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INTRODUCCIÓN
Este libro es una colección de los sucesos memorables de mi vida. Los coleccioné siguiendo la recomendación de don Juan Matus, un chamán yaqui de México, el cual como maestro se esforzó durante trece años en hacerme accesible el mundo cognitivo de los brujos que vivieron en México en tiempos antiguos. La sugerencia de don Juan de que yo reuniera esta colección de sucesos memorables, la hizo casualmente, como si se le hubiera ocurrido en ese momento. Ése era el estilo de enseñanza de don Juan. Encubría la importancia de ciertas maniobras detrás de lo mundano. Escondía, de esta manera, la punzada de la finalidad, presentándolas como algo que no difería de ninguna de las preocupaciones de la vida cotidiana.
Don Juan me reveló con el paso del tiempo que los chamanes del México antiguo habían concebido esta colección de sucesos memorables como una auténtica estratagema para remover reservas de energía que existen dentro del ser. Explicaban que estas reservas estaban compuestas de energía que tiene origen en el cuerpo mismo y que es desplazada por las circunstancias de nuestra vida cotidiana hasta quedar fuera del alcance. En ese sentido, esta colección de sucesos memorables era para don Juan, y para los chamanes de su linaje, el medio para redistribuir su energía inutilizada.
El requisito previo para esta colección era el acto genuino, llevado a cabo con todo el ser, de reunir la suma total de las emociones y las comprensiones de uno, sin dejar nada omiso. Según don Juan, los chamanes de su linaje estaban convencidos de que la colección de sucesos memorables era el vehículo para el ajuste emocional y energético necesario para aventurarse, en términos de percepción, a lo desconocido.
Don Juan describió la meta total del conocimiento chamánico que él manejaba como la preparación para enfrentarse al viaje definitivo, el viaje que todo ser humano tiene que emprender al final de su vida. Dijo que a través de su disciplina y resolución, los chamanes eran capaces de retener su conciencia y propósito individuales después de la muerte. Para ellos, el estado idealista y vago que el hombre moderno llama «la vida después de la muerte» es una región concreta repleta de asuntos prácticos de un orden diferente al de los asuntos prácticos de la vida cotidiana, y que sin embargo tienen una practicalidad funcional semejante. Don Juan consideraba que coleccionar los sucesos memorables en sus vidas era para los chamanes la preparación para entrar en esa región concreta que llamaban el lado activo del infinito.
Estábamos don Juan y yo conversando una tarde bajo su ramada, una estructura abierta construida de varas delgadas de bambú. Parecía un pórtico con techo que protegía un poco del sol, pero no de la lluvia. Había unas cajas fuertes y pequeñas, de esas que se utilizan para envíos de carga, que servían de bancas. Sus etiquetas de carga estaban desteñidas y parecían ser más de adorno que de identificación. Yo estaba sentado sobre una de ellas. Estaba reclinado con la espalda contra la pared frontal de la casa. Don Juan permanecía sentado en otra caja, reclinado contra una de las varas que servían de soporte a la ramada. Yo acababa de llegar hacía cinco minutos. Había sido un viaje en coche de todo un día, en un clima húmedo y caluroso. Estaba nervioso, inquieto y sudado.
Don Juan empezó a hablarme en cuanto me encontré cómodamente sentado sobre la caja. Con una amplia sonrisa, me comentó que la gente gorda casi nunca sabe combatir la gordura. La sonrisa que jugaba en sus labios me daba la impresión de que no se estaba haciendo el chistoso. Me estaba indicando, de la manera más indirecta y directa a la vez, que yo estaba gordo.
