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La continuidad y el orden de la explicación de don Juan habían sido, para mí, magistrales. No tenía en qué contribuir. Me dejó con una sensación de misterio y de expectativas no expresadas que esperaban cumplirse.
Al momento de llegar a mi próxima visita con don Juan, comencé mi conversación preguntándole ansiosamente algo que venía cavilando.
– ¿Hay posibilidad, don Juan, de que existan los fantasmas y las apariciones?
– Lo que llamas fantasma o aparición -dijo-, al ser examinado a fondo por un chamán, se reduce a una cosa: es posible que cualquiera de estas apariciones fantasmales pudiera ser una conglomeración de campos de energía que tiene conciencia, y que nosotros convertimos en cosas que conocemos. Si es éste el caso, entonces las apariciones tienen energía. Los chamanes los llaman configuraciones-generaradoras-de-energía. O no emanan energía, en cuyo caso son creaciones fantasmagóricas, por lo general de una persona muy fuerte en términos de conciencia.
– Un cuento que me ha intrigado inmensamente -continuó don Juan-, es el que me contaste una vez acerca de tu tía. ¿Te acuerdas?
Le había contado a don Juan que cuando tenía catorce años había ido a vivir a la casa de la hermana de mi padre. Vivía en una casa enorme de tres patios con habitaciones entre cada uno de ellos -alcobas, salas, etc.-. El patio de la entrada era muy austero, y estaba embaldosado. Me dijeron que era una casa colonial y que este primer patio era donde habían entrado los carruajes tirados por caballos. El segundo patio era una hermosa huerta por la cual cruzaban caminitos de ladrillo de diseños moriscos, y estaba lleno de frutales. El tercer patio estaba cubierto de macetas que colgaban de los aleros del techo, jaulas de pájaros y en medio, un surtidor de estilo colonial, como también una gran parte cercada con tela de alambre donde se encontraban los preciados gallos de pelea de mi tía, la gran predilección de su vida.
Mi tía puso a mi disposición un apartamento entero justo en frente de la huerta de frutales. Pensé que me lo iba a pasar de lo mejor. Podía comerme toda la fruta que quería. Nadie de allí tomaba la fruta de esos árboles por razones que nunca me divulgaron. En la casa vivían mi tía, una mujer alta, rechoncha, de cara redonda que lindaba en los cincuenta, muy jovial y gran anecdotista, llena de excentricidades que escondía detrás de un aspecto muy formal y la apariencia de un catolicismo muy devoto. Había un mayordomo, un hombre alto e imponente de unos cuarenta años de edad que había sido sargento mayor del ejército y que había sido atraído a este puesto de mayor pago, en que le hacía de mayordomo, guardaespaldas y hombre de casa para mi tía. Su mujer, una bellísima joven, era la compañera, confidente y cocinera de mi tía. La pareja tenía una hija, una niña rechonchita que se parecía exactamente a mi tía. Tan fuerte era la semejanza que mi tía la había adoptado legalmente.
Estas cuatro eran las personas más tranquilas que jamás había conocido. Llevaban una vida muy sosegada, alterada sólo por las excentricidades de mi tía, que de improviso decidía hacer un viaje, o comprar nuevos y prometedores gallos de pelea, entrenarlos y organizar peleas en las que se apostaban grandes sumas de dinero. Se ocupaba de sus gallos de pelea con gran cariño, a veces dedicándoles todo el día. Para evitar que la hirieran de un espolonazo, se ponía guantes de cuero gruesos y mallas tiesas de cuero.
Me pasé dos meses estupendos en casa de mi tía. Me daba clases de música por la tarde y me contaba historias interminables de mis antepasados. Mi situación era ideal porque podía salir con mis amigos y nunca tenía que rendirle cuentas a nadie de la hora de mi regreso. A veces me pasaba horas sin dormirme, acostado sobre mi cama. Dejaba abierta la ventana para que la habitación se llenara de la fragancia de los azahares. Cuando reposaba allí despierto, podía oír a alguien que caminaba por el pasillo que corría a lo largo de la propiedad al lado norte, y que unía todos los patios de la casa. Este corredor tenía unos arcos hermosos y piso de baldosas. Había cuatro bombillas de bajo voltaje que apenas lo alumbraban, luces que a diario se encendían a las seis de la tarde y que se apagaban a las seis de la mañana.
Le pregunté a mi tía si alguien caminaba de noche y se acercaba a mi ventana, porque quien fuera el caminante siempre se detenía junto a mi ventana, daba la vuelta y regresaba a la entrada principal de la casa.
– No te preocupes por tonterías, Bebé -me dijo sonriendo, mi tía.
– Seguramente es mi mayordomo haciendo la ronda. ¡No es nada! ¿Te asustó?
– No, no me dio miedo -dije-. Es que me entró la curiosidad de por qué tu mayordomo se acerca a mi habitación todas las noches. A veces sus pasos me despiertan.
Pasó por alto mi pregunta como si no fuera gran cosa, diciéndome que, como el mayordomo había sido militar, estaba acostumbrado a hacer sus rondas como centinela. Acepté su explicación sin más.
Un día le dije al mayordomo que sus pasos eran demasiado fuertes y que hiciera su ronda por mi ventana con mayor cuidado para dejarme dormir en paz.
– ¡No sé a qué te refieres! -me dijo con una voz ronca.
– Mi tía me dijo que haces la ronda de noche -le dije.
– ¡Nunca hago tal cosa! -me dijo, los ojos llenos de disgusto.
– ¿Pero, entonces quién pasa por mi ventana?
– Nadie pasa por tu ventana. Te lo estás imaginando. Vete a dormir. No andes armando escándalo. Te lo digo por tu propio bien.
