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– Ese viejo es un malcriado sin par -añadió-. Lo mejor que puedes esperar es que se te quede mirando sin decirte una palabra cuando le hablas. Otras veces, ni te mira; es como si no existieras. La única vez que intenté hablar con él, me dejó con la palabra en la boca. ¿Sabes lo que me dijo? «Si yo fuera usted, no gastaría mi energía abriendo la boca. Consérvela. La necesita». Si no fuera un pedo tan viejo, le hubiera dado una en la nariz.

Le indiqué a Bill que eso de «viejo» era más bien una figura retórica que una descripción real. En realidad, no parecía ser tan viejo, aunque definitivamente lo era. Tenía tremendo vigor y agilidad. Sentí que le habría ido muy mal a Bill si hubiera intentado darle un moquete en la nariz. El viejo indio estaba muy poderoso. De hecho, daba miedo.

No le di voz a mis pensamientos. Dejé que Bill siguiera relatándome su disgusto con las groserías del viejo, y cómo lo hubiera tratado si no fuera que el viejo estaba tan débil.

– ¿Quién crees que puede informarme dónde vive? -le pregunté.

– A lo mejor alguien en Yuma -respondió ya más tranquilo-. Quizá la gente que te presenté al principio del viaje. No pierdes nada en preguntarles. Diles que te mandé yo.

En seguida cambié mis planes y en vez de regresar a Los Ángeles, me fui directamente a Yuma, Arizona. Busqué a las personas que me había presentado Bill. No sabían dónde vivía el anciano, pero los comentarios que hicieron sobre él me despertaron aún más mi curiosidad. Dijeron que no era de Yuma, sino de Sonora, México, y que en su juventud había sido un chamán temible que hacía magia y hechizaba a la gente, pero que la edad lo había templado y que se había vuelto un ermitaño asceta. Comentaron que aunque era yaqui, en un momento andaba con un grupo de mexicanos que según se decía, sabían mucho acerca de la práctica del hechizo. Estaban todos de acuerdo en que no habían visto a ese hombre durante muchos años.

Uno de ellos añadió que aunque el viejo era contemporáneo de su abuelo, mientras que su abuelo estaba senil y guardaba cama, el brujo parecía tener más vigor que nunca. El mismo hombre me refirió con una gente de Hermosillo, la capital de Sonora, que podía conocer al viejo y contarme más acerca de él. La idea de ir a México no me agradaba nada. Sonora estaba demasiado lejos de la región que me interesaba. Además, razoné que sería mejor dedicarme a la antropología urbana, y regresé a Los Ángeles. Pero antes de partir, escudriñé todos los contornos de Yuma, buscando información sobre el viejo. Nadie sabía nada de él.

Ya en camino en el autobús, sentí algo extraño. Por un lado, me sentí curado del todo de mi obsesión con la idea del trabajo de campo o mi interés en el viejo. Por otro lado, sentía una rara nostalgia. Era, con toda sinceridad, algo que nunca había experimentado. Su novedad me conmovió profundamente. Era una mezcla de ansiedad y anhelo, como si me estuviera perdiendo algo de tremenda importancia. Tuve la clara sensación al acercarme a Los Ángeles, de que lo que había actuado sobre mí en Yuma empezaba a desvanecerse con la distancia; pero ese desvanecimiento sólo incrementaba mi injustificado anhelo.