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– Son seres desdichados, créemelo -continuó-. Aguijonéalos. Dales a saber que no estás de acuerdo con su idea de que son hermosos y por eso importantes. Vas a ver lo que pasa.
Florinda continuó con su historia. Dijo que no era posible culpar totalmente a sus padres o culparse ella misma por su presunción. Todos los que la rodeaban desde su infancia habían conspirado para hacerla sentir importante y única.
– Cuando tenía quince años -prosiguió-, yo estaba segura de ser lo más exquisito que pisó la tierra. Todo el mundo me lo decía, especialmente los hombres.
Confesó que durante los años de su adolescencia disfrutó del cortejo y la adulación de numerosos admiradores. A los dieciocho, juiciosamente decidió casarse con el mejor candidato entre no menos de once serios pretendientes. Se casó con Celestino, un hombre de recursos, quince años mayor que ella.
Florinda describía su vida de casada como el paraíso terrenal. A su enorme círculo de amigos añadió los de Celestino. El efecto total era una vacación pere
Su éxtasis, sin embargo, sólo duró seis meses, que pasaron casi sin advertirse. Todo llegó a un final de lo más abrupto y brutal cuando contrajo una enfermedad misteriosa y paralizante. El pie, tobillo y pantorrilla de su pierna izquierda empezaron a hincharse. Su hermosísima figura se arruinó. La hinchazón fue tan intensa que no pudo caminar más. Los tejidos cutáneos empezaron a ampollarse y a supurar. Toda la parte inferior de su pierna izquierda, de la rodilla hacia abajo, se llenó de costras y de una secreción pestilente. La piel se endureció. Y la enfermedad fue diagnosticada como elefantiasis. Los intentos que hicieron los médicos por curarla fueron torpes y dolorosos, y la conclusión final fue que sólo en Europa había centros médicos lo suficientemente avanzados para emprender una cura.
En cuestión de tres meses el paraíso de Florinda se había convertido en un infierno en la tierra. Desesperada y en verdadera agonía quería morir antes que seguir así. Su sufrimiento era tan práctico que un día una criada, que ya no pudo soportar más verla así, le confesó que la antigua amante de Celestino la había sobornado para que echara cierta mezcla en su comida: un veneno manufacturado por brujos. La criada, como acto de contrición, prometió llevarla con una curandera, una mujer que se decía era la única que podía contrarrestar ese veneno.
Florinda rió al recordar su dilema. Era una devota católica. No creía en brujerías ni en curanderos indios. Pero sus dolores eran tan intensos, y su condición tan seria, que estaba dispuesta a probar cualquier cosa. Celestino se opuso decididamente. Quería enviar a la criada a la cárcel. Florinda intercedió, no tanto por compasión sino por temor a que no pudiera encontrar a la curandera ella sola.
Florinda se puso en pie repentinamente. Me dijo que tenía que irme. Me tomó del brazo y me condujo a la puerta como si yo fuera su más antiguo y querido amigo. Me explicó que me hallaba agotado, ya que estar en la conciencia del lado izquierdo es una condición frágil y especial que debe de usarse parsimoniosamente; y, por cierto, no es un estado de poder. La prueba residía en que yo casi había muerto cuando Silvio Manuel trató de agrupar mi segunda atención forzándome a entrar en ella. Florinda me dijo que no hay manera en que uno pueda ordenar a alguien, o a uno mismo, a hacer lo que los guerreros llaman "replegar" el conocimiento. Eso más bien es un asunto lento; el cuerpo, en el momento adecuado y bajo las apropiadas circunstancias de impecabilidad, agrupa su conocimiento sin la intervención de la volición.
Nos quedamos en la puerta principal durante un rato, intercambiando comentarios agradables y trivialidades. Repentinamente dijo que el nagual Juan Matus me había llevado con ella ese día porque él sabía que estaba a punto de concluir su estadía en la tierra. Las dos formas de instrucción que yo había recibido, de acuerdo con el plan de Silvio Manuel, ya se habían llevado a cabo. Todo lo que quedaba pendiente era lo que ella me tenía que decir. Subrayo que la suya no era una instrucción propiamente hablando, sino más bien el acto de establecer un vínculo con ella.
La próxima vez que don Juan me llevó donde Florinda, un momento antes de dejarme en la puerta me repitió que ella ya me había dicho que se estaba aproximando el momento en que él y su grupo iban a entrar en la tercera atención. Antes de que pudiera hacerle preguntas, me empujó al interior de la casa. Su empellón no sólo me envió adentro de la casa, sino también adentro del estado de conciencia más agudo. Vi la pared de niebla.
Florinda se hallaba en el vestíbulo. Me tomó del brazo y calladamente me llevó a la sala. Tomamos asiento. Quise iniciar una conversación pero no pude hablar. Ella me explicó que un empellón dado por un guerrero impecable, como el nagual Juan Matus, puede causar el desplazamiento de una a otra área de la conciencia. Dijo que siempre mi error había consistido en creer que los procedimientos son importantes. El procedimiento de empujar a un guerrero a otro estado de conciencia es utilizable si ambos participantes, en especial el que empuja, son impecables y se hallan imbuidos de poder personal.
El hecho de estar viendo la pared de niebla me hacía sentir terriblemente nervioso. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente. Florinda dijo que yo temblaba porque había aprendido a saborear el movimiento, la actividad cuando me hallaba en ese estado de conciencia, y que yo también podía aprender a saborear las palabras, lo que alguien me estuviera diciendo.
