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Empecé a trabajar en serio. Me tomó meses revisar experiencias de mi vida que creía significativas para mí. Sin embargo, al examinar mi colección, me di cuenta de que se trataba de ideas sin sentido alguno. Los sucesos que recordaba eran vagos puntos de referencia que recordaba de manera abstracta. Otra vez, tuve la sospecha inquietante de que me habían criado para actuar sin jamás sentir nada.

Uno de los sucesos más vagos que recordé, y que quería hacer memorable a cualquier costo, fue el día en que supe que me habían admitido a la escuela de estudios superiores de UCLA. Pero por más que trataba, no me acordaba qué estaba haciendo ese día. No tenía nada fuera de común o interesante aparte de la idea de que quería que fuera memorable. El ingresar en el programa de estudios superiores debería haberme hecho sentir orgulloso o feliz, pero no fue así.

Otra muestra de mi colección fue el día en que casi contraje matrimonio con Kay Condor. Su apellido no era en verdad Condor, pero se lo había cambiado porque quería ser actriz. Su paso a la fama era que se parecía a Carole Lombard. Ese día me era memorable no tanto por los sucesos que se llevaron a cabo, sino porque ella era bella y quería casarse conmigo. Me llevaba una cabeza de altura, lo cual la hacía de lo más interesante.

Me encantaba la idea de casarme con una mujer alta en una iglesia. Me alquilé un traje de frac, gris. Los pantalones me quedaban demasiado anchos para mi estatura. No eran de campana; simplemente eran anchos y me molestaban terriblemente. Otra cosa que me molestaba era que las mangas de la camisa color rosa que había comprado para la ceremonia eran demasiado largas, sobrándoles unos diez centímetros; tenía que ajustármelas con unas gomas. Fuera de eso, todo iba perfectamente hasta el momento en que los invitados y yo nos enteramos de que Kay Condor se había arrepentido y no iba a aparecer.

Como jovencita bien educada, me mandó una carta de disculpa por un mensajero que llegó en motocicleta. Escribió que, como no creía en el divorcio, no se podía comprometer con alguien que no compartía del todo sus perspectivas sobre la vida. Me recordó que siempre me reía cuando pronunciaba el nombre «Condor», lo cual revelaba la falta de respeto que guardaba para su persona. Dijo que había hablado del asunto con su madre. Ambas me querían muchísimo, pero no lo suficiente para que formara parte de aquella familia. Añadió que, valiente y sagazmente, todos teníamos que enfrentarnos a nuestras pérdidas.

Mi mente estaba paralizada. Cuando traté de recordar ese día, no me acordaba si me sentí horriblemente humillado por haberme quedado allí delante de toda esa gente con ese traje de frac gris de pantalones anchos, o si me sentí mal porque Kay Condor no se casó conmigo.

Éstos eran los únicos dos sucesos que era capaz de ver aisladamente y con claridad. Eran ejemplos pobres, pero después de machacar, había logrado adornarlos como cuentos de aceptación filosófica. Me consideré un ser sin verdaderos sentimientos, alguien que solamente tiene una visión intelectual acerca de todo. Tomando las metáforas de don Juan como modelo, hasta construí una propia: un ser que vive su vida de forma indirecta en términos de lo que debería ser.

Creía, por ejemplo, que el día que me admitieron a la escuela de estudios superiores de UCLA, debería haber sido un día memorable. Como no lo fue, hice lo mejor que pude para imbuirlo de una importancia que estaba lejos de sentir. Algo semejante pasó con el día que casi me casé con Kay Condor. Debía haber sido un día devastador para mí pero no lo fue. Al momento de recordarlo, supe que no había nada allí e hice lo que pude para construir lo que debería haber sentido.

En la siguiente visita que hice a la casa de don Juan, le presenté en cuanto llegué mis dos muestras de sucesos memorables.

– Éstas son puras tonterías -declaró-. Nada de esto sirve. Estas historias están ligadas exclusivamente a ti como persona que piensa, siente, llora o no siente nada. Los sucesos memorables del álbum del chamán son asuntos que aguantan la prueba del tiempo porque no tienen nada que ver con él, y sin embargo, él está en medio de ellos. Siempre estará en medio de ellos, por lo que dure su vida y quizá más allá, aunque no de manera del todo personal.

Sus palabras me desanimaron, me dejaron del todo derrotado. En esos días, yo sinceramente pensaba que don Juan era un viejo intransigente que encontraba un deleite especial en hacerme sentir imbécil. Me recordaba a un maestro artesano que había conocido en la fundación de un escultor donde trabajaba mientras estudiaba en una escuela de arte. El maestro criticaba y encontraba fallas en todo lo que hacían sus aprendices avanzados, y exigía que corrigieran su obra según sus recomendaciones. Los aprendices se daban vuelta fingiendo hacer las correcciones. Recuerdo el deleite del maestro cuando, al presentarle la misma obra, decía: «Ahora sí tienes algo que vale».

– No te sientas mal -dijo don Juan sacándome de mis recuerdos-. Durante mis tiempos estaba en las mismas. Durante años, no sólo no sabía qué seleccionar, sino que pensaba que no tenía experiencias de dónde seleccionar. Parecía que nada me había pasado nunca. Claro que todo me había pasado, pero en mi esfuerzo de defender la idea de mí mismo, no tenía ni el tiempo ni la inclinación para darme cuenta de nada.

– ¿Me puede decir, don Juan, específicamente, qué tienen de malo mis historias? Ya sé que no son nada, pero el resto de mi vida es exactamente igual.

