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– Ah, claro que lo conozco -dijo jovialmente-. Se pudiera decir que somos buenos amigos. Sin esperar a que lo invitara, Jorge Campos entró en mi habitación y se sentó a la mesa justo en frente del balcón.

– ¿Vive el viejo por aquí? -pregunté.

– Claro que sí -me afirmó.

– ¿Me puede llevar con él?

– No veo por qué no -dijo-. Necesitaría un par de días para hacer mis indagaciones, es decir, para asegurar que anda por aquí, y luego iremos a verlo.

Sabía que me estaba mintiendo, y a la vez no lo quería creer. Hasta llegué a pensar que mi desconfianza inicial no tenía base. Tan convincente se mostraba.

– Sin embargo -continuó-, para poder ir a ver este hombre voy a tener que cobrarle un anticipo. Mi honorario va a ser de doscientos dólares.

Era más de lo que tenía a la mano. Le rehusé la oferta cortésmente y le dije que no llevaba bastante dinero.

– No quiero que piense que mi interés es puramente material -dijo con su sonrisa ganadora-, ¿pero cuánto puede gastar? Tiene que tomar en consideración qué voy a tener que pagar algunas mordidas. Los yaquis son muy guardados, pero siempre hay maneras; hay puertas que siempre se abren con una llave mágica: el dinero.

A pesar de mi recelo, estaba convencido de que Jorge Campos era no sólo mi vía de entrada al mundo yaqui, sino el medio de encontrar al viejo que me tenía tan intrigado. No quería regatear. Hasta me dio pena ofrecerle los cincuenta dólares que llevaba en el bolsillo.

– Estoy al final de mi estancia -le dije como disculpa-, así es que casi se me ha acabado el dinero. Sólo traigo cincuenta dólares.

Jorge Campos extendió sus largas piernas debajo de la mesa y cruzó los brazos detrás de la cabeza, inclinando el sombrero sobre la cara.

– Le acepto los cincuenta dólares y su reloj -me dijo desvergonzadamente-. Pero por ese dinero, lo llevo a conocer a un chamán menor. No se impaciente -me advirtió como si fuera yo a protestar-. Tenemos que subir grados por la escalera desde los de menor rango hasta el hombre mismo, que le aseguro está en la mera cima.

– ¿Y cuándo podré conocer a este chamán menor? -pregunté, dándole el dinero y mi reloj.

– ¡Ahora mismo! -contestó, sentándose y ávidamente tomando el dinero y el reloj-. ¡Vámonos, no hay tiempo que perder!

Nos subimos a mi coche y me dijo que me fuera hacia el pueblo de Potam, uno de los pueblos tradicionales yaquis que quedan por el Río Yaqui. En el camino, me reveló que íbamos a conocer a Lucas Coronado, un hombre conocido por sus hazañas chamánicas, sus trances chamanes y por las magníficas máscaras que hacía para los festivales de Pascua Florida yaqui.

Luego desvió la conversación al viejo y lo que dijo contradecía del todo lo que los otros me habían dicho. Mientras otros lo habían descrito como ermitaño y chamán jubilado, Jorge Campos lo describió como el curandero y brujo más famoso de la región, un hombre cuya fama lo había vuelto casi inaccesible. Hizo una pausa como un actor, y luego lanzó su golpe: me dijo que hablarle a este hombre en forma continua como lo desean los antropólogos iba a costarme por lo menos dos mil dólares.

Iba a protestar el enorme aumento de precio, pero se me adelantó.

– Por doscientos dólares, lo puedo llevar con él -dijo-. De esos doscientos dólares, gano yo unos treinta. Lo demás se va en mordidas. Pero le va a costar más hablar con él largamente. Usted mismo haga la cuenta. Tiene guardaespaldas, gente que lo protege. Tengo que ganármelos, y aparecer con el dinero necesario para ellos.

»Al terminar -continuó-, le entregaré un total con recibos y todo para sus impuestos. Y verá usted que la comisión que cobro para hacer los arreglos es mínima.