Me dio luego la razón por la cual era conveniente ser colocado en la conciencia del lado izquierdo. Dijo que al forzarme a entrar en un estado de conciencia acrecentada y al permitirme tratar con sus guerreros sólo cuando me hallaba en ese estado, el nagual Juan Matus se estaba asegurando de que yo tendría un punto de apoyo. Su estrategia consistía en cultivar una pequeña parte del otro yo llenándolo premeditadamente de recuerdos personales. Esos recuerdos se olvidan sólo para que algún día resurjan y sirvan como cuartel de avanzada desde el cual partir hacia la inconmensurable vastedad del otro yo.
Como yo estaba tan nervioso, Florinda propuso calmarme prosiguiendo con la historia de su vida, que, me clarificó, no se trataba de la historia de su vida como mujer, sino que era la historia de cómo una mujer deplorable se había convertido en guerrera.
Me dijo que una vez que se resolvió a ver a la curandera, ya no hubo cómo detenerla. Inició el viaje, llevada en una camilla por la criada y cuatro hombres; fue un viaje de dos días que cambió el curso de su vida. No había caminos. El terreno era montañoso y a veces los hombres tuvieron que cargarla en sus espaldas.
Llegaron al anochecer a casa de la curandera. El sitio se hallaba bien iluminado y había mucha gente allí. Florinda me dijo que un señor anciano muy simpático le informó que la curandera había salido todo el día a tratar a un paciente. El hombre parecía estar muy bien informado de las actividades de la curandera y Florinda encontró que le era muy fácil hablar con él. Era muy solícito y le confió que él también estaba enfermo. Describió su enfermedad como una condición incurable que lo hacía olvidarse del mundo. Conversaron amigablemente hasta que se hizo tarde. El señor era tan caballeroso que incluso le cedió su cama para que ella pudiera descansar y esperar hasta el día siguiente, cuando regresaría la curandera.
En la mañana; Florinda dijo que de repente la despertó un dolor agudo en la pierna. Una mujer le movía la pierna, presionándola con un trozo de madera lustrosa.
– La curandera era una mujer bonita -prosiguió Florinda-. Miró mi pierna y meneó la cabeza. "Ya se quién te hizo esto", me dijo. "O le han debido de pagar muy bien, o te miró y se dio cuenta de que eres una pinche pendeja que vale madre. ¿Cómo crees que fue?"
Florinda rió. Me dijo que lo único que se le ocurrió fue que la curandera o estaba loca o era una mujer grosera. No podía concebir que alguien en el mundo pudiese creer que ella era un ser que no valía nada. Incluso, a pesar de que se hallaba en medio de dolores agudísimos, le hizo saber a la mujer, sin escatimar palabras, que ella era una persona rica y honorable, y que nadie la podía tomar por tonta.
Florinda dijo que la curandera cambió de actitud al instante. Pareció haberse asustado. Respetuosamente se dirigió a ella diciéndole "señorita", se levantó de la silla donde estaba sentada y ordenó que todos salieran del cuarto. Cuando estuvieron solas, la curandera se abalanzó sobre Florinda, se sentó en el lecho y le empujó la cabeza hacia atrás sobre el borde de la cama. Florinda resistió con toda su fuerza. Creyó que la iba a matar. Quiso gritar, poner en guardia a sus sirvientes, pero la curandera rápidamente le cubrió la cabeza con una cobija y le tapó la nariz. Florinda se ahogaba y tuvo que respirar con la boca abierta. Mientras más le presionaba el pecho la curandera y mientras más le apretaba la nariz, Florinda abría más y más la boca. Cuando advirtió lo que la curandera realmente estaba haciendo, ya había bebido todo el asqueroso líquido que contenía una gran botella que la curandera le había colocado en la boca. Florinda comentó que la curandera la había manejado tan bien, que ella ni siquiera se atragantó a pesar de que su cabeza colgaba a un lado de la cama.
– Bebí tanto líquido que estuve a punto de vomitar -continuó Florinda-. La curandera me hizo sentar y me miró fijamente a los ojos, sin parpadear. Yo quería meterme el dedo en la garganta y vomitar. Me dio sendas bofetadas hasta que me sangraron los labios. ¡Una india dándome de bofetadas! ¡Sacándome sangre de los labios! Ni siquiera mi padre o mi madre me habían puesto las manos encima. Mi sorpresa fue tan enorme que me olvidé de la náusea.
"Llamó a mi gente y les dijo que me llevaran a casa. Después se inclinó sobre mí y me puso la boca en el oído para que nadie más pudiese oírla. ‘Sino regresas en nueve días, pendeja’, me susurró, ‘te vas a hinchar como sapo y que Dios te proteja de lo que te espera’.
Florinda me contó que el líquido le había irritado la garganta y las cuerdas vocales. No podía emitir una sola palabra. Esta era, sin embargo, la menor de sus preocupaciones. Cuando llegó a su casa, Celestino la esperaba, frenético, vociferando lleno de rabia. Como no podía hablar, Florinda tuvo la posibilidad de observarlo. Advirtió que su ira no se debía a una preocupación por el estado de salud de ella, era más bien un desasosiego debido al temor de que sus amigos se burlaran de él. Siendo hombre pudiente y de posición social, no podía tolerar que lo consideraran como alguien que recurre a curanderas indias. A gritos, Celestino le dijo que se quejaría al comandante del ejército y que haría que los soldados capturasen a la curandera y la trajeran al pueblo para azotarla y meterla en la cárcel. Estas no fueron amenazas vanas; de hecho, Celestino obligó al comandante para que enviase una patrulla a capturar a la curandera. Los soldados regresaron unos días después con la noticia de que la mujer había huido.
La criada tranquilizó a Florinda asegurándole que la curandera la estaría esperando si ella se aventuraba a regresar. Aunque la inflamación de la garganta persistió al punto de que no podía ingerir comida sólida y apenas podía tomar líquidos, Florinda no veía la hora de volver a la curandera. La medicina había mitigado el dolor de su pierna.