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Pablito cesó de hablar. Todos parecían estar impacientes; cambiaron de posición repetidamente como si quisieran dar a entender que estaban cansados de estar sentados.
Para calmarlos les dije que yo había tenido una reacción muy perturbadora al oír las aseveraciones de mi amigo acerca de los atlantes que caminaban de noche en la pirámide de Tula.
No me había dado cuenta de la profundidad con que acepté lo que don Juan y don Genaro me habían enseriado, hasta ese día. A pesar de que mi mente estaba bien claro que no había posibilidad alguna de que esas colosales figuras de piedra pudieran caminar, porque tal cuestión no entraba en el ámbito de la especulación seria, yo suspendí mi juicio por completo. Mi reacción fue una total sorpresa para mí.
Les expliqué extensamente que yo había aceptado la idea de que los atlantes caminaran de noche, como un claro ejemplo de la fijeza de la segunda atención. Había llegado a esa conclusión siguiendo las siguientes premisas: Primero, que no somos solamente aquello que nuestro sentido común nos exige que creamos ser. En realidad somos seres luminosos, capaces de volvernos conscientes de nuestra luminosidad. Segundo, que como seres luminosos conscientes de nuestra luminosidad podemos enfocar distintas facetas de nuestra conciencia, o de nuestra atención, como don Juan le llamaba. Tercero, que ese enfoque podía ser producido mediante un esfuerzo deliberado, como el que nosotros tratábamos de hacer, o accidentalmente, a través de un trauma corpóreo. Cuarto, que había habido una época en que los brujos deliberadamente enfocaban distintas facetas de su atención en objetos materiales. Quinto, que los atlantes, a juzgar por su espectacular apariencia, debieron haber sido objetos de la fijeza de los brujos de otro tiempo.
Dije que el guardia que le dio la información a mi amigo, sin duda había enfocado otra faceta de su atención: él podía haberse convertido, involuntariamente, aunque sólo por un momento, en un receptor de las proyecciones de la segunda atención de los brujos de la antigüedad. No era tan desmedido para mí entonces que ese hombre hubiera visualizado la fijeza de aquellos brujos.
Si ellos eran miembros de la tradición de don Juan y de don Genaro, debieron haber sido practicantes impecables, en cuyo caso no habría límite para lo que podrían llevar a cabo con la fijeza de su segunda atención. Si su intento era que los atlantes caminaran de noche, entonces los atlantes caminaban de noche.
Mientras yo hablaba, las hermanitas se pusieron muy enojadas y nerviosas conmigo. Cuando concluí, Lidia me acusó de no hacer nada más que hablar. Se pusieron en pie y se fueron sin siquiera despedirse. Los hombres las siguieron, pero se detuvieron en la puerta para estrecharme la mano. La Gorda y yo nos quedamos en el cuarto.
– Hay algo que anda muy mal con esas mujeres -censuré.
– No. Nada más están cansadas de hablar -disculpó la Gor da-. Esperan que tú actúes en vez de hablar.
– ¿Y cómo es que los Genaros no están cansados de hablar? -pregunté.
– Porque son mucho más pendejos que las mujeres -replicó secamente.
– ¿Y tú, Gorda? ¿Tú también estás cansada de hablar?
– No te podría decir -eludió solemnemente-. Cuando estoy contigo no me canso, pero cuando estoy con las hermanitas me siento cansadísima, igual que ellas.
Durante los siguientes días, los cuales pasaron sin acontecimientos, resultó obvio que las hermanitas estaban completamente enemistadas conmigo. Los Genaros a duras penas me toleraban. Sólo la Gorda parecía alinearse conmigo. Me causó sorpresa. Se lo pregunté antes de volverme a Los Ángeles.
– No sé cómo es posible, pero estoy acostumbrada a ti -admitió-. Es como si tú y yo estuviéramos unidos, y las hermanitas y los Genaros estuvieran en un mundo distinto.