Sentí profunda admiración por él. Tenía conciencia de todo, hasta de los recibos para los impuestos. Se quedó callado por un rato como si estuviera haciendo cálculos de su ganancia mínima. Yo no tenía nada que decir. Estaba haciendo mis propios cálculos, tratando de pensar de dónde iba a sacar dos mil dólares. Hasta pensé en solicitar una beca.

– ¿Pero está seguro de que este anciano me va a recibir? -pregunté.

– Claro -me aseguró-. No sólo lo va a recibir, va a practicar brujería para usted por lo que le está pagando. Entonces, usted mismo hará sus arreglos con él sobre el costo de futuras lecciones.

Jorge Campos se calló de nuevo durante un rato, escudriñándome.

– ¿Cree que me pueda pagar los dos mil dólares? -me dijo con un tono de indiferencia tan marcado que de inmediato supe que era un embuste.

– Oh, claro, eso está dentro de mis posibilidades -le mentí para apaciguarlo.

No podía disimular su alegría.

– ¡Vaya, qué chavo! -aclamó-. ¡Vamos a divertirnos de lo lindo!

Traté de inquirir más acerca del viejo; me paró abruptamente.

– Guarda las preguntas para el viejo mismo. Va a estar en tus manos -me dijo sonriendo.

Empezó a contarme de su vida en los Estados Unidos y de sus ambiciones de hacer negocios y para mi total asombro, ya que lo había clasificado como un farsante que no hablaba ni gota de inglés, cambió al inglés.

– ¡Pero si habla inglés! -exclamé, sin pensar en disimular mi asombro.

– Claro, joven -dijo, afectando un acento tejano que mantuvo durante toda la conversación-. Le dije que lo estaba poniendo a prueba, para ver si era listo. Lo es. De hecho, es bastante listo, a mi parecer.

Su dominio del inglés era magnífico y estaba yo encantado con sus chistes y cuentos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Potam. Me dirigió a una casa en las afueras del pueblo. Nos bajamos del coche. Él caminó delante, llamando a Lucas Coronado en voz alta, en español.

Oímos una voz que venía desde el fondo de la casa, que decía, también en español: «Vengan por acá”.

Había un hombre detrás de una choza, sentado en el suelo sobre la piel de una cabra. Tenía entre los pies un pedazo de madera que estaba labrando con cincel y mazo. Al sostener el pedazo de madera rígido con la presión de los pies, había creado, por así decir, un estupendo torno de alfarero. Con los pies daba vueltas a la pieza mientras que con las manos trabajaba el cincel. Nunca había visto algo parecido. Estaba haciendo una máscara, ahuecándola con un cincel curvado. El dominio de sus pies al sostener la madera y dar la vuelta era notable.

El hombre era muy delgado; tenía una cara angular, con pómulos altos y una tez morena color cobre. La piel de la cara y del cuello parecían haberse estirado al máximo. Su bigote lacio le daba a esa cara angular una mirada malévola. Tenía una nariz aguileña de puente muy fino y unos ojos negros feroces. Sus cejas negrísimas parecían pintadas, como también su pelo negro peinado desde la frente hacia atrás. Nunca había visto una cara más hostil. La imagen que me vino a la mente al mirarlo era la de un envenenador italiano de la edad de los Médicis. Las palabras «truculento» y «saturnino» parecían ser las descripciones más acertadas al enfocar mi atención sobre la cara de Lucas Coronado.

Noté que al estar sentado sobre el suelo sosteniendo el pedazo de madera entre los pies, los huesos de sus piernas eran tan largos que las rodillas estaban a la par con los hombros. Cuando nos acercamos, dejó de trabajar y se puso de pie. Era más alto que Jorge Campos y flaquísimo. Como gesto de consideración a nosotros, supongo, se puso los guaraches.

– Pasen, pasen -dijo sin sonreír.

Tuve el pensamiento de que Lucas Coronado no sabía sonreír.

– ¿A qué debo el placer de esta visita? -le preguntó a Jorge Campos.

