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»Los chamanes de tiempos antiguos, los que nos dieron el formato entero del chamanismo, creían que hay tristeza en el universo, como una fuerza, una condición como la luz, como el intento, y que esa fuerza pere
»La condición de los chamanes -siguió don Juan-, es que la tristeza para ellos es abstracta. No viene de codiciar o de necesitar algo o de la importancia personal. No viene del yo. Viene del infinito. La tristeza que sientes por no haberle dado las gracias a tu amigo ya tiende hacia esa dirección.
»Mi maestro, el nagual Julián -siguió-, era un actor fabuloso. Había trabajado profesionalmente en el teatro. Tenía un cuento predilecto que le gustaba contar en sus sesiones de teatro. Me empujaba a estados de terrible angustia con él. Decía que era un cuento para aquellos guerreros que lo tenían todo, y que sin embargo sentían el dardo de la tristeza universal. Yo siempre creía que me lo estaba contando a mí, personalmente.
Don Juan entonces hizo paráfrasis de su maestro, diciéndome que el cuento se refería a un hombre que sufría de una profunda melancolía. Acudió a los mejores médicos de su tiempo y cada uno de ellos fracasó al querer aliviarlo. Al fin llegó al despacho de un médico prominente, un curandero del alma. Le sugirió a su paciente, que a lo mejor encontraba consuelo y un fin a su melancolía, en el amor. El hombre respondió que el amor no era ningún problema para él, era amado como nadie más en el mundo. A continuación, el médico sugirió que quizás el paciente debería emprender un viaje y ver otras partes del mundo. El hombre respondió que, sin exagerar, había estado en todos los rincones del mundo. El médico recomendó pasatiempos como las artes, los deportes, etc. El hombre respondió a cada una de sus recomendaciones de igual manera: había hecho eso y no encontraba alivio. El médico sospechó que el hombre era, posiblemente, un mentiroso sin remedio. No podría haber hecho todas estas cosas, como mantenía. Pero como buen curandero, el médico tuvo una última inspiración.
– ¡Ah! -exclamó-. Le tengo la perfecta solución. Tiene usted que asistir a la función del mejor cómico de la época. Le va a encantar a tal extremo, que se va a olvidar de todos los vericuetos de su melancolía. ¡Tiene que asistir a la función del Gran Garrick!
Don Juan dijo que el hombre contempló al médico con la mirada más triste imaginable y dijo:
– Doctor, si eso es lo que me recomienda, estoy perdido. No tengo remedio. Yo soy el Gran Garrick.