Lo peor que me pudieran decir en aquellos años era eso de «mi propio bien». Esa noche, tan pronto como oí los pasos, me levanté de la cama y me puse detrás de la pared que daba a la entrada de mi apartamento. Cuando, por mis cálculos, el caminante estaba junto a la segunda bombilla, saqué la cabeza y me asomé al corredor. De pronto, los pasos se detuvieron y no había nadie a la vista. El corredor, apenas alumbrado, estaba vacío. Si alguien caminaba allí, no hubiera tenido tiempo para esconderse porque no había dónde. Sólo había paredes vacías.
Mi susto fue tan inmenso que desperté a toda la casa con mis gritos. Mi tía y su mayordomo trataron de calmarme diciéndome que me lo estaba imaginando, pero mi agitación era tan intensa que los dos confesaron finalmente, con cierta vergüenza, que algo que ellos desconocían recorría la casa de noche.
Don Juan había dicho que casi seguro que era mi tía la que caminaba de noche; es decir, algún aspecto de su conciencia sobre el cual no ejercía su voluntad. Él creía que este fenómeno obedecía a un sentido de juego o de misterio que ella cultivaba. Don Juan estaba seguro de que no era ningún disparate pensar que mi tía en algún nivel subliminal, no sólo hacía que se oyeran estos ruidos, sino que era capaz de manipulaciones de conciencia mucho más complejas. Don Juan también había dicho que para ser del todo justo tenía que reconocer que los pasos podían ser producto de la conciencia inorgánica.
Don Juan dijo que los seres inorgánicos que poblaban nuestro mundo gemelo eran considerados, por los chamanes de su linaje, como nuestros parientes. Los chamanes creían que era inútil hacer amistad con nuestros familiares porque las exigencias que conllevaban tales amistades siempre eran exorbitantes. Dijo que ese tipo de ser inorgánico que es primo hermano nuestro, se comunica con nosotros incesantemente, pero que su comunicación no ocurre al nivel consciente de la conciencia. En otras palabras, sabemos de ellos de manera subliminal, mientras que ellos saben todo acerca de nosotros de manera deliberada y consciente.
– ¡La energía de nuestros primos hermanos no vale un pepino! -siguió don Juan-. Están tan jodidos como nosotros. Digamos que los seres orgánicos y los seres inorgánicos de nuestros mundos gemelos son hijos de dos hermanas que viven una al lado de la otra. Son totalmente iguales aunque parezcan distintos. No pueden ayudarnos, y no podemos ayudarlos. Quizá pudiéramos unirnos y fundar una empresa familiar fabulosa, pero esto no ha sucedido. Ambas ramas de la familia son extremadamente sensibles y de nada se ofenden, algo normal entre primos hermanos tan sensibles. Lo esencial del asunto, según los chamanes del México antiguo, es que tanto los seres humanos como los seres inorgánicos de los mundos gemelos son enormes egomaniáticos.
Según don Juan, otra clasificación que los chamanes del México antiguo habían hecho de los seres inorgánicos era el de los exploradores, y con esto se referían a seres inorgánicos que surgían desde el fondo del universo y que poseían una conciencia infinitamente más aguda y veloz que la de los seres humanos. Afirmó don Juan que los antiguos chamanes habían perfeccionado sus esquemas de clasificación a lo largo de generaciones y que sus conclusiones eran que ciertos tipos de seres inorgánicos procedentes de la categoría de exploradores, a causa de su vivacidad, eran parecidos al hombre. Podían formar vínculos y establecer una relación simbiótica con los hombres. Los antiguos chamanes llamaban a este tipo de seres inorgánicos los aliados.
Don Juan explicó que el error crucial de esos chamanes, con referencia a este tipo de ser inorgánico, era el atribuir características humanas a esa energía impersonal y creer que podían utilizarla. Tomaban esos bloques de energía como sus ayudantes y contaban con ellos sin comprender que, siendo pura energía, no tenían el poder de sostener el esfuerzo.
– Te he dicho todo lo que hay que saber acerca de los seres inorgánicos -dijo don Juan de pronto-. La única manera que puedes comprobarlo es a través de la experiencia directa.
No le pregunté lo que quería que hiciera. Un terror profundo me sacudió el cuerpo con espasmos nerviosos que brotaron como erupción volcánica desde el plexo solar y se extendieron hasta los dedos de los pies subiendo por la parte superior del tronco.
– Hoy vamos a buscar unos seres inorgánicos -me anunció.
Don Juan me ordenó que me sentara sobre mi cama y que tomara de nuevo la postura que fomentaba el silencio interno. Seguí su orden con una facilidad inusitada. Normalmente me hubiera hecho el necio, no abiertamente quizás, pero aun así, hubiera tenido un momento de necedad. Tuve el vago pensamiento que durante el tiempo que tardé en sentarme, había entrado ya en un estado de silencio interno. Ya no pensaba con claridad. Sentí que me rodeaba una oscuridad impenetrable, dándome la sensación de que me estaba durmiendo. Mi cuerpo estaba completamente inerte, o bien porque no tenía la menor intención de dar órdenes para que se moviera, o bien porque no era capaz de formularlos.
Un momento después, me encontré con don Juan, caminando en el desierto de Sonora. Reconocí los alrededores; había estado allí tantas veces con él, que me sabía de memoria todos sus rasgos. Era el momento del atardecer y la luz del poniente me inundó en un estado de desesperación. Caminaba automáticamente, consciente de que mis pensamientos no acompañaban las sensaciones que sentía en mi cuerpo. No me estaba describiendo mi propio estado de ser. Quise decírselo a don Juan, pero el deseo de comunicarle mis sensaciones corporales se desvaneció en un instante.