– Traigo a este joven porque quiere hacerle preguntas acerca de su arte -dijo Jorge Campos en un tono bastante condescendiente-. Le aseguré que le contestaría usted verídicamente a todas sus preguntas.

– Oh, eso no es ningún problema, ningún problema -afirmó Lucas Coronado, mirándome de arriba abajo con su mirada fría.

Cambió de idioma a lo que supuse era yaqui. Los dos, él y Jorge Campos se lanzaron a conversar animadamente por un rato. Los dos me ignoraron por completo. Luego Jorge Campos se volvió hacia mí.

– Tenemos un pequeño problema -me dijo-. Lucas acaba de informarme que está bastante ocupado porque se le vienen encima las fiestas, así es que no va a poder responder a todas sus preguntas, pero lo hará en otro momento.

– Desde luego, claro -me dijo Lucas Coronado en español-. En otro momento, por supuesto; en otro momento.

– Tenemos que acortar la visita -dijo Jorge Campos-, pero lo vuelvo a traer.

Al salir, me sentí con ganas de expresarle a Lucas Coronado mi admiración por su estupenda técnica de utilizar las manos y los pies. Me miró como si estuviera loco, abriendo los ojos con sorpresa.

– ¿Nunca ha visto a alguien hacer una máscara? -me siseó entre dientes-. ¿De dónde viene? ¿De Marte?

Me sentí un imbécil. Traté de explicarle que su técnica de trabajo me era nueva. Parecía a punto de darme un golpe en la cabeza. Jorge Campos me dijo en inglés que había ofendido a Lucas Coronado con mis comentarios. Había entendido mi adulación como una burla velada a su pobreza; mis palabras eran para él un pronunciamiento irónico sobre su pobreza y su desamparo.

– ¡Pero es lo opuesto! -dije-. Me parece magnífico.

– No intente decirle nada parecido -me contestó bruscamente Jorge Campos-. Esta gente está preparada a recibir y dar insultos de la manera más velada. A él le parece extraño que usted lo desprecie sin conocerlo y que se burle del hecho de que no tiene dinero para comprar un tornillo de banco para sostener su escultura.

Me sentía totalmente perdido. Lo menos que quería hacer era fastidiar mi único contacto posible. Jorge Campos parecía ser perfectamente consciente de mi confusión.

– Cómprele una de sus máscaras -me aconsejó.

Le dije que pensaba irme a Los Ángeles sin parar y que tenía justo el dinero para comprar gasolina y comida.

– Bueno, déle su chaqueta de piel -me dijo como si nada, y a la vez en tono confidencial, de ayuda-. De otra manera lo va a enojar, y todo lo que va a recordar de usted son sus insultos. Pero no le diga que sus máscaras son hermosas. Simplemente compre una.

Cuando le dije a Lucas Coronado que quería cambiarle una chaqueta de piel por una de sus máscaras, me correspondió con una sonrisa de satisfacción. Tomó la chaqueta y se la puso. Caminó hacia su casa, pero antes de entrar hizo unos giros extraños. Se arrodilló ante algo así como un altar religioso y movió sus brazos, como estrechándolos, y frotó sus manos sobre los lados de la chaqueta.

Entró en la casa, y volvió con un bulto envuelto en periódicos, que me entregó. Quise hacerle unas preguntas. Se disculpó, diciendo que tenía que trabajar, pero añadió que podía regresar cuando quisiera.

De vuelta hacia la ciudad de Guaymas, Jorge Campos me pidió que abriera el bulto. Quería asegurarse de que Lucas Coronado no me hubiera estafado. No me interesaba abrirlo, lo que me importaba era la posibilidad de regresar por mi cuenta para hablar con Lucas Coronado. Estaba feliz.

– Tengo que ver lo que tiene -insistió Jorge Campos-. Deténgase por favor. Bajo ninguna condición ni por razón alguna, quiero poner en peligro a mis clientes. Usted me pagó para que le rindiera servicios. Este hombre es un chamán genuino, y como resultado, peligroso. Como lo ofendió, puede haberle dado un bulto de hechizo. Si ése es el caso, tenemos que enterrarlo cuanto antes en esta región.