuerpo de Madame Ludmila era tersa en su mayor parte, y extraordinariamente blanca, aunque no era joven. Era una cuarentona de años plenos y bien vividos. Tenía un poco de barriga y le colgaban sus pechos voluminosos. La piel de la cara también le colgaba en una papada. Tenía una nariz pequeña y labios rojos muy pintados. Llevaba muchísimo rímel negro. Me recordaba al prototipo de la prostituta envejecida. Sin embargo, tenía un aire de niña, un abandono y una confianza juvenil, una dulzura que me sacudía.

– Y ahora: «Figuras ante un espejo» -anunció Madame Ludmila mientras continuaba la música-. ¡Pierna, pierna, pierna! -dijo, dando una patada en el aire con una pierna y luego la otra al compás de la música.

Tenía la mano derecha encima de la cabeza como una niña que se siente insegura de hacer bien los movimientos.

– ¡Vuelta, vuelta, vuelta! -dijo dando de vueltas como un trompo-. ¡Culo, culo, culo! -dijo luego, mostrándome su trasero desnudo como bailarina de cancán.

Repitió la secuencia una y otra vez hasta que la música empezó a perderse al acabársele la cuerda a la Vitrola. Tuve la sensación de que Madame Ludmila iba dando vueltas a la distancia, volviéndose más y más pequeña a medida que la música se perdía. Una desesperanza y una soledad cuya existencia no conocía en mí, salió a la superficie desde lo más profundo de mi ser y me impulsó a levantarme y salir corriendo del cuarto; a bajar las escaleras como un loco, a salir corriendo del edificio, a la calle.

Eddie estaba de pie junto a la puerta, conversando con los dos hombres de trajes azulclaro brillosos. Al verme correr así, empezó a reírse estrepitosamente.

– Dime, muchacho, ¿no te pareció una bomba? -dijo, todavía aparentando ser americano-. «Figuras ante un espejo es sólo excitación, preparar…» ¡Qué cosa! ¡Qué cosa!

La primera vez que le mencioné la historia a don Juan, le había dicho que me había afectado profundamente la melodía hechizante y la vieja prostituta dando vueltas torpemente al compás de la música. Y que también me había afectado darme cuenta de cuán insensible era mi amigo.

Cuando terminé de recontar mi historia a don Juan, sentados allí en las colinas de la cordillera de Sonora, estaba temblando, misteriosamente afectado por algo indefinido.

– Esa historia -dijo don Juan- debe estar en tu álbum de sucesos memorables. Tu amigo, sin tener ninguna idea de lo que estaba haciendo, te dio, como él mismo dijo, algo que te va a durar toda una vida.

– Yo la veo simplemente como una historia triste, don Juan, pero eso es todo -declaré.

– Cierto, es una historia triste, igual que tus otras historias -contestó don Juan-, pero lo que la hace diferente y memorable es que nos afecta a cada uno de nosotros como seres humanos, no sólo a ti, como en tus otros cuentos. ¿No ves? Como Madame Ludmila, cada uno de nosotros, joven o viejo, de una manera u otra, está haciendo figuras ante un espejo. Haz cuenta de lo que sabes de la gente. Piensa en cualquier ser humano sobre esta tierra, y sabrás sin duda alguna, que no importa quién sea, o lo que piensen de ellos mismos, o lo que hagan, el resultado de sus acciones es siempre el mismo: insensatas figuras ante un espejo.