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Debí haberme dormido con mi acostumbrada facilidad, porque soñé que estaba en el pueblo mexicano donde don Juan me había dicho que iba a encontrarme. Siempre me había intrigado ese pueblo. Había mercado una vez por semana y los agricultores que vivían en esa región traían sus productos para venderlos. Lo que me fascinaba más de ese pueblo era el camino pavimentado que conducía a él, que pasaba por una colina empinada a la misma entrada del pueblo. Muchas veces me había sentado en una banca junto a un puesto de quesos y había mirado hacia esa colina. Veía a la gente que llegaba al pueblo con sus burros y sus cargas, pero veía primero sus cabezas; al ir acercándose, veía más de sus cuerpos hasta el momento cuando estaban en la cima de la colina y les veía el cuerpo entero. Siempre me parecía que emergían de la tierra, lentamente o muy rápidamente, según su velocidad. En mi sueño, don Juan me esperaba junto al puesto de quesos. Me le acerqué.
– Lo lograste desde tu silencio interior -dijo, dándome una palmadita-. Pudiste llegar a tu punto de ruptura. Por un momento, empecé a perder esperanza. Pero me quedé, sabiendo que ibas a llegar.
En ese sueño, fuimos a dar un paseo. Estaba más feliz de lo que jamás había estado. El sueño era tan vivo, tan terriblemente real que me dejó sin ninguna duda de que había resuelto el problema, aunque el resolverlo había sido un sueño-fantasía.
Don Juan se rió, moviendo la cabeza. Definitivamente me había leído el pensamiento.
– No estás en un simple sueño -dijo-, pero ¿quién soy yo para decírtelo? Tú lo sabrás algún día, que no hay sueños desde el silencio interno, porque elegirás saberlo.