Me puse tan nervioso que volqué la caja en que estaba sentado y mi espalda golpeó con fuerza la delgada pared de la casa. El impacto sacudió la casa hasta sus cimientos. Don Juan me echó una mirada inquisitiva, pero en vez de preguntarme si estaba bien, me aseguró que no había dañado la casa. Entonces, en tono muy comunicativo, me explicó que esa casa era una vivienda provisional, que en realidad él vivía en otra parte. Cuando le pregunté dónde vivía, se me quedó mirando. No era una mirada de enojo; era más bien para disuadir preguntas inoportunas. No comprendí lo que quería. Estaba a punto de volver a hacer la misma pregunta cuando me detuvo.
– Aquí no se hacen preguntas de esa naturaleza -me dijo con firmeza-. Pregunta lo que quieras de procedimientos o de ideas. Cuando esté listo para decirte dónde vivo, si es que sucede alguna vez, te lo diré sin que me lo preguntes.
Instantáneamente me sentí rechazado. Sin querer, me enrojecí. Estaba completamente ofendido. La risotada de don Juan empeoró mi disgusto. No sólo me había rechazado, me había insultado y luego se había reído de mí.
– Vivo aquí temporalmente -prosiguió, sin prestar atención a mi mal humor-, porque éste es un centro mágico. La verdad es que vivo aquí por ti.
Su declaración me desconcertó. No lo podía creer. Pensé que lo decía para consolarme, para que no siguiera yo tan enojado.
– ¿De veras, vive usted aquí por mí? -le pregunté finalmente sin poder contener mi curiosidad.
– Sí -me dijo en tono sereno-. Te tengo que preparar. Eres como yo. Voy a repetirte lo que te he dicho anteriormente: la búsqueda de cada nagual o líder de cada generación de chamanes, consiste en encontrar un nuevo hombre o mujer, que, como él mismo, revele una doble estructura energética: yo vi esa característica en ti cuando estábamos en la estación de autobuses de Nogales. Cuando veo tu energía, veo dos bolas luminosas superpuestas, una encima de la otra, y esa característica nos une. No te puedo rechazar y tú no puedes rechazarme.
Sus palabras me agitaron profundamente. Hacía un instante estaba enojado, y ahora quería llorar.
Continuó, diciendo que quería iniciarme, respaldado por la fuerza de la región donde vivía, un centro de fuertes reacciones y emociones, en algo que los chamanes llamaban el camino del guerrero. Gente de guerra había vivido allí durante miles de años, impregnando el territorio con su preocupación por la guerra.
Don Juan vivía en aquel tiempo en el estado de Sonora, al norte de México, a unos ciento veinte kilómetros de la ciudad de Guaymas. Yo siempre lo visitaba allí bajo los auspicios de llevar a cabo mi trabajo de campo.
– ¿Necesito entrar en estado de guerra, don Juan? -le pregunté, sinceramente preocupado, luego de oírle decir que el preocuparme por la guerra era algo que yo necesitaría algún día. Ya había aprendido a tomar todo lo que me decía con la mayor seriedad.
– Puedes apostar lo que quieras -me contestó con una sonrisa-. Cuando hayas absorbido todo lo que hay aquí, me iré.
No tenía base para dudar de lo que me decía, pero no podía concebir que don Juan viviera en ninguna otra parte. Formaba un conjunto total con todo lo que lo rodeaba. Su casa, sin embargo, sí parecía ser provisional. Era una choza típica de los granjeros yaquis, construida de adobe, de techo plano de paja; consistía de una habitación grande que servía para comer y dormir, y de una cocina sin techo.
– Es muy difícil tratar con gente gorda -dijo.
Parecía ser una frase incongruente, pero no lo era. Don Juan estaba simplemente volviendo al tema que había introducido antes de que yo lo interrumpiera con el golpe de mi espalda contra la casa.
– Hace un momento, golpeaste mi casa como una de esas bolas de demolición -me dijo sacudiendo la cabeza de lado a lado-. ¡Qué impacto! Un impacto digno de un hombre robusto.
Tenía la inquietud de que me hablaba como alguien que ya no quiere lidiar con uno. Inmediatamente me puse a la defensiva. Me escuchó, con una sonrisita, mientras yo daba frenéticas explicaciones diciendo que mi peso era normal para mi estructura ósea.
