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– De una manera u otra, todo organismo recién nacido es entrenado -contestó-. Por cierto que no entendemos cómo se lleva a cabo su entrenamiento, después de todo, ni siquiera entendemos cómo se lleva a cabo el nuestro, pero los videntes ven que los recién nacidos son inducidos a hacer lo que hacen los adultos de su especie. Eso es exactamente lo que ocurre con los niños: los videntes ven que sus puntos de encaje se mueven en todas direcciones, y luego ven cómo la presencia de los adultos liga esos puntos a un lugar específico. Todos los demás organismos hacen lo mismo.

Don Juan pareció reflexionar durante un momento, y después agregó que el punto de encaje del hombre tiene un efecto único entre los demás organismos. Señaló un árbol afuera de la casa.

– Cuando nosotros miramos un árbol; como seres humanos adultos, serios -dijo-, nuestros puntos de encaje alinean un número incalculable de emanaciones y logran un milagro. Nuestros puntos de encaje nos hacen percibir un racimo de emanaciones que llamamos árbol.

Explicó que el punto de encaje no sólo efectúa el alineamiento necesario para la percepción de ese racimo, sino que también borra el alineamiento de ciertas emanaciones que pertenecen a ese racimo para poder llegar a un mayor refinamiento de la percepción, a un delicado esquema humano que no tiene paralelo.

Dijo que los nuevos videntes observaron que sólo los seres humanos son capaces de agrupar emanaciones aún dentro de los racimos normales. Para describir tal cosa utilizó la palabra desnate, y dijo que era comparable al acto de recoger la nata de un recipiente de leche hervida, después que se ha enfriado. De igual manera, en términos de percepción, el punto de encaje del hombre toma una parte de las emanaciones ya seleccionadas para el alineamiento y forma con ellas un esquema más deleitable.

– Los desnates del hombre -prosiguió don Juan- son más reales que lo que perciben otros seres. Ese es nuestro peligro latente. Son tan reales para nosotros que nos hacen olvidar que los hemos construido nosotros mismos al ordenar a nuestros puntos de encaje que se estacionen donde lo hacen. Nos olvidamos que solamente son reales para nosotros porque ese es nuestro comando. Tenemos poder para sacar la nata de los alineamientos, pero no tenemos poder para protegernos de nuestros comandos. Eso se tiene que aprender. Darle rienda suelta a nuestros desnates, como lo hacemos, es un error de juicio que pagamos tan caro como los antiguos videntes pagaron los suyos.