– Voy a repetirte esto -me dijo-. Las historias del álbum del guerrero no son personales. Tu historia del día en que te admitieron a la escuela no es más que una afirmación de ti mismo en el centro de todo. Sientes, no sientes; te das cuenta, no te das cuenta. ¿Entiendes? Toda la historia tiene que ver contigo.

– ¿Cómo puede ser de otra forma, don Juan? -le pregunté.

– En el otro cuento, casi llegas a lo que quiero, pero lo das vuelta y lo conviertes en algo en extremo personal. Ya sé que puedes añadir más detalles, pero esos detalles no son nada más que una extensión de tu persona.

– Sinceramente, no entiendo lo que quiere usted, don Juan -protesté-. Cada historia vista a través de los ojos del testigo, tiene que ser a fuerza, personal.

– Claro, claro, por supuesto -me dijo sonriendo, disfrutando como siempre de mi confusión-. Pero en ese caso, no son historias para el álbum de un guerrero. Son historias con otros propósitos. Los sucesos memorables que buscamos tienen el toque oscuro de lo impersonal. Ese toque los impregna. No sé cómo explicártelo de otra forma.

En aquel momento creí tener un momento de inspiración y creí que comprendía lo que él quería decir con «el toque oscuro de lo impersonal». Creí que se refería a algo un poco mórbido. Eso es lo que significaba para mí la oscuridad. Le relaté entonces una historia de mi niñez.

Uno de mis primos mayores estaba en la escuela de medicina. Era interno y un día me llevó al depósito de cadáveres. Me aseguró que un joven tenía que ver a los muertos porque formaba parte de la educación de uno; demostraba lo transitorio de la vida. Continuó arengándome para convencerme que fuera. Cuanto más hablaba de la poca importancia que teníamos como muertos, más despertaba mi curiosidad. Nunca había visto un cadáver. Finalmente, mi curiosidad por presenciar uno me venció y fui con él.

Me mostró varios cadáveres y logró asustarme por completo. No les vi nada de educativo ni esclarecedor. Eran, francamente, la cosa más aterradora que había visto jamás. Mientras me hablaba, seguía consultando su reloj como si esperara a alguien en cualquier momento. Obviamente, quería que me quedara en el depósito más tiempo de lo que permitían mis fuerzas. Siendo la criatura competitiva que era, creí que estaba poniendo a prueba mi resistencia, mi hombría. Apreté los dientes y decidí aguantarme hasta el final.

El final llegó de maneras que nunca hubiera soñado. Un cadáver que estaba cubierto con una sábana, se movió con un fuerte estertor sobre la mesa de mármol donde yacían los otros, como si se preparara para levantarse. Hizo un ruido como de eructo, tan terrible que me pasó por el cuerpo como una ráfaga de fuego, y que quedará en mi recuerdo para siempre. Mi primo, el médico, el científico, me explicó que era el cadáver de un hombre que había muerto de tuberculosis, y que sus pulmones habían sido comidos por bacilos que dejaron enormes agujeros llenos de aire, y que en casos como ése, cuando el aire cambiaba de temperatura, forzaba al cuerpo a sentarse o, por lo menos, a sufrir convulsiones.

– No, todavía no llegas -dijo don Juan sacudiendo la cabeza-. Ésta es simplemente una historia acerca de tu susto. A mí también me hubiera asustado; sin embargo, un susto como ése no ilumina el camino. Pero tengo curiosidad de saber qué te pasó.

– Eché gritos como un loco -le dije-. Mi primo me llamó cobarde, cagueta por esconder mi cara contra su pecho y por enfermarme del estómago y vomitar encima de él.

Estaba definitivamente metido en las hileras mórbidas de mi vida. Recordé otra historia acerca de un chico de dieciséis años que conocí en la preparatoria, que sufría de una enfermedad de las glándulas, y como resultado creció a una altura gigantesca. Su corazón, sin embargo, no creció al mismo paso y un día se murió de un ataque cardíaco. Fui con otro chico a la mortuoria de pura curiosidad mórbida. El empresario de pompas fúnebres, que era quizá más mórbido que nosotros dos juntos, abrió la puerta de atrás y nos dejó pasar. Nos mostró su obra maestra. Había puesto al gigantesco muchacho, que medía más de dos metros y treinta centímetros, en un ataúd de una persona normal, cortándole las piernas. Nos mostró cómo las había dispuesto: el chico llevaba las piernas en sus brazos como dos trofeos.

El susto que experimenté fue semejante al que había experimentado de niño en el depósito de cadáveres, pero este nuevo susto no era una reacción física, sino una reacción de repugnancia psicológica.

– Casi, casi -dijo don Juan-. Pero tu historia es todavía demasiado personal. Es horrenda. Me enferma, pero veo grandes posibilidades.

Don Juan y yo nos reímos del horror que se encuentra en las situaciones de la vida cotidiana. A estas alturas me había perdido sin esperanza alguna en las hileras mórbidas que había atrapado y liberado. Le conté la historia de mi mejor amigo, Roy Oríndeoro. En realidad, tenía un apellido polaco, pero sus amigos le llamaban Oríndeoro porque lo que tocaba se volvía oro; era un maravilloso hombre de negocios.

Su don para los negocios lo hizo super-ambicioso. Quería ser el hombre más rico del mundo. Pero se dio cuenta de que había demasiada competencia. Según él, trabajando solo no podía competir, digamos, con el líder de una secta islámica que en aquel tiempo, era remunerado con su peso en oro cada año. El líder engordaba todo lo que podía antes de que lo pesaran.