– Claro -concedió en tono de broma-. Tienes huesos grandes. Seguramente te podrías echar otros veinte kilos fácilmente y nadie, te aseguro, nadie lo notaría. Yo no lo notaría.
Su sonrisa burlona me indicaba que definitivamente yo estaba rechoncho. Me preguntó entonces sobre mi salud en general y yo seguí hablando desesperadamente para desviar otros comentarios sobre mi peso. Él mismo cambió de tema.
– ¿Cómo van tus excentricidades y aberraciones? -me preguntó con cara impávida.
Como idiota, le respondí que marchaban bien. «Excentricidades y aberraciones» era el nombre que él le había dado a mi afán de coleccionista. En aquel momento, había vuelto con nuevo fervor a hacer algo que había disfrutado toda mi vida: coleccionar lo que fuera. Coleccionaba revistas, timbres, discos, parafernales de la Segun da Guerra Mundial como dagas, yelmos, banderas, etc.
– Lo único que le puedo contar de mis aberraciones, don Juan, es que estoy tratando de vender mis colecciones -dije con aire de un mártir a quien obligan a hacer algo odioso.
– Ser coleccionista no es tan malo -dijo como si verdaderamente lo creyera-. El quid del asunto no es que sea coleccionista, sino lo que uno colecciona. Tú eres coleccionista de porquerías, de cosas sin valor que te aprisionan como lo hace tu perro. No puedes irte cuando quieras si tienes que andar cuidando a tu mascota, o si tienes que preocuparte por lo que va a pasar con tus colecciones si no estás allí para cuidarlas.
– Pero, créamelo, sí ando buscando quien las compre -protesté.
– No, no; no pienses que te estoy acusando -me contestó-. Incluso, me gusta tu espíritu de coleccionista. Lo que no me gusta son tus colecciones, eso es todo. Me gustaría, sin embargo, utilizar tu ojo de coleccionista. Quisiera proponerte que hagas una colección que valga la pena.
Don Juan hizo una breve pausa. Parecía que buscaba la palabra adecuada; o era quizás una vacilación dramática, bien calculada. Me clavó con una mirada profunda y penetrante.
– Cada guerrero, obligatoriamente, colecciona material para un álbum especial -siguió don Juan-, un álbum que revela la personalidad del guerrero, un álbum que es testigo de las circunstancias de su vida.
– ¿Por qué le llama a esto una colección, don Juan? -le pregunté en tono alterado-. ¿O incluso, un álbum?
– Porque es ambas cosas -me respondió-. Pero sobre todo, es como un álbum de retratos hechos de recuerdos, retratos que surgen al recordar sucesos memorables.
– ¿Son esos sucesos memorables dignos del recuerdo de alguna manera especial?
– Son memorables porque tienen un significado especial en la vida de uno -dijo-. Lo que te propongo es que hagas tu álbum, incluyendo en él un recuento completo de los sucesos que han tenido un significado profundo para ti.
– Cada suceso de mi vida ha tenido un significado profundo para mí, don Juan -dije agresivamente, y al instante sentí el impacto de mi propia pomposidad.
– No es cierto -me dijo sonriendo, aparentemente gozando inmensamente mi reacción-. Todo suceso en tu vida no ha tenido un significado profundo. Hay unos cuantos, sin embargo, que considero capaces de haber cambiado algo para ti, de haberte iluminado el camino. Por lo general, los sucesos que cambian nuestro curso son asuntos impersonales, y a la vez extremadamente personales.
– No quiero ser necio, don Juan, pero créame, todo lo que me ha sucedido cabe en esa definición -dije, sabiendo muy bien que mentía.
En seguida, después de haber pronunciado esa frase, quise disculparme, pero don Juan no me prestó atención. Era como si yo no hubiera dicho nada.